miércoles, 19 de febrero de 2020

La puerta secreta a la Edad Media

Arrinconado entre el legendario Complutum hispanorromano y los fulgores de la civitas renacentista y barroca, languidece el Alcalá medieval. Y no será por falta de historia e historias en el millar de años que van desde la aparición del poblado que se abrazó al Martyrium de Justo y Pastor hasta la villa gobernada por los poderosos arzobispos de Toledo, anfitriones a su vez de los reyes de Castilla, con privilegio de "Cuarto real" en el palacio. De hecho, la ciudad que hoy conocemos se forjó en aquel largo espacio de tiempo; en su traza, marcada entonces por las barriadas de las tres comunidades que a duras penas convivían, y hasta en su nombre, derivado del castillo musulmán asomado al río desde los cerros. Y pese a todo, su presencia pasa desapercibida. Como suele ocurrir en Alcalá con el pasado, escaso de monumentalidad pero prolífico en narrativa, hay que salir al encuentro de sus huellas. Y en este caso, nos topamos con una puerta, la única que se conserva de la muralla medieval y que, con más pena y ruinas que gloria, se mantiene en pie a tiro de piedra del Campo Laudable, en pleno corazón de la ciudad. A vista de todos pero del todo casi invisible. Muy alcalaíno también.


Aspecto que presenta en la actualidad la Puerta de Burgos.

La conocida como Puerta de Burgos es, probablemente, la construcción más antigua que existe en el centro de Alcalá, con cerca de 800 años haciendo sombra. Una torre cuadrada la esconde del río de coches y del trasiego de paisanos que transitan por la Vía Complutense y el vecino parque O'Donnell. Pero nada más cruzar la verja que da al jardín de la sede de Cáritas y las espaldas del Arzobispal, girando la vista a la izquierda, está la puerta, con su arco apuntado de ladrillo, sus masas de mampostería, sus franjas de tapial y un grueso contrafuerte de hormigón que la sostiene.

Se le dio tal nombre porque se abría al norte, al camino de Talamanca, vía de comunicación con Segovia y Burgos. Se edificó por primera vez a comienzos del siglo XIII, cuando el arzobispo Ximénez de Rada llevó a cabo el amurallamiento de toda la villa, a partir de la fortaleza que luego se convirtió en el suntuoso y malogrado palacio al que el Museo Arqueológico dedica una espléndida exposición en estos momentos.


Vista de Alcalá pintada por Anton van Wyngaerde en 1565. A la izquierda se puede reconocer el torreón de la Puerta de Burgos.

Posteriormente, a finales del siglo XIV, se reedificó como el torreón-puerta que ha llegado hasta nuestros días, y en el siglo XV se adosó el arco apuntado para fortalecer y ampliar la zona cubierta de la puerta. Otras mejoras en el siglo siguiente permitieron que se habilitara una estancia en el piso superior que todavía existe. Y durante casi tres siglos, los alcalaínos y visitantes usaron esta puerta cuyas grandes hojas de madera se cerraban por las noches.

A principios del siglo XVII, el cardenal Sandoval y Rojas mandó construir el monasterio de San Bernardo y la puerta quedó encerrada dentro de su recinto, en concreto junto a la huerta. El acceso norte se desplazó unos metros, abriéndose una puerta más pequeña, el arco de San Bernardo que conocemos y usamos en el presente.

De los muchos acontecimientos de los que ha sido testigo la vieja puerta quizá el más conocido por su difusión en las guías turísticas es la muerte de uno de esos reyes castellanos que desde Fernando III el Santo se aprovecharon de la hospitalidad de los arzobispos alojándose en el palacio-fortaleza. Fue, en concreto, Juan I, que en la mañana del 9 de octubre e 1390 salió a caballo por la puerta junto a una comitiva de caballeros para participar en una demostración ecuestre y un mal paso de la montura provocó que cayera violentamente al suelo, perdiendo la vida en el acto.

Mucho más cercano en el tiempo, en las Navidades de 2005, se volvió a saber de la puerta, desgraciadamente, tras sufrir un derrumbamiento. El arco interior se desmoronó y estuvo a punto de echar abajo medio torreón. Tras un apuntalamiento de urgencia, cuatro años después la Diócesis de Alcalá acometió unas laboriosas tareas de reconstrucción, cuyos detalles aún se pueden consultar en un cartelón desteñido por el sol y el óxido.

Una valla metálica impide acercarse a la puerta, que tras aquellas obras de recuperación desarrolladas entre 2009 y 2010 dejaron pendiente un estudio arqueológico más detallado. Por ejemplo, falta saber qué uso fiscal pudo tener, aparte del defensivo; o qué relación mantuvo con el barrio morisco que existía en el lugar antes de que fuera demolido para levantar encima el convento. A éste, no obstante, le debe la puerta que haya llegado hasta nuestros días, protegida de usos, descuidos y piquetas. Aunque el precio que haya tenido que pagar este modesto fósil arquitectónico es el desconocimiento general.


Detalle del arco por el que se accede a la puerta.

En su momento, tras las citadas reparaciones de hace una década, desde el Ayuntamiento se especuló incluso con la idea de desarrollar un proyecto museístico en el torreón, usando la sala superior, e integrar el conjunto en el circuito turístico de la ciudad. Pero a la vista está que no ha habido muchos avances.

La Puerta de Burgos, en fin, puede llegar a ser la mejor entrada, material y figurada, para conocer como es debido el fascinante Alcalá medieval, más allá del interés de los especialistas. En el entretanto, casi lo mejor que puede pasarle es que siga siendo secreta.


martes, 2 de julio de 2019

Teatro para románticos y sementales

Alcalá de Henares lleva el teatro en las piedras. Suena a eslogan pedante pero es una verdad verdadera a prueba de maltratos institucionales e indiferencia vecinal. El festival Clásicos en Alcalá, que ha llegado milagrosamente a su edición número 19, da el más fiel y estimulante testimonio de ello.


Detalle del vestuario y la escenografía de 'El sueño de una noche de verano' en la versión escrita por Eduardo Mendoza y dirigida por Miguel Narros, que pudo verse en El Picadero de Sementales en el festival Clásicos en Alcalá de 2003 (Foto: Producciones D'Odorico)

Entre el sinfín de virtudes que cabe atribuir a un acontecimiento como la muestra alcalaína, una de las más placenteras es su capacidad para improvisar teatros en muchos rincones señeros de la ciudad. Algunos forman parte de espacios conocidos y transitados. Otros, por el contrario, son ignorados por la mayoría, de tal suerte que la presencia de los espectáculos del festival permite descubrirlos y darles el reconocimiento que se merecen.

