viernes, 24 de junio de 2022

La gran herida de hierro

A finales del mes de mayo de 1999, en vísperas del pistoletazo de salida a la campaña de las elecciones municipales y autonómicas que se celebraban aquella primavera, el entonces presidente regional Alberto Ruiz-Gallardón realizó una de sus escasas apariciones por Alcalá de Henares. La visita incluyó una comida con la prensa en la Hostería del Estudiante. Y allí, entre plato y plato, el que fuera posteriormente alcalde de la capital y ministro de Justicia dejó caer que, si ganaba los comicios de nuevo, una de sus prioridades de legislatura sería estudiar la puesta en marcha del proyecto de enterramiento de las vías del tren a su paso por Alcalá. Aquella promesa, por aquel entonces, era casi como anunciar el Gordo de la Lotería para la ciudad. Y 23 años después nos acaba de llegar una mínima y remota pedrea en forma de nueva estación central con acceso solo desde el centro.


La estación central de Alcalá y las vías en dirección Madrid (Foto: Miguel Ángel Matute)

Sabía Ruiz-Gallardón lo que se hacía cuando formuló aquel anuncio. Sobre todo sabía el modo de hacerlo. Sin grabadoras sobre los manteles, con cuadernos y bolígrafos a buen recaudo, el mandatario autonómico soltó como el que no quiere la cosa un compromiso que en aquel tiempo era todo un caballo de batalla de la clase política, el sector económico y el tejido social de Alcalá. 

La ciudad acababa de dar el salto al otro lado de las vías con la urbanización del polígono Espartales y el Ensanche y los primeros desarrollos en La Garena. Y aunque era un proyecto ambicioso y milmillonario, otras ciudades de dimensiones y necesidades similares a Alcalá, como Getafe o Cádiz, habían logrado materializarlo. 

El anuncio de Gallardón era, por tanto, muy importante para la ciudad. Y en clave partidista, un buen golpe de efecto para que el PP tratara de reeditar el Gobierno complutense con una mayoría suficiente esta vez, enarbolando además el pelotazo del título de Patrimonio Mundial de la Unesco conquistado seis meses antes. Pero las urnas acabaron dándole una minoría amplia pero insuficiente a los populares y PSOE e IU pactaron para quedarse con la alcaldía y el ejecutivo municipal. Y del enterramiento, claro está, nunca más se supo.

Aunque el PP sí reeditó el gobierno en la Comunidad de Madrid, Ruiz-Gallardón hizo valer el peso del condicional y la ausencia de un compromiso en firme para soterrar la línea férrea, pues no existía testimonio escrito o audiovisual del mismo, para olvidarse del asunto y de Alcalá para el resto del cuatrienio. Cada vez que al presidente se le recordaba la promesa y, en general, su escaso apego a la cuna de Cervantes, enarcaba sus pobladas cejas y soltaba la misma frase-comodín: "Pero si hemos invertido más de 8.000 millones de pesetas en el Edificio Politécnico...".

En Alcalá, en cambio, el asunto siguió candente unos cuantos años más y no cesó de plantearse a la Comunidad de Madrid y al gobierno nacional siempre que había oportunidad, como una de las grandes demandas locales. Especialmente activa fue la gente del Foro del Henares, una entidad cívica que durante años canalizó los grandes debates de la ciudad. Organizó conferencia y jornadas e incluso realizó estudios de viabilidad técnica y presupuestaria para meter las vías bajo tierra. Y las cuentas salían, porque el soterramiento para dejar en superficie un bulevar de cerca de un kilómetro, flanqueado por nuevas áreas residenciales y comerciales en algunas zonas, podía ser una operación urbanística de una envergadura tal que podía concitar el interés vivo de la iniciativa privada.


Aspecto que tendrá la nueva estación central

El empujón institucional era imprescindible pero nunca llegó. El proyecto se fue enfriando y las aspiraciones pasaron a mejor vida. Entretanto, se inauguró una nueva estación en La Garena; se soltó algún que otro globo sonda, como la posibilidad disparatada de extender el Metro hasta Alcalá; y, sobre todo, la ciudad creció al norte de las vías de manera imparable. El barrio de las Sedas y el polígono de Espartales Norte son ahora los extremos de un casco urbano partido en dos por las vías del tren.

