miércoles, 13 de junio de 2018

29 días y 130 años del Teatro Salón Cervantes

Tempus fugit es el lema de nueva edición del Festival Clásicos en Alcalá, que ha alcanzado una esplendorosa mayoría de edad casi sin darnos cuenta. Huye, escapa, vuela el tiempo, claro que sí. Y seguirá volando, como ha volado hasta hacer posible la feliz casualidad de que el Teatro Salón Cervantes, sede central del festival, cobije la función inaugural de la muestra, Mestiza de Yayo Cáceres, y celebre casi a la vez su 130 aniversario.

Fachada del Teatro Salón Cervantes, construida en los años 20 del pasado siglo. La original era de ladrillo, sin adornos (foto CVC Cervantes)

Y si seguimos hablando de un tiempo que vuela más que corre, aun podemos recordar que los relojes y las hojas de calendario quedaron pulverizados en la construcción del coqueto teatro de la calle Cervantes, en el presente propiedad del Ayuntamiento y uno de los principales centros culturales de Alcalá de Henares.

El 6 de mayo de 1888 se presentaron los planos del coliseo. Y cuatro semanas después estaba terminado, pues la obra concluyó en tan solo 29 días, según rezan las crónicas; unas prisas y un récord que mucho después le pasarían factura.

El Cervantes, eso sí, no es el teatro más antiguo de Alcalá; como es sabido, el decano, y uno de los teatros más antiguos de Europa, es el Corral de Comedias, que el carpintero Francisco Sánchez construyó en 1601. Precisamente el Corral, que en el siglo XIX ya no tenía aspecto de patio de comedias sino de teatro romántico a la moda, con palcos y planta elíptica, sirvió de inspiración para el diseño del nuevo teatro de la ciudad que promovió una “sociedad de condueños”, que no hay que confundir con la célebre Sociedad de Condueños que compró la manzana cisneriana en 1850. Estos condueños del teatro formaron una sociedad mercantil y adoptaron el mnismo nombre de los condueños universitarios por componer una cuadrilla que agrupaba a diversos promotores y potentados locales.

Félix Huerta y Huerta encabezó aquella sociedad que ya en 1885 hizo un primer intento por levantar el teatro en el solar conocido entonces como la Huerta de Capuchinos, por el convento cercano. La creencia popular, sin fundamento claro, de que en ese terreno estuvo la casa natal de Miguel Cervantes, de la que no quedaba más vestigio que una tapia, donde lucía desde 1846 una placa conmemorativa pagada por entusiasta cervantista local Mariano Gallo, frustó la iniciativa [hasta un siglo después no se descubrió que el escritor nació en una casa de la calle de la Imagen], con intervención incluso del Ayuntamiento, que soñaba con la idea de erigir en el lugar un museo o una biblioteca cervantina.

Placa que lució en la fachada del TSC hasta mediados del siglo XX, cuando se comprobó que la casa donde nació Cervantes estaba en la calle de la Imagen (foto MEC/IPHE).

Tres años más tarde, no obstante, sí se dio luz verde al proyecto y el teatro se levantó a toda prisa, con el compromiso de recolocar la lápida en su fachada. De hecho, tanto el teatro como la calle, conocida hasta entonces como calle de la Tahona, se terminaron llamando Cervantes por ese motivo.

Como es fácil de imaginar, a la velocidad con la que se ejecutaron las obras, el edificio resultante fue bastante pobre en factura y adornos. El interior era muy sencillo, con platea y palcos al estilo del patio de comedias. Del exterior no se preocuparon tanto: la portada quedó en bruto, de ladrillo y enfoscado, al igual que el resto de paramentos. Apenas se conservan ilustraciones y fotografías de aquel primitivo TSC; tan solo algunas instantáneas de principios de siglo en las que se puede apreciar la bastedad de la fachada y el extravagante interior, con una decoración que recordaba, según algunos cronistas complutenses, a un "chalé tirolés".

El teatro marchó bien en sus primeras temporadas, acogiendo obras de teatro y funcionando también como salón de baile. Pero con la entrada del siglo XX comenzó a arrastrar problemas de rentabilidad. En 1924 se emprendió una larga restauración, que incluyó la construcción de la característica fachada-telón que aún luce en la actualidad y una profunda renovación de la decoración interior con aires modernistas. Fue en ese remozamiento cuando el coliseo adoptó definitivamente la traza cuadrada e incorporó los dos niveles de palcos y el escenario a la italiana.

Por entonces, más que para representaciones de teatro, el Cervantes se empleaba para acoger bailes y actos sociales de todo pelaje. Y así siguió siendo a lo largo de las décadas que continuaron, añadiéndose las proyecciones de cine, uso que todavía mantiene el teatro. De hecho, es la única sala de cine que queda en el centro histórico. Y a esa tristeza se une la paradoja -o parajoda en toda regla- de que es la sede principal de ALCINE, que también usa el Corral de Comedias para los mismos menesteres. O sea, un festival de cine sin cines donde exhibirse y viejos teatros teniendo que venir al rescate del moderno cinematógrafo... Extravagancias veredes.

En los años 70 el TSC se transformó en un bingo y a finales de los 80 el Ayuntamiento se hizo cargo del edificio, que sufría un avanzado estado de deterioro. Tras una rehabilitación a fondo, el 14 de abril de 1989 el entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, reinauguró el teatro como lo que fue en sus orígenes, un teatro.

