martes, 15 de septiembre de 2020

El año de la otra plaga

"¡Cuán espantoso el aumento en agosto! Ora la nube es muy negra, y la tormenta se abate sobre nosotros con gran furia. Ora la muerte cabalga triunfante en su claro caballo por nuestras calles, e irrumpe casi en cada casa donde puede hallar a un habitante. Ora las personas caen tan abundantes como las hojas en otoño, cuando las agita un poderoso viento!". Estas palabras campanudas y agoreras bien podrían servir para retratar la amenaza que se cierne sobre nosotros por la segunda ola de la pandemia de coronavirus. Pero tienen casi trescientos años. Con párrafos tan truculentos como éste Daniel Defoe, el célebre padre de Robinson Crusoe, describió el terror devastador que sufrió Londres en 1664 por culpa de una epidemia. Su Diario del año de la peste ha sido una de las lecturas clásicas más citadas en este año de plaga, otro bisiesto maldito que con la peor saña se ha vuelto a cebar con Alcalá de Henares. 



Aspecto del paseo de la Estación el 9 de enero de 2009, día de la última gran nevada de Alcalá. El vecindario de esta vía principal fue uno de los más afectados por el brote de legionela en el comienzo del otoño de 1996. (Foto: M. Peinado)


De pocas enfermedades, catástrofes y desgracias colectivas se ha librado la ciudad a lo largo de la historia. Y el azote del Covid 19 no iba a ser una excepción. Ni siquiera resulta nueva esa sensación de peligro invisible y letal de inesperada aparición, recorriendo las calles y las plazas y cazando víctimas en una funesta lotería. Hace exactamente 24 años ese mismo pánico se apoderó del paisanaje por culpa de otra epidemia, con la crueldad añadida que solo afectó al término municipal alcalaíno: 1996 fue el año de la otra plaga, la de la bacteria legionela.

Aparte de los especialistas en medicina y en microbiología, pocos estaban al corriente entonces –y aún hoy- de las andanzas de este microorganismo y de la grave enfermedad que produce, conocida como legionelosis o también enfermedad del legionario. En aquel Alcalá del 96, como sucedió quince años antes con la vileza de la intoxicación por el aceite de colza, los vecinos pronto se familiarizarían con este mal durante los dos meses terribles que transcurrieron desde que, a finales de agosto, en plenas Ferias, empezaron a recibirse y tratarse en el Hospital Príncipe de Asturias y los ambulatorios de barrio un número anormal de enfermos de neumonía; hasta que el contador de víctimas se paró a finales de octubre con 260 enfermos y 16 muertos, en un balance inicial luego corregido.

Fue en la primera quincena de septiembre cuando la inquietud se esparció por toda la ciudad, al propagarse el rumor de que una enfermedad desconocida estaba haciendo estragos en todos los barrios. La vuelta al colegio y a los institutos acrecentó aún más los temores, alentados en parte por especulaciones tan sobrecogedoras como infundadas.

Por suerte, los técnicos no tardaron demasiado en encontrar la causa de aquella misteriosa plaga que estaba postrando a decenas de vecinos con graves neumonías. También empezó a segar la vida de algunos de ellos; los más débiles y mayores, eso sí, pero víctimas injustas al fin y al cabo.

La legionella pneumophila, nombre científico de la legionela, es una bacteria que provoca una compleja infección pulmonar y fiebre muy alta. Como el virus que provocó la mal llamada gripe española, dio su cara más letal por primera vez en Estados Unidos. Una convención de la Legión Americana en Filadelfia en 1976 fue el primer escenario descrito y catalogado donde actuó esta bacteria, cobrándose 34 vidas entre dos centenares de enfermos, y de ahí se bautizó como la enfermedad del legionario. A partir de entonces se comenzaron a conocer decenas de brotes epidémicos en ciudades de todo el mundo desarrollado. Y Alcalá, por desgracia, fue el primer municipio donde golpeó en masa con más virulencia.

La generalización en aquellos años del uso de equipos de refrigeración y de aire acondicionado en edificios públicos y en comunidades residenciales supuso la aparición de contagios a gran escala por este microbio, que suele generarse y anidar en la tierra húmeda y en depósitos y circuitos de agua con poca limpieza. Y es a través de los aerosoles y el agua vaporizada cómo sale al aire y, si se da el desventurado caso, es inhalada por los seres humanos, con sus perniciosas consecuencias cuando acaba encontrando alojamiento en los pulmones.



Imagen de la bacteria legionela.


Esta peculiaridad en el contagio fue lo que terminó de desconcertar del todo a la población local. Sobre todo cuando en la rueda de prensa más multitudinaria que se recuerda en la ciudad, con presencia incluso de periodistas de medios internacionales, la consejera de Sanidad de entonces, Rosa Posada, no solo confirmó la existencia de una epidemia de legionelosis. También anunció recomendaciones de prevención con carácter de cuarentena para los vecindarios del barrio de San Isidro, el paseo de la Estación y el eje formado por las calles Cánovas del Castillo y Daoíz y Velarde, consistentes básicamente en limitar todo lo posible el contacto con el vapor generado por el agua caliente en lavabos y baños, en las planchas para ropa o en agua hirviendo para cocinar. También se hipercloró el agua potable en la red general de abastecimiento por si el gran foco de la bacteria estuviera en algún tramo de las tuberías, y se fijaron controles más estrictos para edificios y servicios públicos.

Fue en ese sector de la ciudad, paralelo a las vías del tren, donde más enfermos se habían detectado. Y coincidió con la zona donde más cultivos de legionela se habían encontrado, una vez realizada una inspección a fondo de todas las instalaciones de aire acondicionado del casco urbano. Con todo, muchos aún desconfiaban de esa versión, y achacaban la plaga a las razones más peregrinas. Y otros estaban convencidos de que la bacteria se contraía con el contacto humano, y tomaron sus precauciones practicando una distancia social pionera.

Lo cierto es que estas cautelas y la limpieza de los depósitos de agua y de las torres infectadas surtieron efecto, y la curva de contagios fue poco a poco descendiendo hasta caer en picado a mediados de octubre. Fue en vísperas del puente de Todos los Santos cuando se dio por erradicado el brote y se divulgó el mapa de los focos principales del contagio, ubicados en las torres de refrigeración de la fábrica Roca y en un mercado de la calle Cánovas del Castillo, sobre todo. No faltaron, eso sí, las disputas políticas, técnicas y vecinales, porque no llegó a señalarse con exactitud el origen concreto de aquel 'coronavirus' complutense ni se aclararon por completo las responsabilidades por este malhadado suceso. 