Ya no están las huertas, los caminos de tierra y los solares, rematados por el skyline del viejo Alcalá de torres y espadañas, que se puede admirar  en la icónica y entrañable foto que hizo Jean Laurent desde la altura de Gilitos hace siglo y medio. Tampoco la modesta pero decentísima estación de  tren derribada en los 80 del siglo pasado y sustituida por el adefesio actual que tiene al fin los días contados. 

La nueva carecerá, eso sí, de acceso norte porque al parecer nadie en el Ministerio de Transportes, Adif y el Consistorio ha caído en la cuenta de que más de la mitad de la población de la ciudad podría precisarlo. Más aún cuando los  pasos elevados actuales se ven cerrados por ruina durante años como el de la calle Gaceta; amenazados por la herrumbre como el de la calle Infantado; o indefensos ante los fenómenos atmosféricos como el del paseo de la Estación (prueben a pasar por él un día de lluvia; se mojarán más dentro que fuera de él).

La estación y la vía férrea con Alcalá al fondo, en una fotografía tomada por Jean Laurent en 1862

Pensar en una estación subterránea para una línea férrea soterrada es ya ciencia ficción, a pesar de lo necesaria que resultaría y los beneficios que traería tanto para la seguridad como para la movilidad y el encuentro entre el paisanaje y los barrios. Hace tres años un colectivo denominado Alcalá Vía Verde trató de reflotarlo con una recogida de firmas pero apenas reunió unos pocos centenares. Y en 2020 Ciudadanos logró que el pleno municipal aprobara el estudio de una suerte de jardín elevado para tapar la línea férrea en su trayecto por el casco urbano. Y en estudio debe de seguir, se supone.

La ciudadanía, entretanto, se ha acostumbrado a esta vieja herida de hierro, que ya solo duele a unos pocos. A algunos por el calambrazo de algún mal recuerdo. Como el de aquella lejana comida en la que Gallardón nos tomó el pelo.


miércoles, 16 de febrero de 2022

Vuelo y combate entre el jardín botánico y el laberinto atómico

Desde hace unos días luce en el paisaje de Alcalá una nueva glorieta adornada con un espectacular avión militar. Se trata de un C-101, una aeronave dedicada a la instrucción de pilotos que también forma parte de la popular 'Patrulla Águila' de vuelos acrobáticos. Los colores y enseñas de su fuselaje son los distintivos de la escuadrilla, y entre ellos figura además el nombre del comandante Eduardo 'Ayo' Garvalena, que a los mandos de un avión de esa clase realizó miles de horas de vuelo antes de fallecer en un infausto acto de servicio. En su memoria y en la de su legado como reconocido activista solidario se ha instalado ese avión y se ha dado su nombre al parque vecino del que fue además su barrio, la colonia Ciudad del Aire. Pero es oportuna esta iniciativa además para recordar los estrechos lazos de Alcalá con la aviación en España, además de poner el foco en el rincón más singular y desconocido de la trama urbana complutense.


Imagen de la inauguración de la glorieta presidida por el espectacular C-101

Porque con la pérdida de identidad que adolecen muchos de los vecindarios y polígonos de Alcalá se corre el riesgo de que desparezcan huellas de un pasado que, aunque cercano en el tiempo, cada vez atesora mayor valor histórico y cultural. Y no hay duda de que el legado existente en la ciudad en torno a la conquista del aire lo tiene.

Precisamente la idea de colocar un avión de combate en una rotonda para evocar esa vinculación viene de lejos y en un principio se pensó en otra ubicación: una de las rotondas de la avenida del Chorrillo. Fue durante los gobiernos municipales de la década pasado cuando se planteó ese emplazamiento por su proximidad con el otro gran lugar que guarda una importante relación con la historia de la aviación en Alcalá, exactamente el espacio fundacional y pionero: el aeródromo junto al Campo del Ángel.