La última reforma realizada en el TSC tuvo lugar entre 2003 y 2004, cuando la estructura de madera original empezó a ceder peligrosamente, carcomida por las termitas (culturalcala.es).

Hasta que en el verano de 2003 se manifestó la herencia envenenada de aquellos 29 días de lejana construcción récord: unas grietas pavorosas aparecieron en algunos parcos cercanos al proscenio. Al parecer, la cimentación del patio de butacas aún era la original, con pilares de madera, que había alimentado a cientos de generaciones de termitas hasta que se quedaron sin pitanza. Y el edificio, en consecuencia, sin sustentación.

Un año tardó en reabrir el teatro, ocasionando un gran trastorno a la programación cultural del Ayuntamiento, que se preparaba para conmemorar el ‘Año Quijote’ de 2005. La vieja iglesia del antiguo Colegio Convento de San José Caracciolos, en la calle Trinidad, fue utilizada como la sala alternativa, bautizándose como Teatro Universitario Lope de Vega. Pero las estrecheces, las entradas de luz y la mala acústica de la alta nave del antiguo templo, forradas sus paredes con maderas y telones negros, se convirtieron en un suplicio para el público y un baldón para los actos y espectáculos que allí se albergaron.

Por suerte, la reforma del viejo TSC fue aprovechada no solo para renovar los pilares del coliseo, sino también para sanear y modernizar sus instalaciones, dejando su aforo en las 458 localidades actuales. Todo lo necesario, en fin, para llegar puntual y volandero a esta edición de Clásicos, 29 días y 130 años después.

viernes, 27 de abril de 2018

La silla eléctrica, la hoguera y medio milenio de libros

Entre la tropa de sabios, maestros y artesanos  que el cardenal Cisneros invitó a vivir en Alcalá de Henares para construir su barrio universitario, llegó de Sevilla en 1502 un impresor polaco llamado Estanislao Polono. Y ese año, hace pues más de medio milenio, salió del taller de este industrial el primer libro de imprenta de la historia de Alcalá. Un hecho que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque en aquellos días, en aquella época y en aquel Alcalá un libro era, además de un objeto de vanguardia, tal y como hoy lo puede ser un teléfono móvil de ultimísima generación; un tesoro de conocimiento, y una obra de arte; uno de los productos más sofisticados de un tiempo, el del Renacimiento, en el que se registró una de las revoluciones del conocimiento más grandes de la historia de la humanidad. Vita Christi, del cartujo Ludolfo de Sajonia, era el título de aquel primer tomo que unía a la Ciudad de Dios y del Saber que empezaba a ser Alcalá, la condición de universal Ciudad de los Libros, la Civitas Librorum.

La falla, con Cisneros como protagonista central, antes de comenzar arder (foto: Ayuntamiento de Alcalá)

Con ese título se inauguró en el otoño de 2002 una formidable muestra conmemorativa con ochenta libros fabricados en Alcalá en aquellos años de albores de la Universidad y de despegue del arte de la imprenta, con la Capilla del Oidor como marco (aún le quedaban unos años para brillar como una de las salas de exposiciones más hermosas de la Comunidad de Madrid, antes de convertirse en el lúgubre y deslavazado centro de interpretación que es hoy en día). Y aquella efeméride vino a señalar uno de los hitos más importantes en la historia de la ciudad. Porque con la incorporación de la imprenta al estudio y a la divulgación, se accedía de lleno a la escogida geografía de los lugares donde se apreciaba y se producía alta cultura en el mundo. Y tanto los eruditos como los creadores, tuvieron aquí aseguradas puertas abiertas y refugio seguro para fijar sus saberes, ideas y fabulaciones, y multiplicar su alcance entre el prójimo sin número ni medida, gracias a la nueva máquina.

Cuesta comprender y hacerse una idea cabal de lo que representó ese colosal salto en la mentalidad de 2018, cuando la práctica totalidad del saber humano cabe y está al alcance en una pantalla de móvil o de ordenador. Pero entonces supuso una ruptura revolucionaria.

Los homenajes y recuerdos de ese pasado esplendoroso continuaron unos meses más tarde, en mitad de la primavera, en vísperas de elecciones municipales de mayo de 2003, con la inauguración de un monumento conmemorativo en la fuente que preside la glorieta de entrada al barrio de Espartales. El monumento en cuestión trataba de recrear una prensa. Sin embargo, el vecindario nunca ha dejado de conocerlo y reconocerlo como la ‘silla eléctrica’, un mote de guasa que da idea de lo poco afortunada que resultó la recreación.

Por desgracia tampoco está ya el panel de azulejos que en la acera explicaba al paseante que aquella instalación estaba dedicada a reconocer la labor centenaria del ilustre gremio de los impresores alcalaínos. Allí aparecía una larga lista de nombres que arrancaban en el siglo XVI con Polono y los célebres Brocar y concluía en el siglo XX con Ventura Corral y los Talleres Penitenciarios, al cuidado estos últimos de maestros de la imprenta y la escritura como el venerable Francisco Antón.

Monumento a los impresores en Espartales (foto: Raimundo Pastor)

Pero el panel en cuestión fue arrancado azulejo a azulejo por bárbaros de distinto turno. Y nadie se ha preocupado por reponerlo. Que este despojo se haya producido en Espartales, esa barriada siempre a trasmano, ha rebajado aún más la preocupación hasta la nada.

