miércoles, 3 de agosto de 2022

Perderse en una ciudad perdida

La inevitable demolición de Casa Blanca, la pintoresca finca que se asoma a la avenida de Meco, no es más que el penúltimo ramalazo de una de las tradiciones más arraigadas en Alcalá de Henares: la autodestrucción con denuedo. Hace algo más de doscientos años, con la Guerra de la Independencia y la rapiña de las tropas napoleónicas en conventos, iglesias y casas solariegas, se le dio el primer gran empujón a este hábito devastador para el patrimonio histórico y artístico. Vinieron luego el cierre de la Universidad en 1836, las leyes desamortizadoras y la subasta sin medida de sus bienes, el expolio de piezas artísticas, los estragos de la Guerra Civil, la expansión urbanística sin control y las restauraciones descabelladas. El resultado es que se ha perdido mucho más de lo que queda, aunque sigue quedando algo. Y debería ser prioritario no perder más.

Portada mudéjar del patio de Fonseca del antiguo palacio Arzobispal, en la recreación realizada por el colectivo ARPA en 2013.

Hace casi una década vio la luz todo un clásico ya de la historiografía local, El patrimonio perdido y expoliado de Alcalá de Henares, un libro editado coeditado por Vicente Sánchez Moltó, Cronista de la Ciudad, y María Jesús Torrens para la Institución de Estudios Complutenses (IEECC), que ofrece el retrato más completo y desolador de la devastación sufrida por la ciudad en los últimos siglos. La obra reúne quince estudios realizados por catorce especialistas en la historia y el arte alcalaínos y en ella se documenta la desaparición tanto de edificios y monumentos singulares como de piezas de incalculable valor artístico. 

Templos, palacios, murallas, pinturas, objetos litúrgicos, libros y restos arqueológicos, entre otros elementos, desfilan por el libro. Un patrimonio perdido que, según los cálculos de la IEECC, representa la mitad del legado arquitectónico y más del 75% de las obras de arte que acogía la ciudad en el siglo XIX.

La "divina Compluto" alabada por los grandes autores del Siglo de Oro, la "Pequeña Roma", como se conoció en la Contrarreforma, y la villa universitaria que fusionó la Ciudad de Dios y la Ciudad del Saber como ninguna otra, convirtiéndose en el modelo que la Unesco reconoció en 1998 como Patrimonio Mundial, vivió hasta hace algo más de cuarenta años un tiempo oscuro para el patrimonio que aún, como se ve con Casa Blanca, suelta algunos latigazos sombríos. 

El resultado ha sido un quebranto y una dejadez del acervo complutense que resulta difícil de cuantificar y evaluar. Porque aparte de lo material está la desaparición de bienes inmateriales como el contenido de archivos y documentos; o de espacios amplios como los caseríos y parajes arrasados por los ensanches urbanos fuera de control que alentó el Desarrollismo a partir de los años 60, caso del entorno de la vieja comisaría asentada sobre la morería medieval, o el barrio del Juncal y el polígono Puerta de Madrid encima de Complutum.

La casa de los Grifos, en el yacimiento de Complutum (complutum.com)

Por fortuna, en los 80 se puso pie en pared y el Convenio Multidepartamental de 1985, que permitió rescatar los grandes edificios históricos que aún quedaban en pie, fue un primer paso para proteger los restos que han llegado hasta el presente. Aunque todavía queda mucho por hacer en el empeño de pasar de la ciudad perdida a la recuperada.

Dentro de ese Alcalá que nunca volverá, y como ejemplo del catálogo de destrozos y desapariciones padecidos por el patrimonio alcalaíno, despuntan algunas 'maravillas', tanto por su valor material como por su importancia histórica e incluso sentimental. Y los pasos perdidos por esa ciudad perdida deben comenzar por Complutum y las otras ‘pioneras’.