El 22 de octubre de 1910 el piloto francés Jean Mauvais aterrizó con su biplano en el páramo que se abría junto a la Cruz del Siglo procedente de Madrid en uno de los primeros vuelos que se realizaban en nuestro país. Tras ser agasajado por los paisanos e invitado a almorzar, el piloto perdonó la sobremesa para regresar al punto de partida: una pista de la actual Ciudad Lineal. El amplio solar que utilizó en Alcalá para tomar tierra se convirtió apenas tres años después en uno de los primeros campos de la aviación militar en España.

La ubicación geográfica y las extensas y lisas terrazas que se escalonan al norte del Henares hacían que la ciudad complutense reuniera las condiciones físicas ideales para albergar una instalación de estas características. La existencia de un importante destacamento militar en la que ya por entonces era una ciudad cuartel con solera y su disposición estratégica en el eje entre el aeródromo de Cuatro Vientos y el parque de Aerostación de Guadalajara hicieron el resto.

En cualquier caso, aquel aeródromo emplazado entre las actuales barriadas del Campo del Ángel y del Chorrillo debió ser bastante rudimentario; apenas una pista de tierra apisonada y unos galpones para el material y al personal. Aun así albergó una escuela de pilotos militares y estuvo en funcionamiento hasta 1934, cuando tomó el relevo la base militar dispuesta en las explanadas que hoy ocupan los edificios del Campus externo.


Vista aérea del aeródromo Barberán y Collar en torno a 1944. Al fondo, la vega del Henares y los perfiles del Ecce Homo (foto: Archivo Histórico del Ejército del Aire)

El que se convertiría en aeródromo militar bautizado con el nombre de dos aviadores míticos, Mariano Barberán y Joaquín Collar, éste último instruido en Alcalá, adquirió una gran relevancia durante la Guerra Civil como uno de los enclaves estratégicos de la aviación republicana. Sobre todo en los primeros meses de la contienda, no solo por su localización geográfica privilegiada sino también porque facilitaba los aterrizajes nocturnos, según los especialistas. 

Por este campo de aviación pasaron personajes legendarios como el intelectual francés André Malraux, que reunió una flotilla para defender la República con 'ases' de los cielos como el húngaro Akos Hevesi o el italiano Primo Gibelli. Sin olvidar a los soviéticos que probaron sus nuevos bombarderos desde aquel Alcalá "al acecho de los ruidos amenazadores de la guerra", según la descripción de Malraux, cuya peripecia complutense relata magistralmente Vicente Alberto Serrano en una de sus brillantes columnas en el digital La Luna del Henares.

Tras la guerra, el aeródromo Barberán y Collar siguió a la vanguardia, convirtiéndose a principios de los 40 en la sede de la élite de los pilotos militares españoles, aparte de barajarse como sede de la recién creada  Academia General del Aire. En el transcurso del año 43 incluso se instruyeron en el campo de aviación complutense varias escuadrillas que combatieron junto a la Luftwaffe alemana en la Segunda Guerra Mundial.

Nada más finalizar el conflicto surgió el histórico vínculo que hasta nuestros días mantienen los paracaidistas con Alcalá. Inicialmente con la ubicación de la primera Bandera de la Legión de Tropas de Aviación, unidad que en 1954 se integraría en la unidad de paracaidistas del Ejército de Tierra, origen de la actual BRIPAC. Hasta los años 60 los alcalaínos se acostumbraron a los vuelos rasantes de los aviones y a los saltos desde el aire sobre los llanos de la carretera de Meco. Pero a mitad de esa década otras bases militares tomaron el testigo de la conquista de los cielos y el recinto militar del aeródromo quedó en desuso hasta pasar a manos de la Universidad de Alcalá a finales de los años 70.


En primer plano, uno de los accesos al refugio subterráneo y, al fondo, parte trasera de la ermita, dos de los vestigios del antiguo aeródromo en pleno corazón del Campus

Quedan, sin embargo, un puñado de huellas físicas de esa escuela de "vuelo y combate" en el actual Campus recopiladas en 2015 por el Grupo en Defensa del Patrimonio Complutense en una magnífica guía. La torre de control adosada al complejo de la Facultad de Medicina, una ermita dedicada a la Virgen de Loreto -inaugurada en el mes de marzo de 1953, según reza en el mosaico de piedras de su entrada- o un búnker o refugio antiaéreo, son algunos de esos vestigios; estos dos últimos muy deteriorados y pendientes de una restauración urgente por parte de la institución cisneriana.