Hasta muchos meses después no se difundió un informe definitivo sobre los daños exactos causados por la epidemia, que sirvió para marcar un antes y un después a la hora de tomarse más en serio este tipo de brotes en nuestro país, pues nunca se había conocido en España uno de esta envergadura. Incluso dio lugar a la promulgación de una normativa mucho más rigurosa para la limpieza de torres de refrigeración y los correspondientes protocolos de prevención.

Pero el nombre de Alcalá quedó señalado en negro por mucho tiempo, con un daño moral imposible de cuantificar. Y para colmo, la epidemia fue solo la guinda a una secuencia fatal de sucesos a cuál más terrible que arrancó en junio de 1995 con la espantosa muerte de dos vecinos en plena calle Mayor aplastados por un contenedor de obra arrastrado accidentalmente por un camión de bomberos que se dirigía a toda velocidad a sofocar un incendio.



El Hospital Príncipe de Asturias atendió la avalancha de enfermos por legionelosis
(foto: madrid.org)


A finales de agosto de ese mismo año se produjo el tristemente célebre crimen del Gurugú, con tres hombres tiroteados y posteriormente quemados dentro de un coche en un barranco por un macabro ajuste de cuentas. Justo un año después, las Ferias de Alcalá dieron la vuelta a toda España por el frustrado récord del sogatira, que terminó siendo plusmarca mundial pero por el medio centenar de personas que acabaron con las manos abrasadas. Y tras la legionela, el sórdido 1996 se cerró en los primeros días de diciembre con el incendio del oleoducto junto a la antigua nacional: una excavadora pinchó por error la conducción subterránea que atraviesa Alcalá de extremo a extremo y la explosión provocó primero la muerte del conductor y después una colosal columna de fuego y humo que duró horas.

Ese siniestro marcó el pico más alto del cortejo de desgracias en aquella turbulenta recta final de siglo y milenio para Alcalá, acrecentada además por la inestabilidad política del gobierno municipal bisoño y en minoría de Bartolomé González y el quebranto social y económico por la sangría imparable del cierre de empresas que puso la puntilla a la ciudad industrial. 

Por suerte, los largos brazos de la historia y la cultura acudieron una vez más al rescate y solaparon aquella amargura crepuscular y milenarista con la modesta pero ilusionante celebración a lo largo de 1997 del 450 aniversario del nacimiento de Cervantes, del que se borró el Ministerio de Educación y Cultura en manos, casualmente, de la ínclita Esperanza Aguirre; y, sobre todo, con la puesta en marcha del proyecto de la declaración de Patrimonio de la Humanidad, culminada con éxito el 2 de diciembre de 1998, el mejor regalo imaginable para iluminar la entrada en el siglo XXI y alentar las mejores esperanzas de futuro.

En aquellos días felices logró esfumarse el oscuro recuerdo de la tragedia que había tenido postrada a la ciudad dos años antes. Y si Defoe se lamentaba en su Diario de que, en su tiempo, se careciera de “periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana”; en el año de la legionela podría decirse lo mismo de la falta de la telefonía móvil, los chats y redes sociales. Pero visto lo que se ve ahora, más bien hay que felicitarse por ello, pues ese ruido infernal hubiera hecho aún más insoportable el condenado año de la otra plaga.


jueves, 30 de julio de 2020

La Cisneriana que no pudo ser

Además de las muchas reinvenciones y cambios que ha experimentado Alcalá de Henares a lo largo de la historia, casi siempre a la fuerza y por las bravas, en el camino quedaron un buen puñado de reformas ambiciosas y radicales. Una de ellas fue la que propuso el célebre arquitecto Ventura Rodríguez para renovar y revitalizar la decadente Cisneriana de la segunda mitad del XVIII y que nunca llegó a materializarse. Se perdió así un monumental edificio neoclásico en la plaza de Cervantes que, eso sí, habría acabado con la actual Capilla de San Ildefonso y el Casino, entre otros edificios señeros.



Aspecto de la fachada que Ventura Rodríguez diseñó en 1762 para el ala oeste de la Manzana Cisneriana. (Archivo y Biblioteca de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid) 


En la Biblioteca de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid se conservan los planos que dibujó el arquitecto de Ciempozuelos hace 250 años, cuando la vieja Academia de Cisneros languidecía con unos pocos centenares de alumnos y un plan de estudios que los ilustrados de la época rechazaban por anticuado.

No obstante, las autoridades de la época, guiadas por el espíritu de las luces que recorría la Europa de la Ilustración, trataron de modernizar la institución complutense, que, aunque vetusta, acartonada y cada vez más inhóspita y desolada, seguía siendo un referente de la cultura española. Y de aquel intento frustrado por renovar el Colegio Mayor de San Ildefonso, alma mater de la Universidad, han quedado estos curiosos bocetos que eran prácticamente inéditos hasta que fueron expuestos en la ya histórica muestra 'Alcalá, una ciudad en la historia', organizado por la Comunidad de Madrid en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Otros estudios recientes, como uno muy completo de Ana Asensio Rodríguez, han ahondado en el trabajo que en 1762 llevó a cabo por encargo Ventura Rodríguez (1717-1785), toda una gloria de la arquitectura española, autor de la capilla del Palacio Real de Madrid, del Transparente de la Catedral de Cuenca o de la reforma de la Basílica del Pilar de Zaragoza.

El arquitecto decidió centrar su trabajo en la esquina noroeste de la Manzana Cisneriana, es decir, la enmarcada por la calle Pedro Gumiel, con el desaparecido arco universitario, y la plaza de Cervantes, entonces plaza del Mercado.  Esa zona estaba compuesta por distintos pequeños edificios que daban servicio al colegio, como la la cárcel de estudiantes, la enfermería, la sacristía o la histórica Capilla de San Ildefonso.



