martes, 15 de septiembre de 2020

El año de la otra plaga

"¡Cuán espantoso el aumento en agosto! Ora la nube es muy negra, y la tormenta se abate sobre nosotros con gran furia. Ora la muerte cabalga triunfante en su claro caballo por nuestras calles, e irrumpe casi en cada casa donde puede hallar a un habitante. Ora las personas caen tan abundantes como las hojas en otoño, cuando las agita un poderoso viento!". Estas palabras campanudas y agoreras bien podrían servir para retratar la amenaza que se cierne sobre nosotros por la segunda ola de la pandemia de coronavirus. Pero tienen casi trescientos años. Con párrafos tan truculentos como éste Daniel Defoe, el célebre padre de Robinson Crusoe, describió el terror devastador que sufrió Londres en 1664 por culpa de una epidemia. Su Diario del año de la peste ha sido una de las lecturas clásicas más citadas en este año de plaga, otro bisiesto maldito que con la peor saña se ha vuelto a cebar con Alcalá de Henares. 



Aspecto del paseo de la Estación el 9 de enero de 2009, día de la última gran nevada de Alcalá. El vecindario de esta vía principal fue uno de los más afectados por el brote de legionela en el comienzo del otoño de 1996. (Foto: M. Peinado)


De pocas enfermedades, catástrofes y desgracias colectivas se ha librado la ciudad a lo largo de la historia. Y el azote del Covid 19 no iba a ser una excepción. Ni siquiera resulta nueva esa sensación de peligro invisible y letal de inesperada aparición, recorriendo las calles y las plazas y cazando víctimas en una funesta lotería. Hace exactamente 24 años ese mismo pánico se apoderó del paisanaje por culpa de otra epidemia, con la crueldad añadida que solo afectó al término municipal alcalaíno: 1996 fue el año de la otra plaga, la de la bacteria legionela.

Aparte de los especialistas en medicina y en microbiología, pocos estaban al corriente entonces –y aún hoy- de las andanzas de este microorganismo y de la grave enfermedad que produce, conocida como legionelosis o también enfermedad del legionario. En aquel Alcalá del 96, como sucedió quince años antes con la vileza de la intoxicación por el aceite de colza, los vecinos pronto se familiarizarían con este mal durante los dos meses terribles que transcurrieron desde que, a finales de agosto, en plenas Ferias, empezaron a recibirse y tratarse en el Hospital Príncipe de Asturias y los ambulatorios de barrio un número anormal de enfermos de neumonía; hasta que el contador de víctimas se paró a finales de octubre con 260 enfermos y 16 muertos, en un balance inicial luego corregido.

Fue en la primera quincena de septiembre cuando la inquietud se esparció por toda la ciudad, al propagarse el rumor de que una enfermedad desconocida estaba haciendo estragos en todos los barrios. La vuelta al colegio y a los institutos acrecentó aún más los temores, alentados en parte por especulaciones tan sobrecogedoras como infundadas.

Por suerte, los técnicos no tardaron demasiado en encontrar la causa de aquella misteriosa plaga que estaba postrando a decenas de vecinos con graves neumonías. También empezó a segar la vida de algunos de ellos; los más débiles y mayores, eso sí, pero víctimas injustas al fin y al cabo.

La legionella pneumophila, nombre científico de la legionela, es una bacteria que provoca una compleja infección pulmonar y fiebre muy alta. Como el virus que provocó la mal llamada gripe española, dio su cara más letal por primera vez en Estados Unidos. Una convención de la Legión Americana en Filadelfia en 1976 fue el primer escenario descrito y catalogado donde actuó esta bacteria, cobrándose 34 vidas entre dos centenares de enfermos, y de ahí se bautizó como la enfermedad del legionario. A partir de entonces se comenzaron a conocer decenas de brotes epidémicos en ciudades de todo el mundo desarrollado. Y Alcalá, por desgracia, fue el primer municipio donde golpeó en masa con más virulencia.

La generalización en aquellos años del uso de equipos de refrigeración y de aire acondicionado en edificios públicos y en comunidades residenciales supuso la aparición de contagios a gran escala por este microbio, que suele generarse y anidar en la tierra húmeda y en depósitos y circuitos de agua con poca limpieza. Y es a través de los aerosoles y el agua vaporizada cómo sale al aire y, si se da el desventurado caso, es inhalada por los seres humanos, con sus perniciosas consecuencias cuando acaba encontrando alojamiento en los pulmones.



Imagen de la bacteria legionela.


Esta peculiaridad en el contagio fue lo que terminó de desconcertar del todo a la población local. Sobre todo cuando en la rueda de prensa más multitudinaria que se recuerda en la ciudad, con presencia incluso de periodistas de medios internacionales, la consejera de Sanidad de entonces, Rosa Posada, no solo confirmó la existencia de una epidemia de legionelosis. También anunció recomendaciones de prevención con carácter de cuarentena para los vecindarios del barrio de San Isidro, el paseo de la Estación y el eje formado por las calles Cánovas del Castillo y Daoíz y Velarde, consistentes básicamente en limitar todo lo posible el contacto con el vapor generado por el agua caliente en lavabos y baños, en las planchas para ropa o en agua hirviendo para cocinar. También se hipercloró el agua potable en la red general de abastecimiento por si el gran foco de la bacteria estuviera en algún tramo de las tuberías, y se fijaron controles más estrictos para edificios y servicios públicos.