Algo así sucede en esta edición de Clásicos con el patio que conecta la plaza de Cervantes y el patio de Filósofos de la Cisneriana, uno más de esos recodos del corazón de la ciudad por los que casi cualquier día del año se puede pasar y detenerse pero que ahora cobra un encanto espacial transfigurado en alojamiento escénico.

"Plaza de Cervantes 10", la denominación funcional pero no demasiado sugerente con la que figura en los programas de mano, ha entrado a formar parte, por tanto, del mapa de escenarios insólitos que viene levantando el festival casi desde sus inicios, aprovechando patios, plazas y decorados de auténtico ladrillo barroco. Bien es verdad que ha habido ediciones mucho más arriesgadas en este terreno. E incluso a comienzos de esta década se convocó una especie de concurso abierto a estudiantes de arquitectura, escenografía y dramaturgia para transformar claustros, estancias y edificios del Alcalá antiguo en teatros de urgencia. Pero no debió prosperar porque públicamente al menos no se dio cuenta de los resultados.

En esta edición se ha decidido ir a lo seguro. Acaso por las premuras de tiempo tras la llegada del tándem formado por Ernesto Arias y Darío Facal a la dirección del festival apenas unas semanas antes de levantar los telones. Porque ya están más que asumidas la inconstancia y la discontinuidad en la organización de este evento a lo largo del año, aunque acumule casi dos décadas de trayectoria y  en el empeño vaya una cuantiosa inversión de dinero público de la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento. También -o sobre todo- en esto, como en tantas otras materias de la cosa pública complutense, no se estila el criterio, la planificación y el consenso a largo plazo.

A pesar de todos los pesares, se cuenta ya con un buen puñado de experiencias, algunas espectaculares, otras fallidas y unas pocas tan atractivas como tremendamente osadas. A este último grupo pertenecen las aventuras que se perpetraron en el viejo cuartel de Caballería y depósito de Sementales y en el recoleto jardín interior de la Facultad de Económicas.


El Picadero y El Abrevadero, a comienzos de los años 80, mucho antes de uso como espacios escénicos. Arriba, durante la celebración del Día de Santiago (Foto: Ministerio de Defensa)

El destartalado caserón de la calle Empecinado, fruto de la desfiguración del primitivo Convento de Mercedarios Descalzos de la segunda mitad del siglo XVII para transformarlo en un recinto más de la ciudad cuartel que emergió en el siglo XIX, se convirtió en 2003 en una de las sedes más disparatadas de la historia del festival, bajo la dirección aquel año de María Ruiz.

Cierto es que el conjunto de naves, estancias y patios que se apelotonan en el complejo venían acogiendo desde hacía años, además de almacenes y oficinas municipales -las de la liquidada Fundación Colegio del Rey y el Centro Asesor de la Mujer-, ensayos de teatro y música, además de rodajes de películas y series de televisión. Pero convertirlo casi de un día para otro en un auditorio cómodo y seguro resultó ser un salto demasiado grande.

En aquel mes de junio que tuvo de marco un cambio de gobierno en el Ayuntamiento -el retorno de Bartolomé González y el PP al Gobierno municipal y la consecuente salida del alcalde Peinado y la coalición de izquierdas del PSOE e IU-, Sementales fue uno de los enclaves estrella con dos espacios diferenciados pero igual de 'gamberros' en el equívoco juego de palabras con las añejas denominaciones del lugar dedicado a la cría caballar.

Se dispuso, así, de El Abrevadero, ubicado en el patio donde los animales hacían las aguadas, para las noches golfas de conciertos, alterne y copas del festival. Y para las funciones de teatro se estrenó El Picadero, la sala de adiestramiento de las monturas emplazada en la vieja iglesia conventual.

El experimento underground en este último espacio, no obstante, pudo acabar de manera trágica, pues la espaciosa pero claustrofóbica caja de la vetusta capilla estaba muy lejos de ser un antro apto para acoger espectáculos. Se programaron en ella, sin embargo, dos de los 'platos fuertes' del festival: París 1940  del gran Flotats y El sueño de una noche de verano, en la suntuosa producción de Andrea D'Odorico con la versión de Eduardo Mendoza, la dirección de Miguel Narros y un cuidado reparto encabezado por Verónica Forqué. Y los llenazos devinieron en un infeliz suplicio para actores y público, por el calor insoportable, la pésima acústica y el incómodo acceso a la platea de aquel primitivo templo reconvertido en picadero que había acabado en ratonera humana.

Entonces se dio por bien empleado el sacrificio, o más exactamente la temeridad, porque existía un vago acuerdo institucional en rehabilitar el el ajado cuartel para hacer de él un gran centro cultural. El Ejecutivo local recién constituido anunció incluso la organización de un concurso de ideas para acondicionar el recinto y se calculó en 15 millones de euros la inversión necesaria para destinarlo a auditorio y salas de exposiciones y eventos.

El elenco del 'Paseo romántico': Ginés García Millán, Blanca Portillo, Marcial Álvarez e Israel Elejade (Foto: Teatro Español)

Pero el tiempo fue pasando y aunque en 2007 la Comunidad de Madrid tomó como suyo el proyecto y prometió, al calor de una nueva cita electoral, rehabilitar el complejo para hacer de él en una 'factoría' de jóvenes artistas, nunca más se supo del que debía ser gran vértice sur del triángulo de ocio cultural junto a los Cuarteles del Príncipe y Lepanto y la Huerta del Obispo. Con actuaciones de urgencia para que la ruina no se note demasiado e intermitentes peticiones de uso, como la del colectivo Alcalá es Música para ensayos y conciertos, la mole de Empecinado sigue en pie, que no es poco, dadas las circunstancias.

Más exquisito pero igual de decepcionante a la postre fue el uso del Jardín de Jovellanos, en el interior de Económicas, para subir el telón de la edición de Clásicos de 2006. Ubicado entre la parte noble de la facultad, correspondiente al antiguo Convento de Mínimos, y el mamotreto moderno, este rincón es uno de los mejores ejemplos de los jardines secretos que esconde el centro de Alcalá. En 1995 se inauguró, merced a la colaboración de la familia Huerta, a la que pertenecía la finca, pero hasta una tormentosa noche de junio de once años después, cuando acogió el estreno absoluto de Paseo romántico, una antología de algunos de los mejores textos de las mejores plumas románticas de nuestra literatura teatralizada por Laila Ripoll, no trascendió al gran público la hermosura del sitio.