De remate a aquellos recordatorios del estrecho lazo de Alcalá con la letra impresa, un año después vio la luz el libro Tres siglos de prensa en Alcalá, 1706-2004, una concienzuda recopilación de los periódicos, revistas y hojas volanderas que han existido en Alcalá, obra de dos de sus estudiosos más preclaros, Vicente Sánchez Moltó y José Félix Huerta. El pretexto para lanzar aquel monumental trabajo, que ya es un referente en la historiografía local y que estuvo acompañado de su correspondiente exposición, fue el tricentenario del primer periódico conocido en la ciudad, La Gaceta de Alcalá, surgida en mitad de la Guerra de Sucesión, con los partidarios de los Austrias y de los Borbones en liza.

En honor a la verdad, ya existía de antes en el paisaje de la ciudad un recuerdo a aquel periódico pionero, aunque resulta tan deprimente como la silla eléctrica. Se trata de la calle Gaceta, que es más bien un callejón o pasadizo, tétrico y oscuro, estrangulado por las vías del tren y el paredón de la rampa del puente de Meco. Al dar acceso al paso elevado que conduce hasta el barrio de los Nogales, el tránsito está asegurado. Y solo ese trasiego de paisanos, más el colorido de los grafitis, distraen un poco la fealdad de ese rincón.

Parte de ese mundo prácticamente perdido que es la prensa de papel se guarda en el depósito que la Biblioteca Nacional posee a orillas de la carretera de Meco. Millones de documentos de todo formato reposan en esos silos que cierran el horizonte del Campus por el norte. Y otros tantos o más se conservan en el otro gran almacén de memoria impresa que tiene el privilegio de cobijar Alcalá: el Archivo General de la Administración, heredero del mítico Archivo General Central que fue alojado en el Palacio Arzobispal a mediados del siglo XIX y que sucumbió junto a sus mejores estancias en el devastador incendio de agosto de 1939.

Y precisamente casi a la sombra de la imponente mole de Aguadores, en la vecina plaza de la Paloma, tuvo lugar hace unos días el último y más disparatado de los homenajes al libro en Alcalá, consistente en una falla valenciana con todos sus avíos: pirotecnia, ninots indultats y, cómo no, fuego. El Ayuntamiento ya encargó una el año pasado con motivo del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes y para dar realce al Día Internacional del Libro, fijado en el 23 de abril precisamente por ser esa la fecha en la que recibió sepultura el alcalaíno más universal.

Detalle de la portada del libro Vita Christi.

Y a la vista está que nadie en el Consistorio consideró un contrasentido simbólico el hecho de reducir a pavesas unos iconos culturales con alma de papel, porque este año se ha vuelto a celebrar la fiesta del libro pegándole fuego a una falla. Y esta vez le ha tocado arder a Cisneros, por aquello del reciente cuarto centenario de su muerte.

Si al cardenal le hubieran augurado allá por 1502, con su Vita Christi entre las manos, que medio milenio después los alcalaínos celebrarían sus desvelos quemándole públicamente en efigie en una plaza, entre el jolgorio general (siendo él, para colmo, un inquisidor), seguro que habría mandado parar.

Pero así es se las gastan en su Civitas Librorum en los comienzos del siglo XXI. Y lo que queda aún por ser pasto del fuego: calculen desde el Arcipreste de Hita a Azaña.

jueves, 12 de abril de 2018

Un pívot llamado Cervantes

Entre las pocas cosas que, a pie de calle, ha agitado el intrascendente aniversario cisneriano en Alcalá ha estado la estatuaria pública,  asunto siempre controvertido en esta ciudad.

En 2029 se conmemorará el 150 aniversario de la estatua de Cervantes de la plaza.
Así, se ha rescatado del olvido la estatua en piedra del cardenal que esculpió José Vilches en 1864, escondida a lo largo de más de una década primero en un taller de la comarca y después en el patio de las Juanas para rehabilitarla y preservarla del azote de los los vándalos. Al parecer, la escultura fue sometida a una primera restauración que resultó fallida (cuentan que la prominente nariz del de Torrelaguna se llevó la peor parte) y tras una reforma mucho más cuidadosa, ahora se puede admirar en el patio de Filósofos de la Cisneriana.

Y el Obispado, por su parte, ha aprovechado el aniversario para dedicarle otra estatua al cardenal en la lonja de la Magistral, formando un inopinado conjunto con los Santos Niños. El autor de la pieza es Pedro Requejo, el mismo de la pareja de don Quijote y Sancho a la entrada de la Casa Natal de Cervantes, la más solicitada por los turistas a la hora de llevarse una foto de recuerdo de su paso por la vieja Compluto. Puede que a la Diócesis también le haya animado el mismo interés terrenal por explotar el tirón turístico y fervoroso colocando a este trío de celebridades locales en la entrada principal de la Catedral. Quién sabe.

Pero a la hora de hablar de estatuas históricas, es imprescindible poner siempre por delante la de Miguel de Cervantes, presidiendo la plaza mayor de la ciudad. Y no solo porque está dedicada al alcalaíno más universal, sino porque seguramente sea la mejor de cuantas adornan el paisaje urbano alcalaíno. Además, en pocos años se celebrará su 150 aniversario, siglo y medio de vicisitudes que no han hecho mella milagrosamente en su estampa románticamente becqueriana.