Dibujo del Arco Universitario de la calle Pedro Gumiel hoy desaparecido, obra de Valentín Carderera y Solano en 1846. (Colección de la Fundación Lázaro Galdiano)


Para reemplazar ese conjunto, Rodríguez diseñó un gran edificio que rompía todos los esquemas arquitectónicos imperantes hasta entonces Alcalá. Así, los planos muestran una construcción presidida por una iglesia con un espectacular pórtico tetrástilo [con cuatro enormes columnas] de estilo corintio, con frontón y ático, y el remate de una vistosa cúpula rebajada. La planta de esta iglesia era centralizada y en ella destacaba un alargado presbiterio que conectaba con la crujía oriental del Colegio de San Ildefonso.

Dos grandes patios flanqueaban esta iglesia y en torno a ella se disponían nuevas dependencias de servicio, así como alojamientos de estudiantes más amplios y funcionales, que aumentaban asimismo la capacidad del colegio.

Con este rompedor diseño, la iglesia ofrecía su espectacular fachada a la plaza del Mercado, como complemento a la histórica fachada de Gil de Hontañón en la Plaza de San Diego y dando visibilidad a la Universidad desde el espacio más amplio y concurrido de la ciudad. 

Esta 'otra' Cisneriana, a costa, eso sí, de la centenaria capilla de San Ildefonso, hubiera prestado una renovada al corazón de Alcalá. Pero la falta de dinero y, sobre todo, de la voluntad entre los gobernantes del momento, la convirtió en una arquitectura imposible.

Los malos tiempos, en fin, no son exclusivos del presente. Y para nuestra Universidad, aquellos fueron la víspera de los peores; los de su expolio y su cerrojazo durante cerca de 150 años.

martes, 30 de junio de 2020

El bourbon de Azaña, la borrachera cervantina del alcalde de Madrid y el chispazo del alcalde de Alcalá

Para las viejas ciudades casi todo es viejo bajo el sol. No así para sus habitantes, que suelen volverse desmemoriados. Sobre todo con aquello que resulta funesto y desagradable. Se tratará, lo más seguro, de un mecanismo de autodefensa superviviente, aunque resulte doblemente doloroso para los que se llevaron la peor parte y cargan con el sufrimiento que provocaron el azar o la negligencia ante la indiferencia del resto. La vida sigue, claro, pero nunca sigue igual. Alcalá de Henares saca ahora la cabeza de un episodio oscuro que se ha llevado por delante la vida de varios centenares de paisanos y ha tenido a otros miles postrados por la enfermedad. Algún día deberá saberse con certeza por qué aquí ha arrasado esta peste con mayor letalidad que en otros lugares. Pero hasta entonces, y por un sentido elemental de fraternidad, convendría no olvidar lo pasado y padecido. A la tercera debería ir la vencida en este cívico aprendizaje, porque de la devastadora epidemia de legionella de hace 25 años ya casi nadie se acuerda y el zarpazo terrorista del 11-M de 2004 empieza a desvanecerse entre vapores de olvido.


Don Quijote alancea los odres de vino, en un grabado de una edición francesa del Quijote de 1850 
(Banco de Imágenes del Quijote. www.qbi2005.com)


Centrados en el fragor y los traspiés de la desescalada por esta terrible pandemia, y mezclada con el latigazo más irracional de la ola antirracista que ha sacudido el mundo tras el asesinato de George Floyd, afloró fugazmente una curiosa noticia fechada y emplazada en Estados Unidos que, de una manera un tanto disparatada, demostró cómo este rincón del Henares forma parte de los caminos de la historia.

Y es que durante el traslado de la estatua del presidente confederado Jefferson Davis del capitolio de Kentucky a un parque púbico, en el interior de la peana aparecieron una botella de bourbon de una famosa destilería local, una nota manuscrita cuyo contenido no ha trascendido y un ejemplar del periódico The State Journal del 20 de octubre de 1936 con el siguiente titular a cinco columnas: “Azaña moves to Barcelona”; o sea, “Azaña se va a Barcelona”. Se alude en la noticia a la salida del escritor y estadista complutense de Madrid para evacuar de urgencia la presidencia y el gobierno de la República a la Ciudad Condal en los primeros compases de la Guerra Civil.

Qué se le podía haber perdido a Azaña en Kentucky para que un periódico local le diera tanta importancia es uno de los muchos misterios de esta alocada historia, aunque lo primero en desentrañarse debería ser la razón de ser de esa botella que se supone vacía. ¿Se la bebieron a la salud del presidente confederado, un icono del sur esclavista, metido ahora en el mismo saco de odio donde ya están Escarlata O’Hara, Reth Butler y el espíritu de los Doce Robles? ¿O acaso brindaron con ella por la suerte del presidente alcalaíno algunos simpatizantes norteamericanos de la causa republicana que formaron parte de las Brigadas Internacionales?

Se da la circunstancia curiosa, o caprichosa, de que en Estados Unidos se organizó un batallón que tomó el nombre de otro presidente, Abraham Lincoln, natural también de Kentucky. Ganó la Guerra Civil a diferencia de Azaña, pero tuvo un final tan trágico como el de la calle de la Imagen. Puede que alguno de los miembros del Batallón Lincoln alcanzaran a ponderar sus vidas paralelas cuando acamparon en Alcalá y desfilaron por nuestra calle Mayor en 1937, con el andar animoso y la ancha sonrisa del exótico “camarada negro” Doug Roach en la vanguardia, probablemente el primero de su raza que vieron en su vida muchos asombrados alcalaínos de entonces. Y puestos a imaginar, es posible que algunos de aquellos briosos brigadistas fuera el que descorchara la botella.


Integrantes del Batallón Lincoln (DMAX)

Cosas más extrañas y crípticas han dejado estas cápsulas del tiempo improvisadas. Porque las que se organizan de manera oficial, con toda su pompa y circunstancia, suelen estar más pensadas. Aunque también dejan sus sorpresas, como las que quedaron encerradas en 1834 en la caja alojada bajo la estatua de Cervantes de la madrileña plaza de las Cortes, frente al Congreso de los Diputados.