Aunque ningún resto del antiguo aeródromo es tan espectacular como el impresionante hangar vecino de la Facultad de Ciencias, una imponente construcción inspirada en los principios constructivos y estéticos del Movimiento Moderno cuyo último uso conocido es haber sido escenario de fiestas estudiantiles. Ojalá su estado ruinoso no impida verlo convertido algún día en un alargado y diáfano estuche de hormigón, acero y cristal para aularios, salas de lectura o auditorios, como corresponde a una arquitectura de su categoría.


Aspecto de una de las cubiertas de los hangares del Campus

Porque rescatar estas edificaciones que son verdaderos testimonios de historia y cultura y dotarlas de vida son actos de justicia con el patrimonio. Y de paso servirían para descubrir a alcalaínos y visitantes estos y otros espacios verdaderamente únicos en la ciudad.


Vista aérea del 'jardín atómico' del Encín (foto: Google Earth)

Es el caso del Jardín Botánico del Campus, un centro de investigación con una extraordinaria reserva de flora de una diversidad sin parangón en nuestro país. O estirando el itinerario un par de kilómetros en paralelo a las vías del tren, es posible admirar el no menos alucinante "jardín atómico" de la finca  de El Encín, perteneciente al IMIDRA autonómico. Se trata de un complejo que acogió a comienzos de los años 60 un experimento con una bomba de rayos gamma dispuesta en el centro de un bosque en forma de laberinto circular e inspirado en el espíritu de los "átomos para la paz", en este caso dedicado a la mejora de la producción agrícola. En definitiva, un fruto colateral de la Guerra Fría que dejó huella en nuestro término municipal y que salvo crónicas tan detalladas como la que nos regaló hace unos años el concienzudo historiador y escritor Daniel López-Serrano 'Canichu' en su blog de noticias de "espía"  apenas es conocido y divulgado.

Bien podría corregirse ahora esa ignorancia convirtiéndole en la parada final de un fascinante paseo por la historia y la naturaleza en el solitario extremo nororiental de la ciudad; un viaje hasta los días de cielo con el pórtico del C-101 y el parque del comandante Garvalena, 

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Alcalá y el Español de la Oficina

Este 29 de septiembre, un San Miguel más, y ya van 474, se conmemora el cumpleaños de Miguel de Cervantes, aunque las celebraciones oficiales y festivas se arremolinarán en torno al 9 de octubre, día del bautismo y única fecha cierta de la venida al mundo del escritor, como viene siendo tradición en Alcalá. Y no es tradición reciente ni mucho menos, pues desde hace más de 150 años ese día está señalado en el almanaque local. Bien es verdad que la celebración en los últimos años del Mercado del Quijote (o Medieval, como lo conoce todo el mundo) ha diluido ese añejo origen. Pero ahí está y seguirá estando. Y no solo para la gloria local, sino como un noble pretexto para festejar la existencia de un icono de las letras universales y en particular de la lengua española. Una circunstancia que, de manera tan torpe como incomprensible, ha sido ignorada por la controvertida Oficina del Español que acaba de presentar el Gobierno de la Comunidad de Madrid.


Cartel anunciador de Alcalá (Foto: Ayuntamiento de Alcalá)

Porque si de verdad el propósito de este organismo es "convertir a la Comunidad de Madrid en la capital europea del español", como se ha proclamado, resulta chocante que no se haya enarbolado la figura de Cervantes y lo que representa, ni tampoco se haya contado con Alcalá, que es mucho más que la patria chica eventual del Príncipe de los Ingenios. Y no por chovinismo rancio, sino porque es notoria la aportación de legados únicos a la empresa de promocionar la lengua y la cultura españolas en el mundo.

Claro que si desde la Administración regional se desprecia el valor simbólico de haber sido cuna, y no solo tumba, del autor del universal Quijote, no se puede esperar mucho más del reconocimiento debido a otros hitos también circunstanciales pero muy poderosos. Como por ejemplo el de haber sido Alcalá, la Comunidad de Madrid por tanto, escenario de la primera entrevista entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón. 