Fue en ese sector de la ciudad, paralelo a las vías del tren, donde más enfermos se habían detectado. Y coincidió con la zona donde más cultivos de legionela se habían encontrado, una vez realizada una inspección a fondo de todas las instalaciones de aire acondicionado del casco urbano. Con todo, muchos aún desconfiaban de esa versión, y achacaban la plaga a las razones más peregrinas. Y otros estaban convencidos de que la bacteria se contraía con el contacto humano, y tomaron sus precauciones practicando una distancia social pionera.

Lo cierto es que estas cautelas y la limpieza de los depósitos de agua y de las torres infectadas surtieron efecto, y la curva de contagios fue poco a poco descendiendo hasta caer en picado a mediados de octubre. Fue en vísperas del puente de Todos los Santos cuando se dio por erradicado el brote y se divulgó el mapa de los focos principales del contagio, ubicados en las torres de refrigeración de la fábrica Roca y en un mercado de la calle Cánovas del Castillo, sobre todo. No faltaron, eso sí, las disputas políticas, técnicas y vecinales, porque no llegó a señalarse con exactitud el origen concreto de aquel 'coronavirus' complutense ni se aclararon por completo las responsabilidades por este malhadado suceso. 

Hasta muchos meses después no se difundió un informe definitivo sobre los daños exactos causados por la epidemia, que sirvió para marcar un antes y un después a la hora de tomarse más en serio este tipo de brotes en nuestro país, pues nunca se había conocido en España uno de esta envergadura. Incluso dio lugar a la promulgación de una normativa mucho más rigurosa para la limpieza de torres de refrigeración y los correspondientes protocolos de prevención.

Pero el nombre de Alcalá quedó señalado en negro por mucho tiempo, con un daño moral imposible de cuantificar. Y para colmo, la epidemia fue solo la guinda a una secuencia fatal de sucesos a cuál más terrible que arrancó en junio de 1995 con la espantosa muerte de dos vecinos en plena calle Mayor aplastados por un contenedor de obra arrastrado accidentalmente por un camión de bomberos que se dirigía a toda velocidad a sofocar un incendio.



El Hospital Príncipe de Asturias atendió la avalancha de enfermos por legionelosis
(foto: madrid.org)


A finales de agosto de ese mismo año se produjo el tristemente célebre crimen del Gurugú, con tres hombres tiroteados y posteriormente quemados dentro de un coche en un barranco por un macabro ajuste de cuentas. Justo un año después, las Ferias de Alcalá dieron la vuelta a toda España por el frustrado récord del sogatira, que terminó siendo plusmarca mundial pero por el medio centenar de personas que acabaron con las manos abrasadas. Y tras la legionela, el sórdido 1996 se cerró en los primeros días de diciembre con el incendio del oleoducto junto a la antigua nacional: una excavadora pinchó por error la conducción subterránea que atraviesa Alcalá de extremo a extremo y la explosión provocó primero la muerte del conductor y después una colosal columna de fuego y humo que duró horas.

Ese siniestro marcó el pico más alto del cortejo de desgracias en aquella turbulenta recta final de siglo y milenio para Alcalá, acrecentada además por la inestabilidad política del gobierno municipal bisoño y en minoría de Bartolomé González y el quebranto social y económico por la sangría imparable del cierre de empresas que puso la puntilla a la ciudad industrial. 

Por suerte, los largos brazos de la historia y la cultura acudieron una vez más al rescate y solaparon aquella amargura crepuscular y milenarista con la modesta pero ilusionante celebración a lo largo de 1997 del 450 aniversario del nacimiento de Cervantes, del que se borró el Ministerio de Educación y Cultura en manos, casualmente, de la ínclita Esperanza Aguirre; y, sobre todo, con la puesta en marcha del proyecto de la declaración de Patrimonio de la Humanidad, culminada con éxito el 2 de diciembre de 1998, el mejor regalo imaginable para iluminar la entrada en el siglo XXI y alentar las mejores esperanzas de futuro.

En aquellos días felices logró esfumarse el oscuro recuerdo de la tragedia que había tenido postrada a la ciudad dos años antes. Y si Defoe se lamentaba en su Diario de que, en su tiempo, se careciera de “periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana”; en el año de la legionela podría decirse lo mismo de la falta de la telefonía móvil, los chats y redes sociales. Pero visto lo que se ve ahora, más bien hay que felicitarse por ello, pues ese ruido infernal hubiera hecho aún más insoportable el condenado año de la otra plaga.


No hay comentarios:

Publicar un comentario