En el siglo IV, la gran villa hispanorroamana a orillas del Henares era la urbe más floreciente del centro de la península como próspero cruce de caminos. Hoy solo queda al aire libre poco más de un tercio de su casco urbano; del resto, que reposa bajo bloques de viviendas y calles, apenas pudieron rescatarse unos mosaicos en los años 70. A lo largo de los siglos, muchas de sus piedras sirvieron para construir otros edificios de la ciudad o fueron pasto del saqueo. En la Complutum que se ha salvado se han ido adaptando áreas para la visita como la Casa de Hyppolytus, el Foro o la Casa de los Grifos, conformando un incipiente parque arqueológico que habrá de ir creciendo a medida que prosigan las excavaciones y la investigación… y no falte el presupuesto para ello. En algunos casos se ha llegado tarde o se ha destruido a conciencia, como en los yacimientos prehistóricos de La Esgaravita y aledaños. Y en otros se está pendiente de prospecciones más ambiciosas, como le sucede a la fortaleza musulmana de Alcalá la Vieja. Y aunque fuera del término complutense, pero de estrecho vínculo, es de esperar que la primitiva Complutum del Cerro del Viso aflore algún día. Sin duda, muchos hallazgos valiosos están por conocer de los ancestros urbanos del Alcalá actual.

Vista general del palacio Arzobispal en torno a 1870, fotografiada por Jean Laurent desde la torre de la Magistral (Biblioteca Nacional)

La ciudad que habitamos ahora, no obstante, tiene su origen en una piedra, la empleada para el martirio de los hermanos Justo y Pastor, cobijada bajo el altar de la Catedral Magistral. Ésta a su vez debe su origen a un primitivo santuario construido en el siglo V en el Campo Laudable, el lugar donde, según la tradición cristiana, fueron degollados los Santos Niños sobre el pedrusco en cuestión. El sencillo templo que existió en el lugar a lo largo de la Alta Edad Media se transformó, tras la conquista de estas tierras por los señores castellanos, en la iglesia de San Justo y en el siglo XV pasó a ser colegiata. El cardenal Cisneros le concedió una renovada dignidad aportándole dimensiones catedralicias y vinculándola a la Universidad, lo que la convirtió en Iglesia Magistral. Durante siglos fue el primer templo de la ciudad hasta que fue incendiada por los milicianos en los primeros días de la Guerra Civil. Los destrozos en la techumbre y las capillas y las rehabilitaciones defectuosas la dejaron mutilada para la posteridad. Las recientes excavaciones en la plaza de los Santos Niños han permitido sacar a la luz algunos restos de la villa medieval, pero aún queda mucho por conocer de los primeros siglos de andadura de aquel Alcalá prístino, abrazado a la piedra de Justo y Pastor.

Todo lo contrario del palacio Arzobispal, uno de los conjuntos monumentales más documentados de la historia del patrimonio español aunque, por desgracia, ya no existen sus espacios y tesoros más deslumbrantes. De no haber sido por el incendio que en la noche del 11 de agosto de 1939 devoró sus ricos artesonados, salas, galerías y patios, el Arzobispal sería hoy el monumento más valioso de Alcalá, por delante incluso de la Cisneriana, y un referente en España. Porque en aquel incendio no solo se fue lo mejor del edificio que empezó siendo en el siglo XIII una sobria fortaleza y que los arzobispos toledanos, señores de Alcalá, refinaron y adornaron con todo lujo durante los siglos XV, XVI y XVII con la destreza arquitectónica, escultórica y pictórica de los mejores artistas de cada momento; todo fuera por pasar a la mundana posteridad. Las llamas también consumieron el Archivo General Central, que en 1858 fue instalado en el edificio, muy dañado por las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia. Más de 140.000 legajos del siglo XVII en adelante se perdieron en el fuego, que según la versión oficial se originó en el basurero del taller mecánico de vehículos militares que se mantenía en el histórico recinto desde el tiempo de la guerra. Según suelen coincidir los estudiosos locales, se trata de la peor pérdida sufrida por Alcalá en su historia: un edificio y un archivo a la vez. De postre, muchos restos recuperables fueron abandonados al descuido y la demolición durante la posguerra. Y aún hoy se sigue aplicando allí la vieja tradición del maltrato consintiéndose un aparcamiento sobre el terreno que en su día ocuparon el frondoso Jardín del Vicario y la galería del Ave María del complejo.