Hay que contar, eso sí, que la estatua de Cervantes renació a finales de 2007 tras una delicada restauración que eliminó las huellas de lustros de polvo, lluvia, excrementos de aves e insectos y también de la barbarie vandálica, cebada especialmente con su pluma, que desde entonces guarda un recuerdo secreto.

Cuando las restauradoras encargadas de remozar la efigie, Pilar Sendra y Laura Riesco, subieron a los andamios y se encontraron cara a cara con Cervantes, sintieron un estremecimiento. La estatua del autor del Quijote, un pivot de 2,09 metros, 750 kilos y casi 130 años, era mucho más hermosa que vista desde el suelo, con un modelado y un detallismo sobrecogedores.

Y lo más conmovedor era que la belleza de la obra del maestro iltaliano Carlo Nicoli resultaba patente a pesar de las costras, manchas, escorrentías y óxidos que habían otorgado a la escultura una pátina verdosa y un aspecto de grosero descuido. Y como broche a ese maltrato y a esa pinta deforme estaba la pluma de su mano derecha, una reposición burda -el chiste entonces era que don Miguel agarraba un frigopié más que sujetaba una pluma-, casi un insulto para la estatua y para el personaje.

Corresponsales de prensa extranjera, fotografiados a los pies de la estatua de Cervantes en plena Guerra Civil.
Un gran cubo con telones ocultó la peana y la figura de Cervantes durante casi seis meses, tiempo en el que se desarrollaron las labores de restauración que financió la Consejería de Cultura. El objetivo era quitar la suciedad y recuperar las pátinas naturales. Pero durante la intervención se realizaron varios hallazgos. Como los tres orificios localizados en distintas partes de la estatua; a saber, la cabeza, la gola y el muslo izquierdo, que quizá fueron practicados y usados para transportar y elevar la pieza.

También se dejaron a la vista en la base circular de bronce que la sujeta dos leyendas: Carlo Nicoli Florencia MDCCCLXXIX y Fratelli Galli fusero in Firence, que corresponden respectivamente al nombre del escultor, su procedencia y el año de la colocación de la estatua, 1879 -en concreto, fue inaugurada el 9 de octubre de ese año, después de que el Ayuntamiento descartara otro modelo en el que don Miguel aparecía recostado en un sillón-, y los artesanos florentinos que recibieron el encargo de de fundirla.

Además, se toparon con la torpe colocación de la pluma falsa en la mano, una desafortunada copia de la original, repuesta una y otra vez a consecuencia de los continuos robos, pero ésta además atornillada al pulgar con pernos de hierro, lo que había provocado que literalmente chorreara el óxido. A tal fin se moldeó una nueva pluma con una resina especial, más acorde a la estética y el estilo de la escultura, y se adhirió a la mano a través de una espiga de la misma resina con fibra de vidrio en el cálamo de la pluma original, que aún se conservaba entre los dedos del escritor.

Y para que no hubiera duda del respeto reverencial de los restauradores a un atributo tan simbólico, en el reverso de la pieza se añadió una pequeña inscripción para conocimiento de las generaciones futuras: “Reintegración subjetiva 2007”.

jueves, 15 de marzo de 2018

Leones para la fachada del 'chalé' de la calle Mayor

Los andamios que durante las últimas semanas han tapado la entrada a la Casa de los Lizana acaban de ser retirados y han dejado al descubierto el remozado escudo de los leones rampantes y encadenados, uno de los más hermosos de Alcalá. De hecho, hay muy pocos edificios históricos del barrio monumental complutense que puedan presumir de una portada con un adorno tan característico y majestuoso como éste.

El majestuoso escudo que preside la entrada de la Casa de los Lizana, una joya del arte plateresco,  tras su rehabilitación (foto: La Luna de Alcalá)
Por eso mismo, tampoco es extraño que a lo largo de los últimos lustros se le hayan asignado los más variados usos a este edificio que fue convento, colegio, palacete y casa de vecindad, antes de ser comprado por el Ayuntamiento. Museo para los más variados contenidos (el último, el de la colección de los Madrazo, en paradero desconocido desde que la ínclita presidenta Aguirre se la endosó al Consistorio), biblioteca cervantina, centro de estudios de Azaña, sede de la Asociación de Empresarios del Henares, residencia de visitantes ilustres y oficinas de concejalías varias han formado parte de la baraja municipal. Éste último destino, como sede de la Concejalía de Desarrollo Económico y del ente Alcalá Desarrollo, se llevó finalmente la palma hace cosa de una década.

Y bien está así sabiendo que pudo ser mucho peor. Y no solo porque el abandono podría haber condenado a la ruina a este  joya del arte plateresco. Algún temerario, cegado por la potencia estética y visual de estos leones flamígeros y atados con cadenas –uno con la mirada fiera fijada en los paseantes y el otro rugiendo con la cara vuelta hacia el cielo-, llegó a elucubrar con desmontarlos y colocarlos, así como así, en el mismísimo Museo Casa Natal de Cervantes.

Placa que estuvo colocada en la calle Cervantes para señalar, erróneamente, el lugar donde estuvo la casa natal de Cervantes (Archivo IPHE)
Lo cuenta el investigador local José María San Luciano en su libro La Casa de Cervantes de Alcalá de Henares y el Día de la Provincia (Domiduca Libreros, 2012). La obra narra cómo se gestó la construcción del museo, así como las vicisitudes de la inauguración en 1956. Aunque el relato de la larga búsqueda del hogar de los Cervantes es el bloque más revelador del libro. Profusamente ilustrado con imágenes poco conocidas y notas, el investigador detalla todas las intentotas que se escenificaron en la ciudad para hallar la casa y erigirle un museo-biblioteca al hijo más ilustre de Alcalá desde mediados del siglo XIX.