En diciembre de 2009, durante unas obras de remodelación de este espacio urbano, se levantó la estatua y bajo su pedestal se halló un bloque de piedra que, tras ser examinado, se descubrió que contenía en su interior un cajón de madera. Éste a su vez, y en plan Matrioska, guardaba una caja de plomo del tamaño de una caja de zapatos, que abierta en una delicada operación con soplete dejó a la luz una urna de vidrio repleta de documentos cuidadosamente colocados. No había memoria de aquella cápsula del tiempo y fue trasladada al Museo Arqueológico Regional de Alcalá para ser custodiada e investigada. Su apertura, en las vísperas de la Navidad, fue todo un acontecimiento, con presencia de numerosa prensa nacional e internacional, como nunca se ha visto en el museo de la plaza de las Bernardas.

La caja contenía, entre otros elementos, dos valiosos Quijotes de principios del XIX pero, sobre todo, una cuidada selección de documentos que la convirtieron en el auténtico cofre del tesoro de los liberales que en aquel entonces luchaban por una España “despertada” una vez desaparecido el absolutista Fernando VII. Así, además de monedas que ensalzaban el espíritu de la Constitución de 1812 y retratos de la regente María Cristina y de la reina niña Isabel, se alojaron textos legales tan significativos como el de la derogación de la Ley Sálica, que permitió reinar a mujeres, y el de la exclusión de Carlos María Isidro y toda su estirpe en la línea sucesoria, lo que dio lugar a las Guerras Carlistas, un enfrentamiento fratricida que desangró a España durante el resto del siglo.

Lo que no es tan conocido es que esta cápsula del tiempo tuvo una segunda apertura mucha más discreta en el laboratorio del museo algo más de un mes después de su tumultuosa presentación. El motivo para demorar esta segunda operación secreta fue neutralizar el último recurso que emplearon sus promotores allá por 1834 para asegurarse de que su contenido llegara intacto al futuro, cualquiera que fuera su lejanía.


Aspecto de la urna de vidrio y su contenido en la cápsula del tiempo de la estatua de Cervantes
(Mario Torquemada. Museo Arqueológico Regional)

Así, al abrirla la primera vez los técnicos comprobaron que todos los documentos y libros estaban embadurnados con una sustancia de fortísimo olor, parecido al benzeno, con la idea de protegerlos de la acción de los insectos. Sus efluvios eran insoportables, de modo que esperaron unas semanas a que se ventilaran y se secaran. Y una tarde de finales de enero de 2010, ante un reducidísimo grupo de representantes políticos, periodistas e historiadores invitados por el jefe de la casa, el director Enrique Baquedano, se procedió a desempaquetar, desenrollar y hojear todos los documentos. Fue ahí donde se empezó a apreciar de verdad el valor histórico de lo cobijado en aquella caja, una auténtica ‘hoja de ruta’ del XIX que posteriormente fue objeto de una sesuda investigación histórica y una breve exposición en la sede del Gobierno regional.

Aquella tarde, sin embargo, mientras los presentes examinaban embelesados los libros, los papeles y las monedas, conservados como si aquella misma mañana hubieran sido depositados en la caja y no 175 años antes, nadie se percató de que los vapores de aquel desconocido ungüento insecticida aún seguían actuando. Y todos acabaron con un importante mareo. Hasta el punto de que se recomendó aligerar la reunión y salir al bello claustro del museo a tomar el aire.

Uno de los que sufrieron aquella borrachera a la salud de Cervantes fue el director general de Patrimonio Histórico entonces y hoy alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Seguro que no olvidará aquella tarde. Ni el dolor de cabeza con el que se fue a la cama, como le sucedió al resto de testigos de aquella segunda apertura del tesoro.

Son los riesgos de querer conocer los secretos que se confían a los grandes nombres de nuestra historia. Aunque también es cierto que no siempre están a la altura de la curiosidad despertada.


El sepulcro de Cisneros en la Capilla de San Ildefonso (foto: patrimonioactual.com)

Que se lo digan si no a aquel alcalde complutense que, según se cuenta, quiso saber qué escondía  el interior del suntuoso sepulcro del Cardenal Cisneros que preside la cabecera de la Capilla Universitaria de San Ildefonso, toda vez que sus restos mortales están en la Catedral Magistral, y circulaban los rumores más peregrinos al respecto. Las obras de remozamiento de la capilla ofrecieron la ocasión de satisfacer su interés: levantado el suntuoso mausoleo de mármol de Carrara, en el cajón interior se halló un vulgar equipo eléctrico instalado allí en su momento para suministrar, al parecer, luz al altar.

Una cutrez, visto todo lo visto. Pero objetivamente nadie podrá discutirle a los prebostes alcalaínos su empeño en usar el rico pasado para tratar de iluminar las muchas oscuridades que nos atormentan en el presente.

miércoles, 19 de febrero de 2020

La puerta secreta a la Edad Media

Arrinconado entre el legendario Complutum hispanorromano y los fulgores de la civitas renacentista y barroca, languidece el Alcalá medieval. Y no será por falta de historia e historias en el millar de años que van desde la aparición del poblado que se abrazó al Martyrium de Justo y Pastor hasta la villa gobernada por los poderosos arzobispos de Toledo, anfitriones a su vez de los reyes de Castilla, con privilegio de "Cuarto real" en el palacio. De hecho, la ciudad que hoy conocemos se forjó en aquel largo espacio de tiempo; en su traza, marcada entonces por las barriadas de las tres comunidades que a duras penas convivían, y hasta en su nombre, derivado del castillo musulmán asomado al río desde los cerros. Y pese a todo, su presencia pasa desapercibida. Como suele ocurrir en Alcalá con el pasado, escaso de monumentalidad pero prolífico en narrativa, hay que salir al encuentro de sus huellas. Y en este caso, nos topamos con una puerta, la única que se conserva de la muralla medieval y que, con más pena y ruinas que gloria, se mantiene en pie a tiro de piedra del Campo Laudable, en pleno corazón de la ciudad. A vista de todos pero del todo casi invisible. Muy alcalaíno también.


Aspecto que presenta en la actualidad la Puerta de Burgos.

La conocida como Puerta de Burgos es, probablemente, la construcción más antigua que existe en el centro de Alcalá, con cerca de 800 años haciendo sombra. Una torre cuadrada la esconde del río de coches y del trasiego de paisanos que transitan por la Vía Complutense y el vecino parque O'Donnell. Pero nada más cruzar la verja que da al jardín de la sede de Cáritas y las espaldas del Arzobispal, girando la vista a la izquierda, está la puerta, con su arco apuntado de ladrillo, sus masas de mampostería, sus franjas de tapial y un grueso contrafuerte de hormigón que la sostiene.