Tres meses, dictan las crónicas, esperó el navegante en un hospedaje cercano al palacio de los Arzobispos de Toledo en esta curva del Henares a que la reina Isabel diera a luz a su última hija, la infanta Catalina, futura reina de Inglaterra, y reanudaran las audiencias para poder contarles su proyecto de trazar una nueva ruta hacia las Indias surcando el océano en dirección a Occidente. Y el comienzo del sueño americano y del concepto de "Hispanidad" que la presidenta Isabel Díaz Ayuso está vendiendo en su gira por Estados Unidos, nació en la fría mañana del viernes 20 de enero de 1486, cuando Colón, arrodillado en un cojín, contó su aventura y pidió amparo a unos perplejos reyes, que presidían en altos sillones el desaparecido salón de San Diego del palacio complutense.

Menos de medio siglo después de aquella primera entrevista, a apenas medio kilómetro de ese escenario, ya funcionaba a pleno rendimiento el colegio fundacional de una universidad que serviría de soporte intelectual a la empresa de las Américas, así como de modelo cultural para las primeras fundaciones académicas en la otra orilla. El águila bicéfala estampada en la parte superior de la fachada recordaba, por otra parte, el poder terrenal que todo lo sustentaba y que tenía su centro telúrico a menos de cien kilómetros, pero también sin salir de la Comunidad de Madrid: el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.


Escudo imperial que remata la fachada del Colegio Mayor de San Ildefonso (foto: Universidad de Alcalá)

Quinientos años después, este monasterio y aquel colegio, el de San Ildefonso, atesoran la declaración de Patrimonio Mundial. Y en este último caso, dos de los tres criterios que expertos de la Unesco esgrimieron para concederle valor de universalidad fueron, literalmente, su contribución al desarrollo de la lengua española y la proyección de ésta y de la cultura española en el mundo, empezando por América.

Obviar por parte del Gobierno regional esa valiosa herencia, única e intransferible, es un desperdicio difícil de entender e incluso de tolerar. Y no se trata de protestar desde Alcalá por la 'contraprogramación' que se ejerce desde Sol organizando un festival de la Hispanidad -con casi un centenar de actividades y todas, increíblemente, en la capital- que coincide con la Semana Cervantina y el Mercado alcalaínos, como se ha quejado lastimeramente el Gobierno municipal complutense. La reclamación ha de ser mucho más ambiciosa.

Al menos Toni Cantó, responsable máximo de la oficina, no puede alegar ignorancia porque conoce la ciudad de mucho antes de visitarla como político. El fue uno de los actores que participó en la edición pionera del festival Clásicos en Alcalá en 2001, enrolado en el elenco de una versión de Las amistades peligrosas. Y tres años más tarde presentó la ceremonia de los Premios Ciudad de Alcalá, galardones culturales con más de medio siglo de trayectoria, de los más veteranos de la región. Y solo son dos ejemplos de lo mucho de lo que ha sido actor y testigo aquí.


Cartel de despedida en una autovía de la región

A no ser, claro, que haya otros objetivos e intereses en juego, y que la promoción cultural y económica desde la lengua en la región -una meta, por otro lado, que ya se le presumía al Gobierno autonómico- responda a otras intenciones que desconocemos. El tiempo lo dirá. Pero de momento, resulta tan evidente como chocante que el español del que habla el Ejecutivo autonómico y que ha justificado la creación de su oficina, no sea el mismo de Alcalá y del resto del área metropolitana. Responde a la misma gramática extraña y excluyente que se plasma en los discursos y soflamas oficiales e incluso en  esos carteles de entrada y salida de la Comunidad en las autovías radiales donde solo pone Madrid bajo siete estrellas de blanco con fondo rojo. 

miércoles, 21 de julio de 2021

La hija de Cervantes y el amor en los tiempos de la peste

Hamnet y Hamlet eran nombres equivalentes, dos formas perfectamente intercambiables en la Inglaterra del siglo XVI. Así lo aclara la escritora Maggie O’Farrell al comienzo de su libro Hamnet, una de las novelas más aclamadas por críticos y lectores en Europa en los últimos meses. En ella se fabula sobre los orígenes familiares de William Shakespeare en Stratford, así como sobre su boda con la indomable y magnética Agnes, sus inicios como autor-actor en los corrales de comedias de un sucio y caótico Londres y, ante todo, su honda herida por el fatal destino de su malogrado hijo Hamnet.