A partir de la ‘primera casa’ que, según la tradición, estuvo en la calle Cervantes, en la huerta del convento de Capuchinos que hoy ocupa el Teatro Salón Cervantes, y al que el entusiasta cervantista local Mariano Gallo le dedicó una placa en 1846. Le sucedió luego el abogado Ramírez de Villaurrutia, que en 1872 se ofreció a sufragar una biblioteca cervantina en una casa de la calle Escritorios. Y ya en el siglo XX se alentaron nuevos proyectos, como el de instalar un museo cervantino en alguna de las alas de la Cisneriana, hasta que el biógrafo Luis Astrana Marín encontró en 1941 las primeras pruebas de la localización de la casa de los Cervantes en el número 2 de la calle de la Imagen.

Fachada que se añadió a la reconstrucción de la finca original donde estuvo el hogar de la familia Cervantes y a la que se pensó en añadir el escudo de los leones de la Casa de los Lizana (foto: www.museocasanataldecervantes.org)
Tuvieron que pasar quince años para que el museo viera la luz, tras una compleja y onerosa compra del edificio, en especial de la crujía que daba a la calle Mayor, por el empeño de los arquitectos y restauradores de ‘darle entrada’ a la casa por la emblemática vía, con arreglo al proyecto de recuperación y acondicionamiento del caserón que se diseñó bajó los auspicios del Ministerio de Educación Nacional.

Y no fue éste el único capricho, pues se barajó la mencionada, y muy disparatada, idea del desmontaje y traslado del espectacular escudo de la Casa de los Lizana, con el poderío aristocrático de los dos felinos encadenados, para darle el mayor empaque posible a la Casa de Cervantes. Afortunadamente la cosa no pasó de la mera especulación.

Aunque el sentido común no alcanzó a todo y la falta de rigor histórico, además del desmedido afán de proporcionarle el cobijo más suntuoso al universal escritor (“Pensaron que Cervantes se merecía no menos que un palacete”, afirma San Luciano), acabó pesando en exceso en una reconstrucción que aún hoy causa controversia. Claro que el colmo hubiera sido pegar los leones a la fachada de chalé desarrollista que se asoma a la calle Mayor.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Érase una vez un castillo sobre el río...

Los vecinos le conocían como ‘El Dorado’: todo un virtuoso en el oficio de curar las enfermedades y dar alivio a los heridos. Se trataba del médico alcalaíno más conocido y respetado de la villa; su consulta se hallaba en los alrededores de la calle Mayor y era judío. Rabí Hudá, apodado ‘El Dorado’, acaso por su vistosa cabellera rubia, fue uno de los miembros de la próspera comunidad sefardí que habitó la judería o Aljama complutense a partir del siglo XII, y de la que también pasaron a la posteridad los nombres de Abravanel, Aben Xuxen o el escritor Menahem Ben Zerah, como preclaros prohombres.

Restos del viejo castillo árabe que han llegado hasta nuestros días (extraída de arqarqt.revistas.csic.es)
Fronterizo con este vecindario, donde se asientan hoy el convento de las Bernardas y el Museo Arqueológico, se ubicaba la morería o Almanxara, un arrabal de familias musulmanas donde alcalaínos como Yusuf Robledo, Durramen Herrero o Hamete Xarafi conquistaron una merecida fama como habilidosos artesanos. Unos paisanos y otros convivían con un tercer vecindario más populoso, el cristiano, arracimado en torno a la iglesia levantada sobre la legendaria piedra del martirio de los niños Justor y Pastor, el primitivo Campo Laudable, hoy Catedral Magistral.

Esa urbe, que es la abuela de la ciudad que conocemos en el presente, empezó a gestarse hace ahora justo novecientos años: en 1118 tuvo lugar la conquista del castillo musulmán al otro lado del río, el Al-qal'a Nahar, topónimo del que procede el nombre de la ciudad que nos cobija; y este territorio dejó de pertenecer al dominio de Al Andalus para pasar a formar parte de Castilla, ya para siempre (o más exactamente hasta el nacimiento del estado de las Autonomías).

Por casualidad o por misterioso capricho del destino, el pasado noviembre el Ayuntamiento informó del hallazgo de unos bolaños o proyectiles de piedra en el entorno de las ruinas del viejo castillo, paraje conocido también como Alcalá la Vieja. Y los arqueólogos no dudaron en relacionarlos con la munición de las catapultas empleadas por las milicias al mando del arzobispo de Toledo, Bernardo de Sedirac, para rendir el alcázar ribereño del Henares. No se reparó entonces en que estaban a punto de cumplirse nueve siglos del fin de aquel asedio.

Policías locales con los bolaños o proyectiles de piedra encontrados el pasado otoño en las inmediaciones de Alcalá la Vieja (Foto: Ayuntamiento de Alcalá)
Tuvo que ser, una vez más, la Institución de Estudios Complutenses la que colocara el foco en una efemérides de una importancia capital para entender la evolución urbana, social y cultural de Alcalá. Un ciclo de conferencias, en el que intervendrán algunos de los más acreditados investigadores y eruditos locales, recordará aquel hecho y sus consecuencias. Y entre el plantel de ponentes estarán aquellos estudiosos que más han ahondado en esa etapa tan apasionante pero a la vez tan ignorada de la historia de Alcalá.