Se le dio tal nombre porque se abría al norte, al camino de Talamanca, vía de comunicación con Segovia y Burgos. Se edificó por primera vez a comienzos del siglo XIII, cuando el arzobispo Ximénez de Rada llevó a cabo el amurallamiento de toda la villa, a partir de la fortaleza que luego se convirtió en el suntuoso y malogrado palacio al que el Museo Arqueológico dedica una espléndida exposición en estos momentos.


Vista de Alcalá pintada por Anton van Wyngaerde en 1565. A la izquierda se puede reconocer el torreón de la Puerta de Burgos.

Posteriormente, a finales del siglo XIV, se reedificó como el torreón-puerta que ha llegado hasta nuestros días, y en el siglo XV se adosó el arco apuntado para fortalecer y ampliar la zona cubierta de la puerta. Otras mejoras en el siglo siguiente permitieron que se habilitara una estancia en el piso superior que todavía existe. Y durante casi tres siglos, los alcalaínos y visitantes usaron esta puerta cuyas grandes hojas de madera se cerraban por las noches.

A principios del siglo XVII, el cardenal Sandoval y Rojas mandó construir el monasterio de San Bernardo y la puerta quedó encerrada dentro de su recinto, en concreto junto a la huerta. El acceso norte se desplazó unos metros, abriéndose una puerta más pequeña, el arco de San Bernardo que conocemos y usamos en el presente.

De los muchos acontecimientos de los que ha sido testigo la vieja puerta quizá el más conocido por su difusión en las guías turísticas es la muerte de uno de esos reyes castellanos que desde Fernando III el Santo se aprovecharon de la hospitalidad de los arzobispos alojándose en el palacio-fortaleza. Fue, en concreto, Juan I, que en la mañana del 9 de octubre e 1390 salió a caballo por la puerta junto a una comitiva de caballeros para participar en una demostración ecuestre y un mal paso de la montura provocó que cayera violentamente al suelo, perdiendo la vida en el acto.

Mucho más cercano en el tiempo, en las Navidades de 2005, se volvió a saber de la puerta, desgraciadamente, tras sufrir un derrumbamiento. El arco interior se desmoronó y estuvo a punto de echar abajo medio torreón. Tras un apuntalamiento de urgencia, cuatro años después la Diócesis de Alcalá acometió unas laboriosas tareas de reconstrucción, cuyos detalles aún se pueden consultar en un cartelón desteñido por el sol y el óxido.

Una valla metálica impide acercarse a la puerta, que tras aquellas obras de recuperación desarrolladas entre 2009 y 2010 dejaron pendiente un estudio arqueológico más detallado. Por ejemplo, falta saber qué uso fiscal pudo tener, aparte del defensivo; o qué relación mantuvo con el barrio morisco que existía en el lugar antes de que fuera demolido para levantar encima el convento. A éste, no obstante, le debe la puerta que haya llegado hasta nuestros días, protegida de usos, descuidos y piquetas. Aunque el precio que haya tenido que pagar este modesto fósil arquitectónico es el desconocimiento general.


Detalle del arco por el que se accede a la puerta.

En su momento, tras las citadas reparaciones de hace una década, desde el Ayuntamiento se especuló incluso con la idea de desarrollar un proyecto museístico en el torreón, usando la sala superior, e integrar el conjunto en el circuito turístico de la ciudad. Pero a la vista está que no ha habido muchos avances.

La Puerta de Burgos, en fin, puede llegar a ser la mejor entrada, material y figurada, para conocer como es debido el fascinante Alcalá medieval, más allá del interés de los especialistas. En el entretanto, casi lo mejor que puede pasarle es que siga siendo secreta.


martes, 2 de julio de 2019

Teatro para románticos y sementales

Alcalá de Henares lleva el teatro en las piedras. Suena a eslogan pedante pero es una verdad verdadera a prueba de maltratos institucionales e indiferencia vecinal. El festival Clásicos en Alcalá, que ha llegado milagrosamente a su edición número 19, da el más fiel y estimulante testimonio de ello.


Detalle del vestuario y la escenografía de 'El sueño de una noche de verano' en la versión escrita por Eduardo Mendoza y dirigida por Miguel Narros, que pudo verse en El Picadero de Sementales en el festival Clásicos en Alcalá de 2003 (Foto: Producciones D'Odorico)

Entre el sinfín de virtudes que cabe atribuir a un acontecimiento como la muestra alcalaína, una de las más placenteras es su capacidad para improvisar teatros en muchos rincones señeros de la ciudad. Algunos forman parte de espacios conocidos y transitados. Otros, por el contrario, son ignorados por la mayoría, de tal suerte que la presencia de los espectáculos del festival permite descubrirlos y darles el reconocimiento que se merecen.

Algo así sucede en esta edición de Clásicos con el patio que conecta la plaza de Cervantes y el patio de Filósofos de la Cisneriana, uno más de esos recodos del corazón de la ciudad por los que casi cualquier día del año se puede pasar y detenerse pero que ahora cobra un encanto espacial transfigurado en alojamiento escénico.

"Plaza de Cervantes 10", la denominación funcional pero no demasiado sugerente con la que figura en los programas de mano, ha entrado a formar parte, por tanto, del mapa de escenarios insólitos que viene levantando el festival casi desde sus inicios, aprovechando patios, plazas y decorados de auténtico ladrillo barroco. Bien es verdad que ha habido ediciones mucho más arriesgadas en este terreno. E incluso a comienzos de esta década se convocó una especie de concurso abierto a estudiantes de arquitectura, escenografía y dramaturgia para transformar claustros, estancias y edificios del Alcalá antiguo en teatros de urgencia. Pero no debió prosperar porque públicamente al menos no se dio cuenta de los resultados.

En esta edición se ha decidido ir a lo seguro. Acaso por las premuras de tiempo tras la llegada del tándem formado por Ernesto Arias y Darío Facal a la dirección del festival apenas unas semanas antes de levantar los telones. Porque ya están más que asumidas la inconstancia y la discontinuidad en la organización de este evento a lo largo del año, aunque acumule casi dos décadas de trayectoria y  en el empeño vaya una cuantiosa inversión de dinero público de la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento. También -o sobre todo- en esto, como en tantas otras materias de la cosa pública complutense, no se estila el criterio, la planificación y el consenso a largo plazo.