La sobrina de Alonso Quijano, asomada a una ventana, en un grabado de una edición española del Quijote de 1904 (cervantesvirtual.com)


Aunque se trata de una ficción, el hechizante relato de O’Farrell permite evocar los duros contrastes que existieron entre la fastuosa imaginación y el talento único que Shakespeare plasmó en sus universales comedias y tragedias, repletas de historias, personajes y pasiones formidables; y las miserias, amarguras y crueldades que jalonaron su vida y la de sus allegados.

Esa distancia entre vida de penalidades y obra luminosa, así como la dificultad de reconstruir una biografía nebulosa, son también comunes con el otro gran coloso del momento y de todo tiempo, nuestro Miguel de Cervantes

Como el bardo de Stratford, el de la alcalaína calle de la Imagen nunca logró erigir un edificio familiar sólido, equilibrado y protector. Más bien lo contrario. Y particularmente frustrante y dolorosa fue la convivencia con su única descendiente.


Portada de 'Hamnet', de Maggie O'Farrell (Libros del Asteroide)

Entre los muchos defectos y fracasos que acarreó a lo largo de su vida el manco de Lepanto, la relación con su hija representó una de las mayores cargas. Isabel de Saavedra, que así se llamó, fue fruto de una relación extramatrimonial y no fue reconocida hasta los 14 años, razones que pueden explicar en parte el tenso vínculo entre hija y padre. A recopilar datos que soporten esas razones y a buscar nuevas informaciones sobre la no menos desgraciada vida de la única descendiente del alcalaíno más universal dedicó uno de sus libros Emilio Maganto Pavón (Madrid, 1943), urólogo, exprofesor de la Universidad de Alcalá e investigador cervantista.

Isabel de Saavedra. Los enigmas en la vida de la hija de Cervantes (Editorial Complutense) es el título de esta obra, que vio la luz en 2013 y en cierto modo es continuación del libro que Maganto dedicó un par de años antes a su madre y amante del autor del Quijote, Ana Villafranca o Ana Franca. Once archivos y bibliotecas, además de un sinfín de libros de los siglos XVI y XVII de iglesias de la capital, rastreó el estudioso para reunir documentación inédita sobre Isabel, nacida en Madrid en 1584 y fallecida en la misma ciudad en 1652.

Los datos recabados por el investigador permitieron reconstruir distintas partes de su biografía, especialmente hasta los 14 años, habiendo localizado incluso su partida bautismal. También compiló abundante información sobre la familia de su madre, una mujer a la que Cervantes conoció después de concluir su cautiverio en Argel en 1580 y con la que mantuvo una relación fugaz y clandestina, pues ella estaba casada con Alonso Rodríguez, que regentaba una taberna frecuentada por gentes del teatro y de las letras.

Durante el breve idilio fue concebida la niña, de la que se desentendió el escritor de inmediato, así como de su madre, ya que el nacimiento vino a coincidir con el éxito de su primera novela, La Galatea, y su compromiso matrimonial con Catalina de Salazar, que acabó resultando un fiasco, pues al parecer estuvo más inspirado por las conveniencias económicas que por el enamoramiento.

En 1598 murió Ana y al año siguiente Cervantes se decidió a asumir sus responsabilidades como padre. Eso sí, reclamó a su hija a través de su hermana Magdalena, que la puso a su servicio, y le dio su segundo apellido, Saavedra. "Es difícil en la época actual sopesar cómo vería Cervantes sus obligaciones como padre y el tenerse que hacer cargo de ella al fallecer su amante", indica Maganto, aunque los hechos comprobados resultan de lo más elocuentes: "Lo que parece evidente es que Cervantes no la reclamó cuando murió el padre putativo de Isabel, Alonso Rodríguez, en 1590. Después, esperó más de un año para reclamarla y no quiso estar presente en tan honroso acontecimiento. Por otra parte, la reconoció de forma implícita, es decir, no dándole su primer apellido, sino el de Saavedra, y siempre por intermedio de su hermana Magdalena. Todo esto lo sabía su hija y nunca se lo perdonó. Para mí, son demasiadas contradicciones que no pueden explicarse solo por miedo a que su esposa Catalina se enterase".