En el momento en que el arzobispo De Sedirac, mandó levantar un fuerte de madera en el cerro hermano del que albergaba castillo musulmán para, desde allí, como un Malvecino, acosar y reducir sus resistencias a base de bolazos de piedra caliza como los que se encontraron el pasado otoño; los pasos de la ciudad cambiaron de rumbo. Se puso fin a una etapa aún demasiado nebulosa pero fascinante, marcada por la agonía de la vieja Complutum, el nacimiento de un caserío en torno a la piedra martirial de los santos niños, el desvaído dominio visigodo, la llegada de los nuevos señores del Islam y el intercambio de razias entre campeadores castellanos y guerreros almorávides.

Los antecesores de estos últimos escogieron allá por el siglo X uno de los montículos al otro lado del río, con tradición de asentamientos desde lo más oscuro de la noche de los tiempos, para vigilar toda la vega; con una atalaya primero y después con un alcázar de recias murallas y torres albarranas, que fue conocido en origen como Qalat abd al Salam. Y alimentaron con su presencia las historias mágicas de la orilla izquierda del río y de sus cerros. Desde entonces, unos gigantes o gigantones pueblan el laberinto de cuevas y pasadizos kilométricos de su subsuelo, custodiando de paso la mesa del rey Salomón, la misma que condenó al desdichado moro Muzaraque, del que se apiadó, haciéndole aún más inmortal, Miguel de Cervantes, haciéndole cabalgar a lomos de “una cebra o alfana” por "la gran cuesta Zulema” en las páginas de El Quijote.

Expulsados los amos islámicos, el castillo y el burgo nacido alrededor del templo en recuerdo de Justo y Pastor quedaron en manos de los todopoderosos arzobispos de Toledo. Bajo su mando, la villa comenzó a crecer, custodiada por una fortaleza cuyas primeras piedras se colocaron en 1209 y que fue el germen del suntuoso palacio Arzobispal (los ocho siglos que se conmemoraron en 2009 también pasaron con muchísima más pena que gloria), así como de un largo perímetro de murallas.

Uno de los escudos de Alcalá más antiguos que se conocen es el que se conserva en uno de los capiteles de la plaza de Cervantes. Es del siglo XVII y señala el lugar donde, durante varios siglos estuvo la casa del Concejo o Ayuntamiento.
Y el Burgo de Santiuste, luego Alcalá de Sant Yuste y al final Alcalá de Henares, comenzó a prosperar. Y no solo porque, al amparo arzobispal, en siglos sucesivos se organizaran aquí reuniones de Cortes, se diera cobijo a los reyes castellanos en largas estancias o abriera sus puertas un Estudio General, antecedente remoto de la Universidad. También las leyes permitieron que, además de la población cristiana mayoritaria y dominante, la comunidad judía creciera y tomara peso en la vida pública, como recaudadores y comerciantes. Y se tolerara la convivencia con los musulmanes o mudéjares, cuya pericia como albañiles, carpinteros y hortelanos fue recordada incluso después de que el glorificado Cardenal Cisneros, tan buen alcalde de Alcalá como a ratos despiadado martillo de herejes, clausurara la mezquita y la transformara en iglesia bajo la advocación de Santiago, pero no en su versión de pacífico santo peregrino sino como temible Matamoros. Hoy solo queda de ella una columna empotrada en la esquina de la calle Santiago con Diego de Torres; y de las dos sinagogas complutenses, apenas un pasillo empedrado al que se accede desde un recoleto adarve de la soportalada calle Mayor que nos dejaron en herencia.

Y todo eso, y mucho más, se desencadenó a raíz de la conquista de aquel castillo sobre el río. Ese que, a pesar de la ignorancia activa y la sectaria moda de la corrección política, que abomina de luchas religiosas y reconquistas, luce con particular donosura en el mismísimo escudo de la ciudad.

jueves, 18 de enero de 2018

Cuando la Cisneriana pudo ser 'West Point'

En lugar de estudiantes, turistas y funcionarios, los claustros y pasillos de la Universidad Cisneriana podrían ser hoy en día la cuna de los militares más cualificados del país, como la primera academia del Estado. Tal estampa de excelencia castrense, al modo de la célebre academia militar estadounidense de West Point, sería posible de haber prosperado un fugaz proyecto concebido a mediados del siglo XIX para reconvertir la manzana fundacional de nuestra Universidad en la sede del Colegio General de todas las Armas, con capacidad para 600 cadetes.

Vistas del Colegio de todas las Armas desde la plaza de San Diego, tal y como lo proyectó el ingeniero militar Antonio de la Iglesia en 1844.
A finales de 2010, en la exposición De las armas a las letras. Edificios universitarios que tuvieron uso militar, montada en la sala de exposiciones de la vieja iglesia de Caracciolos, se mostraron los planos del proyecto de lo que pudo ser aquella 'Universidad militar', diseñados en 1844. Aunque en 2008, en la exposición Alcalá, una ciudad en la historia, montada en la sede madrileña de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y con un precioso y enciclopédico catálogo al cuidado del maestro Vicente Alberto Serrano, el público pudo admirar la insólita transformación de la Cisneriana que proponían esos documentos, custodiados en el Archivo General Militar.

