viernes, 24 de junio de 2022

La gran herida de hierro

A finales del mes de mayo de 1999, en vísperas del pistoletazo de salida a la campaña de las elecciones municipales y autonómicas que se celebraban aquella primavera, el entonces presidente regional Alberto Ruiz-Gallardón realizó una de sus escasas apariciones por Alcalá de Henares. La visita incluyó una comida con la prensa en la Hostería del Estudiante. Y allí, entre plato y plato, el que fuera posteriormente alcalde de la capital y ministro de Justicia dejó caer que, si ganaba los comicios de nuevo, una de sus prioridades de legislatura sería estudiar la puesta en marcha del proyecto de enterramiento de las vías del tren a su paso por Alcalá. Aquella promesa, por aquel entonces, era casi como anunciar el Gordo de la Lotería para la ciudad. Y 23 años después nos acaba de llegar una mínima y remota pedrea en forma de nueva estación central con acceso solo desde el centro.


La estación central de Alcalá y las vías en dirección Madrid (Foto: Miguel Ángel Matute)

Sabía Ruiz-Gallardón lo que se hacía cuando formuló aquel anuncio. Sobre todo sabía el modo de hacerlo. Sin grabadoras sobre los manteles, con cuadernos y bolígrafos a buen recaudo, el mandatario autonómico soltó como el que no quiere la cosa un compromiso que en aquel tiempo era todo un caballo de batalla de la clase política, el sector económico y el tejido social de Alcalá. 

La ciudad acababa de dar el salto al otro lado de las vías con la urbanización del polígono Espartales y el Ensanche y los primeros desarrollos en La Garena. Y aunque era un proyecto ambicioso y milmillonario, otras ciudades de dimensiones y necesidades similares a Alcalá, como Getafe o Cádiz, habían logrado materializarlo. 

El anuncio de Gallardón era, por tanto, muy importante para la ciudad. Y en clave partidista, un buen golpe de efecto para que el PP tratara de reeditar el Gobierno complutense con una mayoría suficiente esta vez, enarbolando además el pelotazo del título de Patrimonio Mundial de la Unesco conquistado seis meses antes. Pero las urnas acabaron dándole una minoría amplia pero insuficiente a los populares y PSOE e IU pactaron para quedarse con la alcaldía y el ejecutivo municipal. Y del enterramiento, claro está, nunca más se supo.

Aunque el PP sí reeditó el gobierno en la Comunidad de Madrid, Ruiz-Gallardón hizo valer el peso del condicional y la ausencia de un compromiso en firme para soterrar la línea férrea, pues no existía testimonio escrito o audiovisual del mismo, para olvidarse del asunto y de Alcalá para el resto del cuatrienio. Cada vez que al presidente se le recordaba la promesa y, en general, su escaso apego a la cuna de Cervantes, enarcaba sus pobladas cejas y soltaba la misma frase-comodín: "Pero si hemos invertido más de 8.000 millones de pesetas en el Edificio Politécnico...".

En Alcalá, en cambio, el asunto siguió candente unos cuantos años más y no cesó de plantearse a la Comunidad de Madrid y al gobierno nacional siempre que había oportunidad, como una de las grandes demandas locales. Especialmente activa fue la gente del Foro del Henares, una entidad cívica que durante años canalizó los grandes debates de la ciudad. Organizó conferencia y jornadas e incluso realizó estudios de viabilidad técnica y presupuestaria para meter las vías bajo tierra. Y las cuentas salían, porque el soterramiento para dejar en superficie un bulevar de cerca de un kilómetro, flanqueado por nuevas áreas residenciales y comerciales en algunas zonas, podía ser una operación urbanística de una envergadura tal que podía concitar el interés vivo de la iniciativa privada.


Aspecto que tendrá la nueva estación central

El empujón institucional era imprescindible pero nunca llegó. El proyecto se fue enfriando y las aspiraciones pasaron a mejor vida. Entretanto, se inauguró una nueva estación en La Garena; se soltó algún que otro globo sonda, como la posibilidad disparatada de extender el Metro hasta Alcalá; y, sobre todo, la ciudad creció al norte de las vías de manera imparable. El barrio de las Sedas y el polígono de Espartales Norte son ahora los extremos de un casco urbano partido en dos por las vías del tren.

Ya no están las huertas, los caminos de tierra y los solares, rematados por el skyline del viejo Alcalá de torres y espadañas, que se puede admirar  en la icónica y entrañable foto que hizo Jean Laurent desde la altura de Gilitos hace siglo y medio. Tampoco la modesta pero decentísima estación de  tren derribada en los 80 del siglo pasado y sustituida por el adefesio actual que tiene al fin los días contados. 

La nueva carecerá, eso sí, de acceso norte porque al parecer nadie en el Ministerio de Transportes, Adif y el Consistorio ha caído en la cuenta de que más de la mitad de la población de la ciudad podría precisarlo. Más aún cuando los  pasos elevados actuales se ven cerrados por ruina durante años como el de la calle Gaceta; amenazados por la herrumbre como el de la calle Infantado; o indefensos ante los fenómenos atmosféricos como el del paseo de la Estación (prueben a pasar por él un día de lluvia; se mojarán más dentro que fuera de él).

La estación y la vía férrea con Alcalá al fondo, en una fotografía tomada por Jean Laurent en 1862

Pensar en una estación subterránea para una línea férrea soterrada es ya ciencia ficción, a pesar de lo necesaria que resultaría y los beneficios que traería tanto para la seguridad como para la movilidad y el encuentro entre el paisanaje y los barrios. Hace tres años un colectivo denominado Alcalá Vía Verde trató de reflotarlo con una recogida de firmas pero apenas reunió unos pocos centenares. Y en 2020 Ciudadanos logró que el pleno municipal aprobara el estudio de una suerte de jardín elevado para tapar la línea férrea en su trayecto por el casco urbano. Y en estudio debe de seguir, se supone.

La ciudadanía, entretanto, se ha acostumbrado a esta vieja herida de hierro, que ya solo duele a unos pocos. A algunos por el calambrazo de algún mal recuerdo. Como el de aquella lejana comida en la que Gallardón nos tomó el pelo.