Y sin una silla libre entre las repartidas por los senderos del jardín bautizado con el nombre del célebre ilustrado que fue estudiante de la Complutense primera, el soberbio cuarteto formado por Blanca Portillo, José Coronado, Israel Elejalde y Marcial Álvarez se afanó en declamar con donosura desde los atriles repartidos entre los arbustos y con la música de fondo de los truenos y los candelazos de los relámpagos colándose por la arboleda. A la media hora escasa esta inesperada escenografía de tempestad romántica se hizo insoportable y hubo que suspender con actores y espectadores a la carrera bajo la lluvia y el viento desatados.

Aspecto del Jardín de Jovellanos (Archivo de la UAH)

Pudieron completarse, por suerte, tres funciones más de la lectura dramatizada en las siguientes jornadas. Incluso la obra regresó a la ciudad cuatro temporadas después, con Ginés García Millán sustituyendo a Coronado, pero en esta ocasión se representó bajo la confortable cubierta del Corral de Comedias. El jardín volvió a su secreto. Y hasta hoy.

Pero ahí quedaron las propuestas, que aunque solo sirvan para ser recordadas y puedan inspirar para  buscar otras en el futuro, ya habrán merecido la pena. Porque si algo sobra en el barrio viejo de Alcalá son rincones evocadores.

Y con esto, con un pasado entre sementales y románticos y con una larga vida de Clásicos por delante, más la complicidad del público, cuanto más entusiasta y numeroso mejor, habrá mucho teatro que disfrutar entre piedra y piedra. Y entre sueño y sueño.

jueves, 11 de abril de 2019

El Grial alcalaíno cumple 400 años

Ni las Ferias ni la fiesta de Cervantes ni los Santos Niños. Durante más de tres siglos el "día grande" de Alcalá, como lo tituló el célebre cronista Luis Madrona, el pseudónimo de Fernando Sancho, era el domingo de mayo en que procesionaban por las calles principales de la ciudad las Santas Formas, una tradición que se remonta a comienzos del siglo XVII. Toda la población, más decenas de feligreses venidos de fuera, incluidos reyes, aristócratas y autoridades mayores, acudían a rendir culto público a unas hostias que se consideraban  milagrosas por su incorruptibilidad y a las que se dedicó incluso una capilla en la iglesia de Santa María de la calle Libreros; la casa de lo que bien podría considerarse el Grial alcalaíno.


Un ángel custodiando las Santas Formas, en una de las pinturas de la bellísima cúpula de la capilla de Santa María obra de De Ribea (foto: Obispado de Alcalá)

Restaurada in extremis en 2010, su bellísima cúpula está ocupada por un cielo repleto de ángeles dedicados a custodiar y glorificar el misterio de las Santas Formas, desaparecidas en 1936 en circunstancias tan enigmáticas como las que rodearon su aparición a finales del siglo XVI. Hasta comienzos de los años 60 de siglo pasado, no obstante, se siguió rindiendo culto hasta que la iglesia decidió suprimirlo. "Los paisanos protestamos mucho. Hubo una lucha muy virulenta", recordaba otro cronista de la Ciudad no menos célebre, Paco García Gutiérrez, subrayando la importancia que llegó a tener para Alcalá aquel acontecimiento. "Era más que el Corpus. Toda la población se movilizaba".

Desde hace unos años el Obispado de Alcalá trata de recuperar la tradición y también tratará de celebrar a lo grande el 400 aniversario del nacimiento de lo que muy bien podría considerarse el Grial alcalaíno, la proclamación del milagro, efeméride que contará también con un ciclo de conferencias por parte de la Institución de Estudios Complutenses (IEECC).

La tradición tuvo su origen en un curioso suceso ocurrido en el Colegio Máximo de Jesuitas, sede hoy de la facultad de Derecho, un día de 1597. El padre Juan Juárez estaba en su habitación, atendiendo a los feligreses en confesión, cuando se le arrodilló un hombre que, visiblemente atribulado, le entregó 24 formas consagradas. Le confesó que se las habían entregado unos moriscos que las habían robado de un sagrario.

El padre Juárez consultó a otro sacerdote jesuita, el padre Vázquez, qué hacer con ellas y éste le aconsejó que no las entregara a la comunión por si estuvieran envenenadas. Decidieron entonces dejarlas en una alacena.

Puesto al corriente del hallazgo el rector del Colegio, Luis de la Palma, aprobó la idea de mantenerlas apartadas y dispuso además, con elocuente prurito científico, diversos cambios de ubicación para comprobar su reacción ante las diferentes condiciones de humedad y temperatura. Fue pasando el tiempo y las hostias no experimentaban variación alguna: se mantenían blancas y tersas como el primer día que aparecieron por el colegio.

Más de una década después, a partir de 1609, el padre De la Palma comenzó a dar noticias a sus superiores sobre la incorruptibilidad  de las obleas y en 1619 una junta de religiosos de la ciudad determinó que se las podía calificar de "obra sobrenatural y significativa de la real presencia de Cristo Nuestro Señor". Se mandó tenerlas, por tanto, por reliquias sagradas y rendirle culto.

Aspecto general de la cúpula de la capilla (foto Hispania Nostra)


En abril de 1620, con motivo de la inauguración de la iglesia de Santa María, se veneraron por primera vez en procesión, a la que asistió hasta el rey Felipe III. En 1626 el Ayuntamiento se unió a la devoción con un voto perpetuo en acción de gracias por una crecida del Henares que a punto estuvo de arrasar la ciudad.

A partir de ahí el fervor popular se desató y no paró de crecer en torno a las Santas Formas, con su procesión el sexto domingo de Pascua y, a partir de 1687, con la capilla erigida en su honor, adosada a un lateral de Santa María, y con la bellísima y delicada decoración en sus alturas obra de Juan Vicente de Ribera. El 'Corpus de Alcalá' no perdió fuerza ni cuando se produjo la expulsión de los jesuitas en 1767 y la custodia con las "sacrantísimas formas" fue trasladada a la Magistral.

En 1897 la ciudad se volcó en la conmemoración del tercer centenario de la aparición de las Santas Formas, cuya devoción entró con pie firme en el siglo XX hasta que llegaron los tiempos convulsos de la República. La procesión no se celebró ni en 1932 ni en 1933. Se retomó en 1934 y las reliquias desfilaron por última vez en la primavera de 1936. El estallido de la Guerra Civil apenas mes y medio después truncó la tradición al producirse la desaparición de las hostias.