Realizado por el brigadier de ingenieros Antonio de la Iglesia en el verano de 1844, el proyecto de crear un Colegio de todas las Armas se remonta a veinte años antes. En 1824 se fundó el Colegio General Militar, cuya primera sede fue el Alcázar de Segovia. Durante la primera guerra carlista, en 1837, se decidió trasladar el colegio a Madrid, donde tuvo varias ubicaciones. En 1842 se ordenó la creación, por real decreto, del Colegio General de todas las Armas, como refuerzo  del Colegio General Militar, fijándose en 600 el número de cadetes.

Ya entonces las autoridades civiles y militares se percataron de la dificultad de situar esta institución en la capital, de modo que se planteó la posibilidad de enclavarla en alguna población de los alrededores. Se reparó entonces en las prestaciones que ofrecía en Alcalá la manzana cisneriana, sin uso desde hacía ocho años, cuando se clausuró el Colegio Mayor de San Ildefonso y con él la histórica universidad fundada por Cisneros.

El ingeniero De la Iglesia recibió el encargo de diseñar la academia militar. Y sus planos fueron lo único real que llegó a existir de ella, porque en noviembre de 1850 un decreto suprimió el colegio general y estableció que cada arma tuviera su propia academia. Y paradójicamente, menos la de Marina, todas tuvieron algún acomodo en Alcalá a lo largo del tiempo. Incluso algunas, como la de ingenieros, ya estaban radicadas aquí de antes, pues fue fundada en 1803.

El Colegio de Basilios, hoy centro cultural de la Universidad, acogió durante décadas a los ingenieros militares.
Los planos de De la Iglesia recogían una reforma profunda no solo del Colegio de San Ildefonso, sino de todas las construcciones vecinas para racionalizar el conjunto del solar. Aparte de cambiar los nombres de los patios (el patio de Santo Tomás pasaría a denominarse 'patio de la Univesidad' y el de Filósofos se llamaría 'patio de Venegas'), el proyecto contemplaba remodelar todas las construcciones de la parte occidental de la manzana, es decir, las que dan a la plaza de Cervantes.

Lo más llamativo, por agresivo, era la demolición de la Capilla de San Ildefonso que pasaría a formar parte de un nuevo complejo de edificios y patios auxiliares. Ello también implicaba el levantamiento de una nueva fachada que hubiera tenido un aspecto muy similar a la de los viejos Cuarteles que dan a la plaza de San Diego y que ahora acogen la biblioteca, las salas de lectura y el museo iberoamericano de la Universidad.

Otra curiosidad es que, en lugar de Paraninfo, en el plano figura una capilla, justo en la crujía que separa el patio Trilingüe y un nuevo patio que se llamaría del 'Juego de la Pelota', quién sabe por qué.

En general, todas las dependencias del recinto militar se distribuirían del siguiente modo: las aulas, el comedor y las estancias de servicio ocuparían la planta baja y los dormitorios de los cadetes, los despachos de los oficiales y de la dirección del centro y la enfermería estarían en la planta principal.

Ahora solo la imaginación, y los planos a la vista, permiten reconstruir esa 'superacademia' militar en pleno centro; el que hubiera sido el corazón de la populosa ciudad cuartel que, aunque ya olvidada, fue durante muchas décadas Alcalá.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Una ciudad ocre

Cuentan que en una de las visitas de Franco a Alcalá, pasados ya los años más crudos de la posguerra, la mirada del circunspecto generalísimo se posó en los resecos cerros que cierran el horizonte de la ciudad por el sur. Justo el mismo “circo de agrias barrancadas del Zulema” que dejó anotado Manuel Azaña en sus cuadernos de memorias, al verlos también desde su coche oficial de presidente de la República, en la que sería su última visita a su patria chica, en mitad de la Guerra Civil. Fue solo unos pocos lustros antes de la visita del dictador que, mucho menos lírico que su odiado Azaña, sí musitó a sus acompañantes, casi como un pensamiento en voz alta, la impresión que le había causado la aridez de los calvos montes alcalaínos. Y casualmente poco tiempo después de aquella visita y de aquel comentario, los peones del Icona asomaron por los cerros y comenzaron a repoblarlos con los pinos que hoy ponen un amable fondo verde al perfil urbano complutense.


El único bosque genuino de Alcalá, el de la ribera del Henares, poblada por álamos y olmos entre otros (Wikipedia)
Sea cierto o no el sucedido, sí viene bien para ilustrar la carga tan artificial que ha tenido este rincón de la meseta con el arbolado a lo largo de las últimas décadas. Y un hito importante a esa historia acaba de tener lugar con el anuncio por parte de la Concejalía de Medio Ambiente de la realización de un inventario de los 60.000 árboles que adornan la ciudad y que le ha valido a Alcalá el reconocimiento como ciudad verde por parte de la Agencia Europea de Medio Ambiente.

Ese catálogo y la distinción europea deberían de ser el punto de partida para un tiempo nuevo en la gestión municipal del arbolado, carente hasta la presente, como casi todo en nuestra administración, de una planificación formal y rigurosa a medio y largo plazo. Se evitarían así que muchas podas se confundan demasiadas veces con talas encubiertas; y se garantizaría que solo nos darían sombra y aire las especies más convenientes a este clima y a una traza urbana como la alcalaína. Porque ya está bien de árboles que se meten en balcones, tapan farolas y levantan aceras con sus raíces, como ocurre en los barrios más cercanos al casco histórico; o de ejemplares escuálidos y pringosos, como los que garabatean y ensucian muchas calles y avenidas de las barriadas nuevas.

