lunes, 8 de mayo de 2017

La 'batallita' del Zulema

Aventadas por completo las cenizas de Cervantes tras ser incinerado en una hoguera pública para cerrar los fastos de su cuarto aniversario en Alcalá sin asombro alguno entre el paisanaje local (¿qué pensarían los vecinos de Stratford-upon-Avon si a  los inquilinos de su town hall se le ocurriera meterle candela a un pelele con la efigie de su inmortal paisano Shakespeare?); nos adentramos en mayo, mes de conmemoraciones guerrilleras. Y en la larga historia de Alcalá no podía faltar un capítulo consagrado a la Guerra de la Independencia.

En 2013, con motivo del bicentenario de la batalla, se organizó una especie de recreación en pleno centro histórico. El incombustible Baldo Perdigón retrató el evento con su pericia habitual.
Durante los cinco años que duró la contienda, los franceses permanecieron en Alcalá de forma casi ininterrumpida. Aquí emplazaron el centro de operaciones desde donde las fuerzas del invasor ejecutaron sus rapiñas y saqueos por toda la comarca. La población se resistió a través de las guerrillas comandadas por cabecillas como ‘El Tuerto’ o don Diego, pero sobre todo por Juan Martín ‘El Empecinado', uno de los guerrilleros más famosos de la Guerra de la Independencia y emblema de la facción liberal.

La partida de El Empecinado hostigó a los franceses en nuestra comarca desde casi el inicio del conflicto bélico. Y su participación fue crucial en la liberación de la ciudad, por ser el protagonista de la citada batalla en el puente del Zulema.

Esteban Azaña, en su célebre Historia de la ciudad de Alcalá de Henares (Antigua Compluto) (1882), describió el episodio como una “batalla heroica, gloriosa y sangrienta” en la que la correlación de fuerzas era  de lo más desigual: mientras los ‘Empecinados’ eran poco más de un millar, sin caballería ni artillería, los franceses sumaban en torno dos mil quinientos efectivos, con caballería y una generosa dotación de cañones. De acuerdo con el relato de Azaña, los guerrilleros se situaron en los cerros que rodean el puente y allí aguantaron las descargas del fuego francés. Más tarde, en la lucha cuerpo a cuerpo, lograron rechazar a la tropa napoleónica, que se retiró del paraje tras varias horas de encarnizada pelea, quedando “el campo cubierto de cadáveres, de donde se recogieron más de doscientos heridos”.

José Martín 'El Empecinado', héroe y libertador de Alcalá.
Para empezar el equilibrio entre los bandos eran más ajustado que el ofrecido por Azaña: 1.500 infantes y 500 caballos de parte española y 1.200 infantes, 200 caballos y dos cañones del lado francés. Los guerrilleros de El Empecinado se situaron en los barrancos y cantiles del otro lado del Zulema, mientras que la columna de los franceses, procedente de la ciudad, abrió  fuego desde las orillas de río. Con las primeras luces del día comenzó el intercambio de disparos, que se prolongó durante varias horas.

Una fuerza de caballería española procedente de la zona de Ajalvir, alertada por el estruendo de los cañones, se aproximó hasta Alcalá, lo que obligó a los franceses a batirse en retirada hasta Torrejón. Como resultado del intercambio de disparos, el bando francés registró tres muertos, tres prisioneros y alrededor de 30 heridos; el bando español, por su parte, tuvo en su parte de bajas tres muertos, otros tantos prisioneros y una docena de heridos.

Sea como fuera, después de aquella batalla o ‘batallita' los franceses jamás volvieron a pisar la ciudad, que quedó definitivamente liberada del invasor, cuya huella, eso sí, quedó bien grabada.

El palacio arzobispal, por ejemplo, padeció de manera muy especial el paso napoleónico por estos lares. La vieja fortaleza medieval y posterior palacio renacentista de los poderosos Arzobispos de Toledo se convirtió en improvisado cuartel de los franceses durante la práctica totalidad del conflicto bélico. La primera aparición de los soldados de Bonaparte en el solar complutense se produjo a finales de junio de 1808. Una columna de 3.000 hombres entró en Alcalá y Guadalajara y requisó las armas a los civiles.

Dibujo del puente del Zulema en la segunda mitad del siglo XIX (extraída de www.patrimoniocomplutense.es).
En los días previos a la llegada de ‘la francesa’, nuestra ciudad era un “sepulcro”, según relata Azaña en su historia local. “Todas las personas acomodadas abandonaron la ciudad –narra Azaña-, la Universidad cierra sus puertas, muchos de cuyos estudiantes fueron a engrosar las filas de los guerrilleros, ciérranse los conventos de frailes y hasta las monjas, abandonado el claustro y algunas hasta mudando el hábito por el vestido seglar, huyen, quienes a refugiarse en los conventos de otros pueblos, quienes a esconderse en las casas de sus padres, habiendo comunidad que pasaron alguna noche escondidas en los montes cercanos, y otras refugiadas en los encerradores de ganado”.

Aunque las tropas francesas hicieron su entrada al comienzo del verano, no fue hasta el mes de diciembre de aquel mismo año cuando establecieron su ‘base de operaciones’ estable en las estancias y patios del arzobispal, no sin antes saquear y provocar algunos destrozos en la ciudad. Desde ese cuartel se coordinó la recaudación de víveres por toda la comarca, así como el control de los caminos, hostigados por los guerrilleros, mientras duró la invasión, que a este lado del Henares concluyó con el célebre episodio del Zulema.

Otra cosa es que la ciudad levantara cabeza, que no fue tal, iniciándose los prolegómenos de una de las épocas más decadentes y sombrías de su historia.

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