Las especulaciones en torno a su paradero fueron motivo de discusión recurrente durante los años siguientes entre los alcalaínos. Se rumoreó, por ejemplo, que la custodia fue escondida por unos curas en el sepulcro del Cardenal Cisneros de la Magistral. Y de allí fue extraída, con destino incierto, por operarios de la Junta de Patrimonio, que rescataron las obras de arte del templo destruido por un incendio provocado por los milicianos en los primeros días de la guerra. Otros testimonios apuntan que las Santas Formas quedaron en manos de varios vecinos, que las ocultaron durante el conflicto fratricida. Incluso llegaron a señalarse dos casas, a las afueras, en la zona del Encín, donde pudieron estar escondidas. Pero a día de hoy sigue sin haber rastro de ellas.

Salida de la procesión de las Santas Formas de la Magistral, retratada en el famoso cuadro del pintor alcalaíno Félix Yuste (1893) 

A la conclusión de la guerra, ya sin las reliquias, se mantuvo la procesión hasta que a comienzos de los 60 las autoridades eclesiásticas mandaron suprimirla y la memoria de la tradición se fue diluyendo. "No estaban ya las Santas Formas y, por tanto, no había milagro, así que se cerraron en banda", explicaba García Gutiérrez, que lamentaba que ni siquiera la Iglesia local hubiera mantenido un culto privado.

A día de hoy, el misterio de las Santas Formas, una de las 'glorias' de las tradiciones locales, solo vive en el recuerdo de los más mayores de la ciudad. Se verá si el intento del obispado de rescatar el culto da sus frutos. Lo mismo que su búsqueda; todo un desafío para el alcalainismo ahora que se cumplen sus primeros 400 años.


jueves, 28 de marzo de 2019

Qué viejo era mi parque

Hará seis años algunos de los pinos más altos, retorcidos y añosos del vetusto parque O'Donnell tuvieron que ser talados. Los técnicos del ayuntamiento recomendaron el apeo por el riesgo de que alguno de ellos se viniera abajo, vencido por el peso de las copas, la inclinación imposible de sus troncos y un terreno reblandecido en exceso para regar las praderas de césped, ese costoso capricho a la salud -se supone- de las raíces irlandesas del general que da nombre al parque. Fue una mutilación traumática.


Aspecto del macizo de piedras y arbustos que aloja el estanque del parque (foto del Ayuntamiento de Alcalá)

Durante varias generaciones estos gigantes verdes dieron la bienvenida a paisanos y visitantes en su entrada al centro de la ciudad, asomados a la riada de tráfico de la Vía Complutense. Y en cuestión de pocas horas, la alta y armoniosa masa verde desapareció, dejando un doloroso vacío sobre el que flotó durante días un penetrante y fantasmal olor a resina y madera recién cortada que hubiera enloquecido de dolor al más duro de los Ents, aquellos monstruosos pastores de árboles que inventó Tolkien para su bestiario de El señor de los anillos.

Algo hubo en aquella tala que barruntaba el advenimiento de una encrucijada, de un momento crucial para el parque, el viejo parque con exótico nombre de espadón decimonónico que ha conocido tres siglos distintos. ¿El principio del fin o el fin del principio? Aún esperamos la respuesta.

Apenas un par de años antes de esa tala, en las elecciones de 2011, el PP presentó un proyecto de reforma de la histórica zona verde que incluía, como novedades más llamativas, la creación de un pequeño lago y el cerramiento de todo el perímetro.

Nunca más se supo de aquel proyecto; el parque volvió a sus rutinas, alternando el mantenimiento de costumbre y los estragos de las vandaladas periódicas. El cenagoso estanque -qué lejos quedan los patos que también dieron sobrenombre al parque- estuvo clausurado para evitarle a algún curioso el riesgo de romperse la crisma tropezando con algunos de sus  mellados escalones. También cerraron por una temporada el cercano recinto infantil, un espacio sombrío y desangelado que los críos se han empeñado en mantener vivo.


La rosaleda en el extremo norte es una de las zonas más delicadas y expuestas del parque (foto del Ayuntamiento de Alcalá)

De allí se eliminó el puente adornado con rocas que también abrazan al estanque y que son inconfundibles en una de las fotos más entrañables que rescató Ángel Pérez López para su obra gráfica Alcalá en la II República. Fechada en febrero de 1931, en ella se ve al grupo de chavales del cuadro teatral de la Mutual Complutense escalonados por el roquedo, contentos y confiados; ajenos por completo a la tempestad bélica que pocos años después se desataría y que convertiría ese lugar en una improvisada base de tanques y vehículos blindados, aprovechando la protección de la arboleda contra los ataques aéreos de la aviación franquista.

Son solo un par de las innumerables historias que guarda el parque, construido en los últimos años del siglo XIX sobre la fresca huerta que flanqueaba el camino a la sierra y a Burgos y regalaba la vista de las monjas bernardas durante sus ratos de recreo en el mirador con celosía del vecino convento. Dejamos para otra día la costalada que acabó con la vida del rey Juan I de Castilla haciendo filigranas con su caballo; o los espectros que debieron quedar amarrados por el uso de la picota en ese paraje en tiempos de la villa medieval.

Muchas de esas historias han sido rescatadas por el colectivo Complutenses por el Parque O'Donnell, un grupo nacido hace un lustro en torno a Facebook para denunciar el deterioro que sufre, vigilar que no se produzcan más agresiones y proponer mejoras. A la presión de este grupo, y de no pocos particulares, le cabe en buena parte que se concluyera la rehabilitación del estanque y el área infantil, así como el impulso de otros arreglos e iniciativas de dinamización social y cultural.

También ha tomado parte el grupo en un reciente debate abierto a partir de una abracadabrante iniciativa impulsada por el Gobierno municipal: someter a consulta vecinal el vallado del parque. 261 paisanos decidieron que no había que cerrarlo en una encuesta en la que intervinieron 497 personas. Y por supuesto el Ejecutivo local ha decidido asumir este peculiar 'mandato vecinal', en una ciudad con más de 200.000 almas residentes, y ha descartado el vallado.


Proyecto de vallado del parque que propuso el Ayuntamiento.

Uno también alberga dudas de que cerrar el parque sea la mejor idea para asegurar su conservación y su reimpulso. Pero no tiene ninguna de que el futuro del recinto verde con más solera de la ciudad no debe ventilarse con un referéndum u otro pasatiempo de aparente participación vecinal, sino con criterios técnicos, estéticos e históricos solventes y rigurosos.