El esfuerzo, en todo caso, siempre será grande, porque salvo el bosque de galería que abraza al risueño Henares, no es esta tierra de grandes y frondosas arboledas. La célebre ardilla del geógrafo Estrabón debió de corretear a ras de suelo más de lo cuenta al pasar por aquí al comienzo de nuestra era. Y siglos de rozas, pastoreo, acarreo de leña y erosión implacabale han modelado un paisaje que ya por 1563, en la primera ‘fotografía’ de Alcalá, el impresionante dibujo de Anton van Wyngaerde, es casi calcado al del presente.


Vista de Alcalá y la vega del Henares desde una curva del Zulema en los primeros lustros del siglo XX (Instituto de Patrimonio Cultural de España)
Por eso atesora un mérito tan grande la conservación hasta nuestros días de un parque histórico como el O’Donnell, un pulmón verde en el corazón de la ciudad que, además de espacio de esparcimiento, tendría que disfrutar de mayor presencia en su vida social y cultural, como corresponde a una zona verde centenaria. Aunque sea a costa de vallarlo, porque el incivismo no duerme desgraciadamente. Muchas ideas recopila al respecto un combativo colectivo ciudadano consagrado a la defensa del parque, que desde hace un lustro suma voluntades en Facebook.

Y por lo mismo habría de tener la atención y el mimo debidos el parque del Camarmilla, la última y zona verde incorporada a la geografía complutense, que, acaso por ser herencia del Gobierno municipal anterior, así como el recinto más extenso y alejado, aún no se ha librado de su desolador aspecto de páramo. Ni siquiera ha tenido una presentación oficial, lo cual no deja de resultar grosero, pues en este equipamiento se han invertido varios cientos de millones de euros y existe un vecindario a apenas un centenar de metros que se merecía ese gesto de consideración, más aún cuando no abundan en la barriada de Espartales oportunidades de esta clase.

Siendo tan precioso y caro este patrimonio ambiental, es normal que haya que tentarse mucho la ropa antes de apear los árboles en lugares donde jamás debieron ser plantados, como sucede en dos de las plazas más emblemáticas de la ciudad, la de San Diego y la de las Bernardas. Contemporáneos de los pinos de las faldas de San José del Viso y los cantiles del Zulema, los cedros tapan la visión de los dos grandes tesoros arquitectónicos de Alcalá, el Colegio Mayor de San Ildefonso y el Monasterio de San Bernardo. Si bien en el primer caso, los árboles estuvieron muy cerca de pasar de convertirse en leña, o de tratar de sobrevivir trasplantados a otros terrenos, hace veinte años cuando el gobierno cisneriano del rector Manuel Gala se empecinó en aplicar una reforma de la plaza siguiendo el boceto encargado al prestigioso arquitecto italiano Giorgio Lombardi. El argumento de que la plaza fue, históricamente, diáfana, no terminó de convencer a los responsables regionales de Patrimonio, que sin embargo no se conoce que pusieran reparos al apeo relámpago de los árboles de la plaza de los Santos Niños.


El Jardín Botánico Juan Carlos I del Campus lleva ya un cuarto de siglo recuperando flora (Universidad de Alcalá)
En otras esquinas de la ciudad, por el contrario, han aflorado parques que, con el paso del tiempo, si los vándalos y el calentamiento global no los desbaratan, se transformarán en lustrosos bosques urbanos. Son los casos del arboreto del popular Vivero, camino de Juncal, o el Juan Pablo II del Ensanche. Más remotas y desconocidas son las dos masas arbóreas más singulares y objetivamente más valiosas del termino alcalaíno: el Jardín Botánico del Campus, un regalo para los sentidos en otoño y primavera, solo a la espera de que deje de fugarse el agua en su laguna artificial;  y la abracadabrante arboleda dispuesta en círculos concéntricos en el solar conocido como ‘la Bomba’, cobertura para uno de los primitivos experimentos agrícolas en la finca del Encín, que se puede divisar desde la A-2. 

Y preciosos en sí mismos son algunos ejemplares raros y desperdigados, caso del laurel que desde hace décadas se acomoda a las estrecheces del patio junto al concurrido garito de La Panadería, en plena calle Mayor; el extraordinario y antediluviano pinsapo que ha agarrado en la rotonda más conífera del Campus; o desde hace pocas fechas el joven arce plantado a la salud de Cisneros en el O'Donnell, que ojalá algún día nos regale el mágico espectáculo de ver cómo su copa se 'incendia' por efecto de la otoñada.

En todo caso, son los perfiles inabarcables y desolados de esta tierra de secano, calcinada por el sol y las heladas, pero generosa cuando es acariciada por la lluvia, lo que termina por conferir todo su valor a estas manchas verdes. Porque, en realidad, por naturaleza y por superficie, esta ciudad solo puede ser ocre. Y también hay que saber apreciar la belleza genuina de ese color y de sus matices, entre pinceladas parduzcas y cenicientas, vistiendo el paisaje; algo que Franco, de hacer caso a la anécdota del principio, no logró, pero Antonio Machado alcanzó a conquistar. Ahí está ese monumento literario llamado Campos de Castilla para demostrarlo y aprender de él.