A pesar de todos los pesares, se cuenta ya con un buen puñado de experiencias, algunas espectaculares, otras fallidas y unas pocas tan atractivas como tremendamente osadas. A este último grupo pertenecen las aventuras que se perpetraron en el viejo cuartel de Caballería y depósito de Sementales y en el recoleto jardín interior de la Facultad de Económicas.


El Picadero y El Abrevadero, a comienzos de los años 80, mucho antes de uso como espacios escénicos. Arriba, durante la celebración del Día de Santiago (Foto: Ministerio de Defensa)

El destartalado caserón de la calle Empecinado, fruto de la desfiguración del primitivo Convento de Mercedarios Descalzos de la segunda mitad del siglo XVII para transformarlo en un recinto más de la ciudad cuartel que emergió en el siglo XIX, se convirtió en 2003 en una de las sedes más disparatadas de la historia del festival, bajo la dirección aquel año de María Ruiz.

Cierto es que el conjunto de naves, estancias y patios que se apelotonan en el complejo venían acogiendo desde hacía años, además de almacenes y oficinas municipales -las de la liquidada Fundación Colegio del Rey y el Centro Asesor de la Mujer-, ensayos de teatro y música, además de rodajes de películas y series de televisión. Pero convertirlo casi de un día para otro en un auditorio cómodo y seguro resultó ser un salto demasiado grande.

En aquel mes de junio que tuvo de marco un cambio de gobierno en el Ayuntamiento -el retorno de Bartolomé González y el PP al Gobierno municipal y la consecuente salida del alcalde Peinado y la coalición de izquierdas del PSOE e IU-, Sementales fue uno de los enclaves estrella con dos espacios diferenciados pero igual de 'gamberros' en el equívoco juego de palabras con las añejas denominaciones del lugar dedicado a la cría caballar.

Se dispuso, así, de El Abrevadero, ubicado en el patio donde los animales hacían las aguadas, para las noches golfas de conciertos, alterne y copas del festival. Y para las funciones de teatro se estrenó El Picadero, la sala de adiestramiento de las monturas emplazada en la vieja iglesia conventual.

El experimento underground en este último espacio, no obstante, pudo acabar de manera trágica, pues la espaciosa pero claustrofóbica caja de la vetusta capilla estaba muy lejos de ser un antro apto para acoger espectáculos. Se programaron en ella, sin embargo, dos de los 'platos fuertes' del festival: París 1940  del gran Flotats y El sueño de una noche de verano, en la suntuosa producción de Andrea D'Odorico con la versión de Eduardo Mendoza, la dirección de Miguel Narros y un cuidado reparto encabezado por Verónica Forqué. Y los llenazos devinieron en un infeliz suplicio para actores y público, por el calor insoportable, la pésima acústica y el incómodo acceso a la platea de aquel primitivo templo reconvertido en picadero que había acabado en ratonera humana.

Entonces se dio por bien empleado el sacrificio, o más exactamente la temeridad, porque existía un vago acuerdo institucional en rehabilitar el el ajado cuartel para hacer de él un gran centro cultural. El Ejecutivo local recién constituido anunció incluso la organización de un concurso de ideas para acondicionar el recinto y se calculó en 15 millones de euros la inversión necesaria para destinarlo a auditorio y salas de exposiciones y eventos.

El elenco del 'Paseo romántico': Ginés García Millán, Blanca Portillo, Marcial Álvarez e Israel Elejade (Foto: Teatro Español)

Pero el tiempo fue pasando y aunque en 2007 la Comunidad de Madrid tomó como suyo el proyecto y prometió, al calor de una nueva cita electoral, rehabilitar el complejo para hacer de él en una 'factoría' de jóvenes artistas, nunca más se supo del que debía ser gran vértice sur del triángulo de ocio cultural junto a los Cuarteles del Príncipe y Lepanto y la Huerta del Obispo. Con actuaciones de urgencia para que la ruina no se note demasiado e intermitentes peticiones de uso, como la del colectivo Alcalá es Música para ensayos y conciertos, la mole de Empecinado sigue en pie, que no es poco, dadas las circunstancias.

Más exquisito pero igual de decepcionante a la postre fue el uso del Jardín de Jovellanos, en el interior de Económicas, para subir el telón de la edición de Clásicos de 2006. Ubicado entre la parte noble de la facultad, correspondiente al antiguo Convento de Mínimos, y el mamotreto moderno, este rincón es uno de los mejores ejemplos de los jardines secretos que esconde el centro de Alcalá. En 1995 se inauguró, merced a la colaboración de la familia Huerta, a la que pertenecía la finca, pero hasta una tormentosa noche de junio de once años después, cuando acogió el estreno absoluto de Paseo romántico, una antología de algunos de los mejores textos de las mejores plumas románticas de nuestra literatura teatralizada por Laila Ripoll, no trascendió al gran público la hermosura del sitio.

Y sin una silla libre entre las repartidas por los senderos del jardín bautizado con el nombre del célebre ilustrado que fue estudiante de la Complutense primera, el soberbio cuarteto formado por Blanca Portillo, José Coronado, Israel Elejalde y Marcial Álvarez se afanó en declamar con donosura desde los atriles repartidos entre los arbustos y con la música de fondo de los truenos y los candelazos de los relámpagos colándose por la arboleda. A la media hora escasa esta inesperada escenografía de tempestad romántica se hizo insoportable y hubo que suspender con actores y espectadores a la carrera bajo la lluvia y el viento desatados.

Aspecto del Jardín de Jovellanos (Archivo de la UAH)

Pudieron completarse, por suerte, tres funciones más de la lectura dramatizada en las siguientes jornadas. Incluso la obra regresó a la ciudad cuatro temporadas después, con Ginés García Millán sustituyendo a Coronado, pero en esta ocasión se representó bajo la confortable cubierta del Corral de Comedias. El jardín volvió a su secreto. Y hasta hoy.