El hidalgo, buscando la cámara donde guardaba sus libros, en una ilustración de una edición inglesa del Quijote de 1886 (cervantesvirtual.com)

Sea como fuere, lo cierto es que todos aquellos sucesos emponzoñaron los lazos de Cervantes con su hija, que ya arrastraba bastante sufrimiento a consecuencia de la mala vida en la taberna, hasta conformar una "personalidad perversa" y cargada de "resentimiento" que, según el cervantista, Isabel  no solo dirigió contra su padre, sino "contra todos los hombres que se cruzaron en su vida".

A la luz de esta investigación, no hay rastro idílico de la convivencia de Cervantes con su hija, que más bien se convirtió en otra pesadilla en su vida. "El rencor fue una de las principales señas de identidad de aquella hija que amargó la vejez de su padre y que, pese a la opinión de la mayoría de los historiadores, nunca estuvo conforme ni a gusto en el seno familiar de los Cervantes", sentencia Maganto.

Con semejante desarmonía familiar, era difícil que el linaje cervantino se perpetuara. Y así parece que sucedió. Porque, por más que en algún momento se haya alentado la idea de que la estirpe del escritor ha podido llegar hasta nuestros días, los documentos son tercos: el Príncipe de los Ingenios apenas dejó linaje. Isabel, su única descendiente conocida y reconocida –se ha especulado con la existencia de un hijo en Nápoles, fruto de una aventura similar a la de Ana Villafranca, pero no se han encontrado pruebas fiables de ello- le dio una nieta, Isabel Sanz de Saavedra, fruto de su relación adúltera con su amante, Juan de Urbina, ya que ella estaba casada en primeras nupcias con Diego Sanz del Águila. Pero la pequeña Isabel murió con dos años. Isabel tuvo un segundo marido, Luis de Molina, pero el matrimonio no dejó hijos. 

De esta última relación, Maganto tiene la sospecha de que Isabel estuvo separada totalmente del esposo y vivía sola: "Su matrimonio solo fue de tipo judicial para entablar pleitos en contra de su examante y para lucrarse, ya que era un matrimonio impuesto y por contrato notarial”. 


 Portada de la iglesia del Convento de Carmelitas Descalzas de la Concepción o de la Imagen, donde profesó como monja Luisa, hermana de Miguel de Cervantes (cvc.cervantes.es)

En relación a otros descendientes posibles del escritor, está probado que su estirpe se extinguió a su muerte en 1616. Con su esposa Catalina no tuvo hijos y al parecer tampoco los tuvo su sobrina Constanza de Ovando, hija de su hermana Andrea, la única de las hermanas de Cervantes que dejó una descendiente, bastarda para más señas. Junto a Magdalena conformaron el conocido trío de ‘Las Cervantas’, envueltas siempre en un halo de sordidez.

Mención aparte merece Luisa, cuyo mundo se redujo a unas pocas decenas de metros toda su vida: fue monja carmelita en el convento de la calle de la Imagen, llegando a ser su priora –sus huesos han de permanecer aún en su osario, mezclados con los de decenas de hermanas, de ahí que fuera imposible contar con ellos durante la fiebre por la identificación y localización de los restos de Cervantes en la cripta del madrileño convento de las Trinitarias desatada en 2014 y de las que nunca más se supo-.

Con semejante entorno familiar, no sorprende y a la vez admira que Miguel de Cervantes se evadiera habitando el mundo liberador de la creación literaria. Los amores imperfectos y las pasiones más bajas, pero amores y pasiones al cabo, quedaban para su día a día, que era bastante más duro, precario y azaroso que el del presente. Juzgarlo con valores y criterios de hoy no deja de ser un sinsentido.