El Ayuntamiento cuenta con técnicos y jardineros experimentados, además del privilegio de tener a mano los conocimientos del personal académico e investigador de la Universidad que, además, tutela un jardín botánico en el campus externo pionero en España. Por no hablar de los cientos de parques históricos en España y el mundo de los que poder fusilar ideas y soluciones sin remilgos.

Ahora, con la campaña electoral a la vuelta de la esquina, seguro que sobrarán propuestas para el viejo O'Donnell. Pero ojalá no falte lo de siempre: consenso, ambición y mirada larga. Porque parche a parche, solo se logrará que un lustro de estos suspiremos recordando lo viejo y encantador que era nuestro parque.


viernes, 18 de enero de 2019

Un tal Colón, vecino de Alcalá

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América nunca dejan de dar sí. El nebuloso origen del navegante es motivo de constantes polémicas y divagaciones, lo mismo que las circunstancias en que se desarrollaron sus viajes, toda una epopeya. Además, de un tiempo a esta parte, por aquello de las modas revisionistas, la llegada de los europeos al nuevo continente es objeto de repulsa, por ser la encarnación “del odio y el racismo”. Sea como fuere, tanto el almirante como el descubrimiento comenzaron a entrar en la historia hace ahora justamente 533 años, con ocasión de la primera reunión que los Reyes Católicos consintieron en celebrar sobre el asunto. Y cómo es sabido, aquella primera entrevista tuvo lugar en Alcalá de Henares, siendo uno de los episodios más notables y curiosos de su presencia en el gran libro de la historia de la humanidad.

Estatua dedicada a Cristóbal Colón en Nueva York.


Y no fue un producto de la casualidad que aquel misterioso mercader metido a geógrafo visionario relatara y ofreciera a los Reyes de Castilla y Aragón, en persona y por primera vez, su proyecto para llegar a las Indias siguiendo la nueva y arriesgada ruta del Poniente en una audiencia con escenario complutense. Ni tampoco fue cosa de un día ni de dos; hasta el punto de que bien podemos considerar al navegante como uno de nuestros ilustres vecinos por una temporada.

El 20 de enero de 1486, fecha de la histórica entrevista, los reyes Isabel y Fernando llevaban tres meses residiendo en el Palacio que los Arzobispos de Toledo de la villa alcalaína, título que regentaba en aquel momento el poderoso cardenal Pedro de Mendoza. El gran prelado, conocido como el ‘tercer rey’, unía la primacía eclesiástica y el linaje de una de las familias nobiliarias de más alta alcurnia. Y continuó la tradición de sus predecesores de acoger a los reyes castellanos en su gran palacio fortificado de Alcalá, ya entonces en vías de convertirse en un suntuoso complejo renacentista.

No era la primera vez, ni sería la última que los Reyes Católicos se alojarían en la fortaleza alcalaína. Aquí acudían sobre todo a descansar; y allí engendraron y vinieron al mundo algunos de sus vástagos, como sucedió en este caso.

Por su parte, Cristóbal Colón llevaba casi una década alumbrando su empresa comercial de las Indias. Miles de páginas han buceado, y aún lo hacen, en sus oscuras raíces (genovesas, catalanas, mallorquinas…); la forma en que concibió la idea de cruzar la “Mar Océana” en busca de las Indias o de una tierra nueva (marinos anónimos que, arrastrados por tormentas, habían encontrado islas al otro lado del océano y de cuyos relatos tuvo conocimiento directo en Portugal); y la incansable peregrinación en busca de apoyos para el proyecto.

Respecto a esto último, fue definitiva la ayuda de fray Antonio de Marchena, el religioso del Monasterio onubense de La Rábida. El franciscano le prestó asesoría técnica, redondeando el proyecto con testimonios de sabios y mapas antiguos; y le redactó cartas de presentación para los personajes principales de la Corte, con el objeto de llegar hasta los soberanos.

A mediados de 1485, con Isabel y Fernando en Andalucía enfrascados en la conquista del reino nazarí de Granada, Colón llevó a cabo su primer acercamiento. Su oferta fue clara y rotunda: un camino directo a las Indias atravesando el inmenso mar que podía procurar a Castilla y Aragón riquezas inagotables y un horizonte infinito de evangelización. Con esta propuesta se dirigió al Consejo Real en Córdoba. La primera respuesta fue negativa, aunque los consejeros tomaron nota de la extravagante idea.

Mientras Colón se reponía del primer revés en su intento de llegar a los monarcas, éstos se preparaban para una larga estancia de reposo obligada por el avanzado estado de gestación de la reina. Y tenían previsto aprovechar, una vez más, la hospitalidad del cardenal Mendoza.

A partir de aquí, es preciso seguir el relato del catedrático Juan Manzano Manzano, una de las autoridades en la vida y obra de Cristóbal Colón, y de los pocos investigadores que ha reunido los escasos datos existentes sobre la primera cita del almirante con los soberanos.

Según este profesor madrileño, los reyes llegaron a Alcalá el 24 de octubre de 1485, en compañía de la corte. Y aquí pasaron todo el otoño, que según los cronistas de la época fue extremadamente crudo, con lluvias torrenciales y vientos helados barriendo toda la vega del Henares. A finales de aquel otoño terrible, el 15 de diciembre, Isabel dio a luz a una niña, la infanta Catalina, que con el tiempo llegaría a ser la desdichada reina de Inglaterra, causante involuntaria del histórico cisma anglicano al negarse a conceder el divorcio a Enrique VIII.

Entretanto, Colón había seguido haciendo gestiones entre religiosos y nobles con vistas a acercarse a los monarcas. Y, al parecer, arribó a Alcalá a los pocos días del desembarco real. El profesor Manzano refiere, al respecto, una crónica de Francisco Henríquez de Jorquera en la que narra cómo Colón partió hacia la villa complutense “a donde los reyes estaban, tan maltratado y solo que perdían mucho crédito sus raçones, que casi todos lo dudaban”, pasando antes por la vecina Guadalajara “y se vido con el duque del Infantado”, en la búsqueda de recomendaciones para concertar una audiencia real.

Patio de armas del Palacio Arzobispal, escenario de la entrevista entre Colón y los Reyes.