Pero ahí quedaron las propuestas, que aunque solo sirvan para ser recordadas y puedan inspirar para  buscar otras en el futuro, ya habrán merecido la pena. Porque si algo sobra en el barrio viejo de Alcalá son rincones evocadores.

Y con esto, con un pasado entre sementales y románticos y con una larga vida de Clásicos por delante, más la complicidad del público, cuanto más entusiasta y numeroso mejor, habrá mucho teatro que disfrutar entre piedra y piedra. Y entre sueño y sueño.

jueves, 11 de abril de 2019

El Grial alcalaíno cumple 400 años

Ni las Ferias ni la fiesta de Cervantes ni los Santos Niños. Durante más de tres siglos el "día grande" de Alcalá, como lo tituló el célebre cronista Luis Madrona, el pseudónimo de Fernando Sancho, era el domingo de mayo en que procesionaban por las calles principales de la ciudad las Santas Formas, una tradición que se remonta a comienzos del siglo XVII. Toda la población, más decenas de feligreses venidos de fuera, incluidos reyes, aristócratas y autoridades mayores, acudían a rendir culto público a unas hostias que se consideraban  milagrosas por su incorruptibilidad y a las que se dedicó incluso una capilla en la iglesia de Santa María de la calle Libreros; la casa de lo que bien podría considerarse el Grial alcalaíno.


Un ángel custodiando las Santas Formas, en una de las pinturas de la bellísima cúpula de la capilla de Santa María obra de De Ribea (foto: Obispado de Alcalá)

Restaurada in extremis en 2010, su bellísima cúpula está ocupada por un cielo repleto de ángeles dedicados a custodiar y glorificar el misterio de las Santas Formas, desaparecidas en 1936 en circunstancias tan enigmáticas como las que rodearon su aparición a finales del siglo XVI. Hasta comienzos de los años 60 de siglo pasado, no obstante, se siguió rindiendo culto hasta que la iglesia decidió suprimirlo. "Los paisanos protestamos mucho. Hubo una lucha muy virulenta", recordaba otro cronista de la Ciudad no menos célebre, Paco García Gutiérrez, subrayando la importancia que llegó a tener para Alcalá aquel acontecimiento. "Era más que el Corpus. Toda la población se movilizaba".

Desde hace unos años el Obispado de Alcalá trata de recuperar la tradición y también tratará de celebrar a lo grande el 400 aniversario del nacimiento de lo que muy bien podría considerarse el Grial alcalaíno, la proclamación del milagro, efeméride que contará también con un ciclo de conferencias por parte de la Institución de Estudios Complutenses (IEECC).

La tradición tuvo su origen en un curioso suceso ocurrido en el Colegio Máximo de Jesuitas, sede hoy de la facultad de Derecho, un día de 1597. El padre Juan Juárez estaba en su habitación, atendiendo a los feligreses en confesión, cuando se le arrodilló un hombre que, visiblemente atribulado, le entregó 24 formas consagradas. Le confesó que se las habían entregado unos moriscos que las habían robado de un sagrario.

El padre Juárez consultó a otro sacerdote jesuita, el padre Vázquez, qué hacer con ellas y éste le aconsejó que no las entregara a la comunión por si estuvieran envenenadas. Decidieron entonces dejarlas en una alacena.

Puesto al corriente del hallazgo el rector del Colegio, Luis de la Palma, aprobó la idea de mantenerlas apartadas y dispuso además, con elocuente prurito científico, diversos cambios de ubicación para comprobar su reacción ante las diferentes condiciones de humedad y temperatura. Fue pasando el tiempo y las hostias no experimentaban variación alguna: se mantenían blancas y tersas como el primer día que aparecieron por el colegio.

Más de una década después, a partir de 1609, el padre De la Palma comenzó a dar noticias a sus superiores sobre la incorruptibilidad  de las obleas y en 1619 una junta de religiosos de la ciudad determinó que se las podía calificar de "obra sobrenatural y significativa de la real presencia de Cristo Nuestro Señor". Se mandó tenerlas, por tanto, por reliquias sagradas y rendirle culto.

Aspecto general de la cúpula de la capilla (foto Hispania Nostra)


En abril de 1620, con motivo de la inauguración de la iglesia de Santa María, se veneraron por primera vez en procesión, a la que asistió hasta el rey Felipe III. En 1626 el Ayuntamiento se unió a la devoción con un voto perpetuo en acción de gracias por una crecida del Henares que a punto estuvo de arrasar la ciudad.

A partir de ahí el fervor popular se desató y no paró de crecer en torno a las Santas Formas, con su procesión el sexto domingo de Pascua y, a partir de 1687, con la capilla erigida en su honor, adosada a un lateral de Santa María, y con la bellísima y delicada decoración en sus alturas obra de Juan Vicente de Ribera. El 'Corpus de Alcalá' no perdió fuerza ni cuando se produjo la expulsión de los jesuitas en 1767 y la custodia con las "sacrantísimas formas" fue trasladada a la Magistral.

En 1897 la ciudad se volcó en la conmemoración del tercer centenario de la aparición de las Santas Formas, cuya devoción entró con pie firme en el siglo XX hasta que llegaron los tiempos convulsos de la República. La procesión no se celebró ni en 1932 ni en 1933. Se retomó en 1934 y las reliquias desfilaron por última vez en la primavera de 1936. El estallido de la Guerra Civil apenas mes y medio después truncó la tradición al producirse la desaparición de las hostias.

Las especulaciones en torno a su paradero fueron motivo de discusión recurrente durante los años siguientes entre los alcalaínos. Se rumoreó, por ejemplo, que la custodia fue escondida por unos curas en el sepulcro del Cardenal Cisneros de la Magistral. Y de allí fue extraída, con destino incierto, por operarios de la Junta de Patrimonio, que rescataron las obras de arte del templo destruido por un incendio provocado por los milicianos en los primeros días de la guerra. Otros testimonios apuntan que las Santas Formas quedaron en manos de varios vecinos, que las ocultaron durante el conflicto fratricida. Incluso llegaron a señalarse dos casas, a las afueras, en la zona del Encín, donde pudieron estar escondidas. Pero a día de hoy sigue sin haber rastro de ellas.

