jueves, 30 de noviembre de 2017

Una ciudad ocre

Cuentan que en una de las visitas de Franco a Alcalá, pasados ya los años más crudos de la posguerra, la mirada del circunspecto generalísimo se posó en los resecos cerros que cierran el horizonte de la ciudad por el sur. Justo el mismo “circo de agrias barrancadas del Zulema” que dejó anotado Manuel Azaña en sus cuadernos de memorias, al verlos también desde su coche oficial de presidente de la República, en la que sería su última visita a su patria chica, en mitad de la Guerra Civil. Fue solo unos pocos lustros antes de la visita del dictador que, mucho menos lírico que su odiado Azaña, sí musitó a sus acompañantes, casi como un pensamiento en voz alta, la impresión que le había causado la aridez de los calvos montes alcalaínos. Y casualmente poco tiempo después de aquella visita y de aquel comentario, los peones del Icona asomaron por los cerros y comenzaron a repoblarlos con los pinos que hoy ponen un amable fondo verde al perfil urbano complutense.


El único bosque genuino de Alcalá, el de la ribera del Henares, poblada por álamos y olmos entre otros (Wikipedia)
Sea cierto o no el sucedido, sí viene bien para ilustrar la carga tan artificial que ha tenido este rincón de la meseta con el arbolado a lo largo de las últimas décadas. Y un hito importante a esa historia acaba de tener lugar con el anuncio por parte de la Concejalía de Medio Ambiente de la realización de un inventario de los 60.000 árboles que adornan la ciudad y que le ha valido a Alcalá el reconocimiento como ciudad verde por parte de la Agencia Europea de Medio Ambiente.

Ese catálogo y la distinción europea deberían de ser el punto de partida para un tiempo nuevo en la gestión municipal del arbolado, carente hasta la presente, como casi todo en nuestra administración, de una planificación formal y rigurosa a medio y largo plazo. Se evitarían así que muchas podas se confundan demasiadas veces con talas encubiertas; y se garantizaría que solo nos darían sombra y aire las especies más convenientes a este clima y a una traza urbana como la alcalaína. Porque ya está bien de árboles que se meten en balcones, tapan farolas y levantan aceras con sus raíces, como ocurre en los barrios más cercanos al casco histórico; o de ejemplares escuálidos y pringosos, como los que garabatean y ensucian muchas calles y avenidas de las barriadas nuevas.

El esfuerzo, en todo caso, siempre será grande, porque salvo el bosque de galería que abraza al risueño Henares, no es esta tierra de grandes y frondosas arboledas. La célebre ardilla del geógrafo Estrabón debió de corretear a ras de suelo más de lo cuenta al pasar por aquí al comienzo de nuestra era. Y siglos de rozas, pastoreo, acarreo de leña y erosión implacabale han modelado un paisaje que ya por 1563, en la primera ‘fotografía’ de Alcalá, el impresionante dibujo de Anton van Wyngaerde, es casi calcado al del presente.


Vista de Alcalá y la vega del Henares desde una curva del Zulema en los primeros lustros del siglo XX (Instituto de Patrimonio Cultural de España)
Por eso atesora un mérito tan grande la conservación hasta nuestros días de un parque histórico como el O’Donnell, un pulmón verde en el corazón de la ciudad que, además de espacio de esparcimiento, tendría que disfrutar de mayor presencia en su vida social y cultural, como corresponde a una zona verde centenaria. Aunque sea a costa de vallarlo, porque el incivismo no duerme desgraciadamente. Muchas ideas recopila al respecto un combativo colectivo ciudadano consagrado a la defensa del parque, que desde hace un lustro suma voluntades en Facebook.

Y por lo mismo habría de tener la atención y el mimo debidos el parque del Camarmilla, la última y zona verde incorporada a la geografía complutense, que, acaso por ser herencia del Gobierno municipal anterior, así como el recinto más extenso y alejado, aún no se ha librado de su desolador aspecto de páramo. Ni siquiera ha tenido una presentación oficial, lo cual no deja de resultar grosero, pues en este equipamiento se han invertido varios cientos de millones de euros y existe un vecindario a apenas un centenar de metros que se merecía ese gesto de consideración, más aún cuando no abundan en la barriada de Espartales oportunidades de esta clase.

Siendo tan precioso y caro este patrimonio ambiental, es normal que haya que tentarse mucho la ropa antes de apear los árboles en lugares donde jamás debieron ser plantados, como sucede en dos de las plazas más emblemáticas de la ciudad, la de San Diego y la de las Bernardas. Contemporáneos de los pinos de las faldas de San José del Viso y los cantiles del Zulema, los cedros tapan la visión de los dos grandes tesoros arquitectónicos de Alcalá, el Colegio Mayor de San Ildefonso y el Monasterio de San Bernardo. Si bien en el primer caso, los árboles estuvieron muy cerca de pasar de convertirse en leña, o de tratar de sobrevivir trasplantados a otros terrenos, hace veinte años cuando el gobierno cisneriano del rector Manuel Gala se empecinó en aplicar una reforma de la plaza siguiendo el boceto encargado al prestigioso arquitecto italiano Giorgio Lombardi. El argumento de que la plaza fue, históricamente, diáfana, no terminó de convencer a los responsables regionales de Patrimonio, que sin embargo no se conoce que pusieran reparos al apeo relámpago de los árboles de la plaza de los Santos Niños.


El Jardín Botánico Juan Carlos I del Campus lleva ya un cuarto de siglo recuperando flora (Universidad de Alcalá)
En otras esquinas de la ciudad, por el contrario, han aflorado parques que, con el paso del tiempo, si los vándalos y el calentamiento global no los desbaratan, se transformarán en lustrosos bosques urbanos. Son los casos del arboreto del popular Vivero, camino de Juncal, o el Juan Pablo II del Ensanche. Más remotas y desconocidas son las dos masas arbóreas más singulares y objetivamente más valiosas del termino alcalaíno: el Jardín Botánico del Campus, un regalo para los sentidos en otoño y primavera, solo a la espera de que deje de fugarse el agua en su laguna artificial;  y la abracadabrante arboleda dispuesta en círculos concéntricos en el solar conocido como ‘la Bomba’, cobertura para uno de los primitivos experimentos agrícolas en la finca del Encín, que se puede divisar desde la A-2. 

Y preciosos en sí mismos son algunos ejemplares raros y desperdigados, caso del laurel que desde hace décadas se acomoda a las estrecheces del patio junto al concurrido garito de La Panadería, en plena calle Mayor; el extraordinario y antediluviano pinsapo que ha agarrado en la rotonda más conífera del Campus; o desde hace pocas fechas el joven arce plantado a la salud de Cisneros en el O'Donnell, que ojalá algún día nos regale el mágico espectáculo de ver cómo su copa se 'incendia' por efecto de la otoñada.

En todo caso, son los perfiles inabarcables y desolados de esta tierra de secano, calcinada por el sol y las heladas, pero generosa cuando es acariciada por la lluvia, lo que termina por conferir todo su valor a estas manchas verdes. Porque, en realidad, por naturaleza y por superficie, esta ciudad solo puede ser ocre. Y también hay que saber apreciar la belleza genuina de ese color y de sus matices, entre pinceladas parduzcas y cenicientas, vistiendo el paisaje; algo que Franco, de hacer caso a la anécdota del principio, no logró, pero Antonio Machado alcanzó a conquistar. Ahí está ese monumento literario llamado Campos de Castilla para demostrarlo y aprender de él.