El embarazo de la reina impidió la celebración inmediata de la recepción. Pero Colón no se dio por vencido y es muy posible que aguardara en compañía de su hermano Bartolomé el ansiado parto y la reanudación de las audiencias en la misma Alcalá, muy cerca de las "rojas murallas" del palacio, como lo describe el periodista británico Giles Tremlett en su biografía Catalina de Aragón, durante todo aquel otoño frío y lluvioso como no se conocía en la ciudad en muchos años.

Al alumbramiento de Catalina siguió el bautizo en la entonces Colegiata de San Justo, hoy Catedral, las celebraciones en la corte y la cuarentena de la reina, de modo que Colón tuvo que echarle paciencia unas cuantas semanas más. Y al fin se fijó para el 20 de enero de 1486 la primera tanda de audiencias reales y una de ellas fue, finalmente, para el navegante.

Se celebró un viernes porque era el día de la semana elegido para que los reyes atendieran las visitas. Y la audiencia tuvo lugar en el mismo palacio, no en la conocida como Casa de la Entrevista, un espacio perteneciente a la iglesia del desaparecido Convento de San Juan de la Penitencia que fue acondicionado como espacio cultural y bautizado así, en homenaje a aquel hecho histórico, hace medio siglo.

Se ignora el lugar exacto del palacio donde tuvo lugar el encuentro. Pudo ser en la espaciosa Sala de Concilios, construida en el siglo XV, próxima al Torreón del Tenorio y aún en pie. Pero los investigadores se inclinan más por el Salón de San Diego, una estancia más pequeña y acogedora, y ya desaparecido, pues se hallaba en una de las crujías derribadas tras el incendio del palacio de 1939.

De acuerdo con el protocolo, Colón se encontró a los reyes sentados en altos sillones; les besó las manos; se arrodilló delante de ellos en un cojín, y tras obtener su venia se dispuso a contarles el negocio que se traía entre manos.


Estela dedicada a Colón en el monumento al Descubrimiento de la plaza de los Santos Niños (foto de Juan Carlos Canalda).
Entre citas de sabios antiguos y modernos, cifras marineras y el despliegue de un mapamundi que recogía geografías lejanas y exóticas, Colón ofreció a los reyes la isla de Cipango, el Cathay y el Nuevo Mundo, en una ruta marítima siguiendo el trayecto del sol hacia Occidente y presuponiendo la redondez de la Tierra. Eso, al menos, se desprende del único testimonio que nos ha llegado de esta primera entrevista, el del bachiller Andrés Bernáldez, cronista del reinado de los Reyes Católicos, del que se sabe que fue confesor de la reina y amigo personal de Colón, a quien tuvo como huésped en su casa durante días al regreso de su segundo viaje al Nuevo Mundo.

El breve relato del encuentro es el siguiente: “Les fizo relación de su imaginación; al cual tampoco no daban mucho crédito, e él les platicó muy de cierto lo que les dicía e les mostró el mapamundi, de manera que les puso en deseo de saber de aquellas tierras… e dexando a él llamaron a hombres sabios, astrólogos e astrónomos e hombres de la arte de la cosmografía, de quien se informaron”.

Esto último fue lo que resolvieron los reyes tras escuchar la extraña y atractiva propuesta de aquel extranjero, planteada con aplomo y persuasión: trasladar el asunto a los sabios. Y fue así como despacharon a Colón, remitiéndole a la junta de expertos formada por fray Hernando de Talavera.


El ladrillo barroco y las palmeras del trópico, un guiño colombino en el jardín del viejo Colegio de Caracciolos.

A finales de 1486, el mercader metido a geógrafo visionario se enfrentó en Salamanca a un tribunal de astrónomos, cosmógrafos, astrólogos y navegantes, que habían examinado a fondo su proyecto. Y vinieron luego más exámenes, más entrevistas y, al fin, la anhelada singladura. Pero esas historias son más conocidas.

Fue aquí en Alcalá, y entre sus propìos paisanos como uno más, donde "soñó" con el Nuevo Mundo, según reza en la estela con relieve dedicado a Colón en el monumento al Descubrimiento en la plaza de los Santos Niños, bautizado hace años por el irreverente gracejo popular como 'la Piruleta'.

viernes, 26 de octubre de 2018

Aquellos camaradas de Ulises que acabaron su odisea a la vera del Henares

En lo más hondo del Mar Negro, a kilómetro y medio de profundidad y frente a las costas de Bulgaria, se ha descubierto una nave de la antigua Grecia prácticamente intacta. Acostada sobre un lecho de arena lleva durmiendo desde su naufragio hace más de 2.400 años esta verdadera maravilla del mundo clásico, cuyo insólito estado de conservación permitirá a los arqueólogos conocer mucho mejor la construcción naval, el arte de navegación y los conocimientos científicos de aquellos aventureros griegos.

Ulises atado a un mástil para no dejarse llevar por los cantos de las sirenas, en un precioso jarrón que se conserva en el Museo Británico.

Porque hasta ahora este tipo de naves solo eran conocidas por los hallazgos de algunos fragmentos y sobre todo por sus representaciones en murales, mosaicos, cerámicas o relatos como los de la Iliada de Homero, con sus constantes alusiones a las negras naves de los aqueos frente a la costa de Troya. Precisamente la nave que aparece en un hermoso jarrón que muestra a Ulises, uno de los héroes más ilustres de aquella historia, atado al mástil para no dejarse arrastrar por las terribles sirenas, y que se conserva en el British Museum, es muy similar a la encontrada ahora en el fondo del Mar Negro.

Aspecto del barco hallado en el fondo del mar Negro, el más antiguo conservado en el mundo, según los arqueólogos.

Y hablando de naves, de la guerra de Troya y del retorno de Ulises a Ítaca tras la destrucción de la mítica ciudad, como hicieron otros muchos guerreros de vuelta a sus reinos o en busca de nuevos territorios; viene a la memoria otra odisea que acabó a orillas del Henares.

Porque, de las muchas historias que circulan sobre los orígenes de Alcalá de Henares, la más bizarra y legendaria es, sin duda, aquella que atribuye su primera fundación a un grupo de combatientes de la guerra de Troya que, en su largo retorno, acabaron en este rincón de la meseta ibérica.

La leyenda en cuestión guarda muchos parecidos, que no parecen casuales, con la Eneida de Virgilio y su mítica versión de la fundación de Roma. En nuestro caso, Eneas es Tehuero, un caudillo que también decidió huir de la destrucción de Troya y buscar fortuna con sus huestes por mar. Sus naves deberían ser parecidas a la hallada ahora en el Mar Negro, aunque algunos siglos más antiguas.