Salida de la procesión de las Santas Formas de la Magistral, retratada en el famoso cuadro del pintor alcalaíno Félix Yuste (1893) 

A la conclusión de la guerra, ya sin las reliquias, se mantuvo la procesión hasta que a comienzos de los 60 las autoridades eclesiásticas mandaron suprimirla y la memoria de la tradición se fue diluyendo. "No estaban ya las Santas Formas y, por tanto, no había milagro, así que se cerraron en banda", explicaba García Gutiérrez, que lamentaba que ni siquiera la Iglesia local hubiera mantenido un culto privado.

A día de hoy, el misterio de las Santas Formas, una de las 'glorias' de las tradiciones locales, solo vive en el recuerdo de los más mayores de la ciudad. Se verá si el intento del obispado de rescatar el culto da sus frutos. Lo mismo que su búsqueda; todo un desafío para el alcalainismo ahora que se cumplen sus primeros 400 años.


jueves, 28 de marzo de 2019

Qué viejo era mi parque

Hará seis años algunos de los pinos más altos, retorcidos y añosos del vetusto parque O'Donnell tuvieron que ser talados. Los técnicos del ayuntamiento recomendaron el apeo por el riesgo de que alguno de ellos se viniera abajo, vencido por el peso de las copas, la inclinación imposible de sus troncos y un terreno reblandecido en exceso para regar las praderas de césped, ese costoso capricho a la salud -se supone- de las raíces irlandesas del general que da nombre al parque. Fue una mutilación traumática.


Aspecto del macizo de piedras y arbustos que aloja el estanque del parque (foto del Ayuntamiento de Alcalá)

Durante varias generaciones estos gigantes verdes dieron la bienvenida a paisanos y visitantes en su entrada al centro de la ciudad, asomados a la riada de tráfico de la Vía Complutense. Y en cuestión de pocas horas, la alta y armoniosa masa verde desapareció, dejando un doloroso vacío sobre el que flotó durante días un penetrante y fantasmal olor a resina y madera recién cortada que hubiera enloquecido de dolor al más duro de los Ents, aquellos monstruosos pastores de árboles que inventó Tolkien para su bestiario de El señor de los anillos.

Algo hubo en aquella tala que barruntaba el advenimiento de una encrucijada, de un momento crucial para el parque, el viejo parque con exótico nombre de espadón decimonónico que ha conocido tres siglos distintos. ¿El principio del fin o el fin del principio? Aún esperamos la respuesta.

Apenas un par de años antes de esa tala, en las elecciones de 2011, el PP presentó un proyecto de reforma de la histórica zona verde que incluía, como novedades más llamativas, la creación de un pequeño lago y el cerramiento de todo el perímetro.

Nunca más se supo de aquel proyecto; el parque volvió a sus rutinas, alternando el mantenimiento de costumbre y los estragos de las vandaladas periódicas. El cenagoso estanque -qué lejos quedan los patos que también dieron sobrenombre al parque- estuvo clausurado para evitarle a algún curioso el riesgo de romperse la crisma tropezando con algunos de sus  mellados escalones. También cerraron por una temporada el cercano recinto infantil, un espacio sombrío y desangelado que los críos se han empeñado en mantener vivo.


La rosaleda en el extremo norte es una de las zonas más delicadas y expuestas del parque (foto del Ayuntamiento de Alcalá)

De allí se eliminó el puente adornado con rocas que también abrazan al estanque y que son inconfundibles en una de las fotos más entrañables que rescató Ángel Pérez López para su obra gráfica Alcalá en la II República. Fechada en febrero de 1931, en ella se ve al grupo de chavales del cuadro teatral de la Mutual Complutense escalonados por el roquedo, contentos y confiados; ajenos por completo a la tempestad bélica que pocos años después se desataría y que convertiría ese lugar en una improvisada base de tanques y vehículos blindados, aprovechando la protección de la arboleda contra los ataques aéreos de la aviación franquista.

Son solo un par de las innumerables historias que guarda el parque, construido en los últimos años del siglo XIX sobre la fresca huerta que flanqueaba el camino a la sierra y a Burgos y regalaba la vista de las monjas bernardas durante sus ratos de recreo en el mirador con celosía del vecino convento. Dejamos para otra día la costalada que acabó con la vida del rey Juan I de Castilla haciendo filigranas con su caballo; o los espectros que debieron quedar amarrados por el uso de la picota en ese paraje en tiempos de la villa medieval.

Muchas de esas historias han sido rescatadas por el colectivo Complutenses por el Parque O'Donnell, un grupo nacido hace un lustro en torno a Facebook para denunciar el deterioro que sufre, vigilar que no se produzcan más agresiones y proponer mejoras. A la presión de este grupo, y de no pocos particulares, le cabe en buena parte que se concluyera la rehabilitación del estanque y el área infantil, así como el impulso de otros arreglos e iniciativas de dinamización social y cultural.

También ha tomado parte el grupo en un reciente debate abierto a partir de una abracadabrante iniciativa impulsada por el Gobierno municipal: someter a consulta vecinal el vallado del parque. 261 paisanos decidieron que no había que cerrarlo en una encuesta en la que intervinieron 497 personas. Y por supuesto el Ejecutivo local ha decidido asumir este peculiar 'mandato vecinal', en una ciudad con más de 200.000 almas residentes, y ha descartado el vallado.


Proyecto de vallado del parque que propuso el Ayuntamiento.

Uno también alberga dudas de que cerrar el parque sea la mejor idea para asegurar su conservación y su reimpulso. Pero no tiene ninguna de que el futuro del recinto verde con más solera de la ciudad no debe ventilarse con un referéndum u otro pasatiempo de aparente participación vecinal, sino con criterios técnicos, estéticos e históricos solventes y rigurosos.

El Ayuntamiento cuenta con técnicos y jardineros experimentados, además del privilegio de tener a mano los conocimientos del personal académico e investigador de la Universidad que, además, tutela un jardín botánico en el campus externo pionero en España. Por no hablar de los cientos de parques históricos en España y el mundo de los que poder fusilar ideas y soluciones sin remilgos.

Ahora, con la campaña electoral a la vuelta de la esquina, seguro que sobrarán propuestas para el viejo O'Donnell. Pero ojalá no falte lo de siempre: consenso, ambición y mirada larga. Porque parche a parche, solo se logrará que un lustro de estos suspiremos recordando lo viejo y encantador que era nuestro parque.