Convento de Santa María de Jesús dibujado por Valentín Carderera y Solano a mediados del siglo XIX (Fundación Lázaro Galdiano)

Tampoco tuvo demasiada suerte la muralla que rodeó aquel Alcalá antiguo. A comienzos del siglo XIII los arzobispos empezaron a construir un recinto amurallado para proteger el Burgo de Santiuste, la población de cristianos, judíos y musulmanes surgida en torno al lugar donde sufrieron su tormento los Santos Niños. Entre lienzo y lienzo de la muralla llegaron a existir hasta siete puertas. Con el crecimiento del burgo hubo necesidad de ensanchar la muralla y cambiar de ubicación casi todos los accesos, empleando para ello muchos materiales de la vieja Complutum. Estos a su vez fueron desmontados y reutilizados para construcciones que desbordaron la muralla y que desde hace algo más de un siglo se circunscribe tan solo al recinto del Arzobispal. Queda en pie, no obstante, buena parte de una de las puertas originales, la de Burgos, frente al paseo de los Pinos y el parque O’Donnell, recuperada a duras penas tras sufrir un derrumbe parcial en diciembre de 2005. Y en este estado sigue, rescatada in extremis pero olvidada entre vallas de seguridad, siendo como es probablemente la construcción más antigua de Alcalá que se conserva a día de hoy.

Ni rastro ha llegado hasta nuestros días de la mezquita transformada en iglesia que existió en la calle Santiago, cerca del vecindario musulmán conocido como la Almanxara. En los primeros años del siglo XVI el cardenal Cisneros mandó convertir en iglesia la mezquita que durante varias generaciones usaron los moriscos alcalaínos. Y mandó consagrarla, para que a nadie le quedaran dudas, a Santiago Matamoros. Esta iglesia, que ocupó la esquina de la calle Diego de Torres con Santiago y de la que queda como único vestigio una columna en el esquinazo, dejó de acoger actos litúrgicos antes de la Guerra Civil y en 1965, cuando la ruina empezaba a amenazar su torre y su fachada, el Ayuntamiento, de acuerdo con las autoridades eclesiásticas, determinó derruirla.

Iglesia de Santiago fotografiada por Baldomero Perdigón poco tiempo antes de ser derruida en 1965.

Al menos un mínimo rastro de muros y cimentaciones se han conservado del convento de Santa María de Jesús. Están a la vista en el suelo, protegidos por un acristalado, en una de las salas del Museo de Arte Iberoamericano de la Universidad de Alcalá, en el edificio Cisneros de la plaza de San Diego. Es el único testimonio material del complejo conventual levantado en ese lugar a mediados del siglo XV. La orden franciscana tuteló aquel cenobio, el primero fundado en Alcalá, que alcanzó fama en toda la cristiandad por ser la última morada del venerable y milagroso san Diego, contando incluso con la más alta protección real. En torno a esa veneración, la capilla del convento gozó de gran suntuosidad, siendo un rincón de referencia del arte barroco patrio. Una circunstancia que no pesó lo más mínimo cuando el Estado lo dejó en manos del Ejército a mediados del siglo XIX, pues el edificio fue demolido y sus materiales usados en la construcción del cuartel, inicialmente de caballería y que estuvo en uso hasta finales del siglo pasado.

Muy cerca de ahí, para la parada final en este paseo, bien vale la ‘iglesia de Cervantes’. Construida en el siglo XV sobre el solar de una vieja ermita en un extremo de la plaza del Mercado, de la iglesia de Santa María la Mayor solo queda hoy en día la capilla del Oidor y la torre, así como unos fragmentos de la pila donde recibió las aguas bautismales el bebé Miguel de Cervantes. El escritor fue cristianizado en ese templo, que durante siglos fue el más importante de Alcalá junto a la Magistral. En los primeros días de la Guerra Civil la incendiaron los milicianos y meses después fue bombardeada por la aviación franquista. Pese a los destrozos, el templo podría haber sido reconstruido, pero se optó por derruir su cuerpo central y convertirlo en ‘cantera’ para los refugios antiaéreos o para la posterior reconstrucción del palacio Arzobispal. 

En definitiva, la misma desdichada historia de siempre en este Alcalá perdido, que va camino de convertirse también en eterna.


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