Aquellas naves llegaron hasta las costas del actual Levante español, en el otro confín del Mediterráneo, y Tehuero y sus hoplitas optaron por explorar tierra adentro en busca de un lugar donde asentarse. La expedición fue larga y esforzada hasta llegar a los parajes de la actual Alcalá, donde la tierra fértil y el agua abundante animaron a los expedicionarios a quedarse.

Construyeron así una pequeña ciudad en el Cerro del Viso que llamaron Combouto o también Kompos-Pluto y que se ha solido identificar como la mítica Iplacea que, según parece, mencionaron algunos historiadores de la antigüedad.

De esta ciudad legendaria no se han encontrado huellas y es otro de los mágicos misterios que encierra ese paraje al sur de Alcalá, junto a la escondida mesa del rey Salomón, el errante muro Muzaraque o los gigantones ocultos en las arcillosas cuevas. Sí se sabe de Ikesancom Kombouto, nombre de un castro celtíbero de las faldas del Zulema, que es la Alcalá más primitiva que se conoce; antecedente de la primera Complutum romana fundada hace 2.000 años en El Viso, que comenzó a excavarse al fin en el verano de 2017.

El famoso mosaico de los peces que preside la Casa de Hippolytus.

Y hasta aquí la leyenda. Pero la verdad histórica no es menos sugerente. ¿O acaso no resulta fascinante que en el corazón de la península una casa romana luciera en una de sus estancias principales un estampa marina como la del mosaico de los peces de la Casa de Hippolytus de la Complutum de la vega del río? Aquellos complutenses de hace 1.700 años debieron sentir un estremecimiento al asomarse a aquella ventana al fondo marino repleta de pulpos, langostas, delfines, anguilas o erizos; animales fabulosos que jamás llegarían a conocer. Lo mismo que el mar.

Por no hablar del embrujo lujurioso que les turbaría al contemplar los mosaicos que recreaban los mitos de una voluptuosa Leda seducida por Zeus convertido en cisne, del que engendró a los gemelos Cástor y Pólux; o con los excesos de Baco, abandonado a todos los placeres, empezando por los que proporciona el vino. Y lo que aún queda por descubrir bajo la tierra en El Juncal, o en la meseta del Viso.

Este refinamiento social fue una consecuencia más de la Civitas y del inmenso patrimonio de la cultura grecolatina que los romanos trasladaron hasta este lado del Henares, señalándolo en el camino de la historia, para fortuna de sus vecinos y sus descendientes, que aún disfrutamos.

Lástima que este hilo invisible y fantástico que une la orilla de nuestro río con el majestuoso navío que duerme en las aguas más oscuras del Mar Negro también corra el riesgo de romperse con el progresivo arrinconamiento del latín, el griego y la cultura clásica en la enseñanza obligatoria. Ni el ingenioso y sufrido Ulises ni sus camaradas de la legendaria Iplacea se merecen tanto olvido y tanta ignorancia.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Patrimonio de la inanidad

El 2 de diciembre de 1998 fue el día más importante de la historia milenaria de Alcalá. Pero en Alcalá se vivió como un día cualquiera: un jueves de diciembre frío y neblinoso alterado únicamente por un repentino repicar de campanas y el fragor de algunos petardos a media mañana. Solo los que por ocio o por casualidad deambulaban por las puertas del Ayuntamiento tuvieron ocasión de pillar una copa de cava y la noticia -por ese riguroso orden- de que Alcalá acababa de ser incluida en la lista mundial de rincones honrados como Patrimonio de la Humanidad, en una asamblea de la Unesco que se estaba celebrado en la remota ciudad japonesa de Kioto.




Y si tan extraños y desangelados resultaron el nombramiento y la acogida, con más indiferencia aún se está celebrando este año su veinte aniversario. Dos décadas en las que la conquista del título más codiciado por cualquier lugar del mundo, la divisa que nos emparenta con la Roma eterna, las pirámides de Egito, las ruinas de Machu Picchu, la Gran Muralla, Jerusalén, Estambul o la Isla de Pascua, entre las poblaciones, monumentos y paisajes más valiosos para la historia de la gran familia humana; no ha logrado traducirse en más identificación y compromiso cívico por parte del paisanaje; ni tampoco en más altura de miras, ambición y voluntad de consenso por parte de la clase política y gobernante local, acompasados por la displicencia y las bochornosas promesas incumplidas en los gobiernos regionales y nacionales, de todos los colores, de todas las tendencias y en todos los estamentos.

Veinte años es mucho, por más que Gardel machaque con el tópico contrario para la posteridad. Es una barbaridad de tiempo. No hay más que abrir los ojos y la memoria y recordar cómo era el Alcalá de 1998: la población rozaba los 170.000 habitantes; el centro histórico rebosada de coches y las barriadas tradicionales de vecinos; Espartales Sur comenzaba a poblarse, entre grúas y excavadoras, y con un tortuoso camino hasta el centro sin puente sobre la autovía; escombreras y algún pastor de cabras –el último, sin duda- ocupaban las explanadas donde hoy se levantan La Garena y Espartales Norte; y cientos de alcalaínos y alcalaínas trabajaban en Roca, Electrolux, Bosch, La Seda

La ciudad todavía se estaba recuperando de una secuencia de golpes brutales. El más doloroso fue la epidemia de legionella que en el otoño de 1996 se llevó por delante la vida de 11 personas, provocó la hospitalización de más de 220 y obligó a poner literalmente en cuarenta a casi un tercio del casco urbano. Y muy decepcionante, por lo que tenía de pérdida de confianza en los políticos locales, fueron  a lo largo de 1997 el ‘caso Ferrer’, una trama de comisiones ilegales que puso en el punto de mira durante meses al exalcalde Florencio Campos, hasta que fue sobreseído; y un demoledor informe del Tribunal de Cuentas que dejaba al descubierto la caótica administración del Ayuntamiento a comienzos de la década.


Imagen aérea de la manzana Cisneriana, el núcleo de la villa universitaria reconocido por la Unesco (Imagen: UAH)


Y en mitad de esa atmósfera tan desfavorable y deprimente, con un empuje admirable -más aún lo parececon la perspectiva que da el paso del tiempo-, un grupo de personas halló energía e ilusión suficientes para sacar adelante dos propuestas culturales tan descabelladas como el 450 aniversario del nacimiento de Miguel de Cervantes y la solicitud a la Unesco del título de Patrimonio de la Humanidad a Alcalá. El primero resultó un fiasco, no tanto por lo forzado de la efeméride como por el apoyo prometido y luego negado desde el Ministerio de Educación y Cultura, cuya titular era casualmente Esperanza Aguirre; y desde la Comunidad de Madrid, con Ruiz Gallardón y el consejero Villapalos a la cabeza.

Mucho mejor fue con la aventura ante la Unesco, en cuyo buen final concurrieron los méritos -nunca ponderados lo bastante- de la Universidad, precursora de la idea con al rector Gala al frente; y a las decenas de instituciones y pequeñas entidades sociales, culturales y deportivas, así como comercios y empresas de la ciudad, que convocadas por el extinto Diario de Alcalá suscribieron un manifiesto absolutamente enardecedor. Tras su lectura, los asamblearios reunidos en Kioto poco menos que imaginaron al pueblo complutense abrazado como un solo ser a la Ciudad del Saber, de Dios, de la Lengua y de Cervantes acrisolada, como en ningún otro lugar del planeta, en este recoleto rincón de la meseta, a orillas del rumoroso río Henares.

Entonces se confiaba ingenuamente que aquel amor incondicional de los vecinos por su ciudad vendido y comprado por la Unesco sería una realidad en cuestión de tiempo; de paciente cultivo y de lento aprendizaje. Porque Alcalá no es de esas viejas ciudades cuya historia entra de un trallazo en los cinco sentidos del que la recorre y contempla, como lo hacen el Obradoiro en Santiago, la plaza Mayor en Salamanca, la Mezquita en Córdoba o el Acueducto en Segovia. Alcalá necesita ser contada y explicada para, a continuación, descubrir y asombrarse con las huellas de la carcasa armoniosa, mestiza e inspiradora que han ido dejando casi dos mil años de afanes y desvelos de muchas generaciones; encerrada ahora entre impersonales capas de colmenas de pisos, modernas urbanizaciones de simétricos adosados, cinturones interminables de asfalto y destartalados polígonos de empresas y grandes comercios.

A la vista está que, en cuestión de conocimiento y orgullo locales, estamos casi como hace 20 años. O más atrás. Y eso que no han faltado los esfuerzos divulgativos por parte de las autoridades locales, en los sucesivos gobiernos que han desfilado por el Consistorio en este tiempo. La agenda cultural ha aumentado considerablemente, incorporando celebraciones como el Mercado Cervantino que, aunque desbordado en algunos extremos, es todo un referente popular; y con la ayuda de la Comunidad de Madrid se han consolidado tres equipamientos culturales de primer nivel: el Museo Casa Natal de Cervantes, el Corral de Comedias y el Museo Arqueológico Regional.

Pero para conocer y querer hace falta poner voluntad. Y ya.

Cabe la posibilidad de que otro gallo nos hubiera cantado si a lo largo de estas dos décadas se hubiera avanzado en la agenda material que obligatoriamente ha de acompañar a una posesión tan inmaterial como el título de Patrimonio de la Humanidad. Y ahí por desgracia ha existido un estancamiento de lo más desolador.


En apenas veinte años, el Mercado Cervantino de octubre se ha convertido en la fiesta popular más multitudinaria de Alcalá (foto: Ayuntamiento de Alcalá)

Uno de los temas de ciudad más recurrentes en la agenda municipal de los años posteriores a la consecución de la declaración de la Unesco era constituir un Consorcio con representantes de todas las Administraciones, amparados a su vez por un Patronato Real -imitando a Santiago, Toledo y Cuenca-, que velaran institucional y económicamente por la Ciudad Patrimonio de Alcalá. Con ello se lograría un presupuesto millonario para consumar, a través de una periodicidad perfectamente trazada, materializar un ambicioso plan de mejoras, conservación y promoción que se dio en llamar la ‘Biblia del Patrimonio’.

Y en esa biblia se metía desde la finalización -ya con criterios rigurosos y sin descuidos o excesos- de los proyectos de recuperación de edificios y espacios históricos, hasta la creación del parque arqueológico de Complutum; desde el enterramiento de las vías del tren y la creación de un bulevar kilométrico, a la integración del río Henares en la ciudad, como su gran espacio natural; desde la adecuación de los Cuarteles del Príncipe y Lepanto y Sementales a usos sociales y culturales, a la creación del mejor auditorio al aire libre en la Huerta del Obispo; o desde el relanzamiento del parque de los Cerros -clausura inmediata del vertedero incluida- y del mirador de Alcalá la Vieja, al rescate de todo lo rescatable del suntuoso Palacio Arzobispal destruido en 1939. Y todo eso, y más, conformaba la manera de plasmar lo que suponía el compromiso impuesto por la Unesco: cuidar la historia y el patrimonio para, por encima de todo, proyectarlos con la modernidad y las comodidades del presente hacia el futuro.

Hace mucho, sin embargo, que estos asuntos no aparecen en los discursos municipales. Y mucho menos en los regionales y nacionales. Gobiernos y corporaciones se esforzaron por sacar adelante un sucedáneo de Consorcio, que apenas llegó a funcionar. La petición del Patronato contó con las bendiciones del rey y, las más decisivas, de la Asamblea de Madrid y de las Cortes, instando al Gobierno de la nación a constituir esta institución. Pero se toparon con el poder absoluto de las vicepresidentas. La socialista Fernández de la Vega dijo en 2009 que no tocaba… ni tocaría; y la ‘popular’ Sáenz de Santamaría lo anunció y casi lo olvidó al mismo tiempo en un paripé electoralista en mayo de 2015.





Y desde entonces, el silencio. Hasta llegar al aniversario de ahora, donde lo más relevante ha sido un corto promocional primoroso, un álbum de postales de gran formato en la tenebrosa Capilla del Oidor  y, de parte de la iniciativa cívica, el oportuno y pertinente ciclo de conferencias de la Institución de Estudios Complutenses (IEECC).

Ninguna acción política ni reflexión de lo hecho y de lo muchísimo por hacer (¿por qué no una declaración municipal de conjura para pedirle cuentas al Estado? ¿O un simposio nacional e internacional para abastecerse de ideas? ¿O una simple campaña en colegios e institutos para que los alcalaínos del mañana nos presten sus sueños?). Solo un brindis al vacío, una oda sordomuda a este patrimonio de la inanidad. Nada comparado al entusiasmo arrollador con el que, aquel 2 de diciembre gris y cualquiera, muchos imaginaron el Alcalá de 2018 con el regalo increíble pero cierto que nos llegaba desde Japón: nada menos que unas alas del paraíso que no nos harían crecer sino volar.