Las desdichas de Isabel y las de Hamnet mortificaron de manera inimaginable a sus célebres progenitores en unas vidas que, con sus golpes de fortuna y con todos sus destellos de gloria incluidos, transcurrían entre rigores de supervivencia en los implacables tiempos de la peste.

miércoles, 30 de junio de 2021

Alcalá, San Diego, California y el hombre que pudo reinar

Hace unos días derribaban una estatua de Cristóbal Colon en la ciudad colombiana de Barranquilla. Al grito de “Colón asesino”, la turba arrancó la cabeza de la efigie y la arrastró por las calles. Se trata del penúltimo acto -vandálico en este caso- para tratar de borrar la huella hispánica en América, un movimiento que se ha acentuado en los últimos tiempos y que tiene seguidores desde la Patagonia a los ricos estados del Norte. En California, por ejemplo, la pasada primavera un concejal de la ciudad de San Diego se significó por iniciar una campaña para eliminar todas las referencias a España en el escudo de la ciudad, porque “glorifica a los que robaron” y “ocuparon la tierra”. Claro que de no ser por la presencia española la próspera ciudad que habita el concejal y casi millón y medio de almas más no existiría. Y a su vez San Diego no sería tal sin la existencia de Alcalá de Henares.


Aspecto del skyline del centro financiero de San Diego (viajarsandiego.com)

El corazón de esta ciudad es la misión que unos religiosos franciscanos fundaron en 1769 y que consagraron a la advocación de un franciscano de pro como San Diego de Alcalá, dentro de la campaña evangelizadora y militar ordenada por Carlos III, uno de los primeros reyes borbones, para la costa oeste de Norteamérica. Hoy el templo y su recinto es monumento nacional. Y la Universidad Católica de la ciudad se halla en un área conocida como Parque Alcalá.

Por eso, cada cierto tiempo visitan el patio complutense y, en particular, la Catedral Magistral donde reposa la momia del venerable franciscano grupos de californianos deseosos de conocer sus raíces. Este vínculo pudo haber sido más estrecho de haber fructificado el hermanamiento entre ambas ciudades que tuvo como mediador a un peculiarísimo personaje, Alfonso de Bourbon, que presumía de ser familiar directo del rey Juan Carlos y que falleció hace casi una década.


Entrada a la Misión de San Diego (missionsandiegohistory.org)

Aseguraba ser el hijo de Alfonso de Borbón, primogénito de Alfonso XIII, aunque no poseía más prueba de ello que el asombroso parecido físico con su abuelo. Alfonso de Bourbon Sampedro, que tal era el nombre del supuesto primo del rey emérito Juan Carlos –y descendiente, por tanto, del rey ilustrado que ordenó conquistar la fachada continental al Pacífico antes de que se le adelantara el imperio ruso-, nunca reivindicó sus derechos al trono español, pero se ganó la vida valiéndose con mucha maña de su planta y modales aristocráticos y de una cultura cosmopolita entre la alta sociedad de San Diego, donde se instaló en 1975 tras criarse en Suiza, estudiar en La Sorbona y Heidelberg y trabajar como traductor para la ONU en Nueva York. Y el mayor ejemplo de su implicación en la comunidad sandieguina fue su intento de hermanarla con Alcalá, la ciudad donde se custodian los restos del santo, hace cuarenta años.

Su mediación no tuvo fruto pero fue recordada con ocasión de su muerte en los primeros días de 2012, ocurrida en trágicas circunstancias en el exclusivo distrito de La Jolla, donde residía. Porque el elegante y educado Bourbon murió arrollado por un camión cuando se entregaba a su afición por rebuscar en los contenedores de basura de su selecta barriada. En las crónicas de los periódicos de San Diego calificaron con indulgencia de "extraña costumbre" la manía de su distinguido y entrañable vecino, al que conocían como 'El Conde' o 'El Príncipe', habitual de las bibliotecas y las librerías y también de las fiestas más exclusivas, a las que acudía sin invitación, y restaurantes de lujo, donde pedía a sus amigos que le convidaran.


Alfonso de Bourbon, en una foto de comienzos de los años 70 (foto: 'Mujer Hoy')

De ese punto excéntrico también hizo gala en sus visitas a Alcalá a comienzos de los años 80, cuando actuó de enlace entre el Ayuntamiento de San Diego y Alcalá. El Cronista de la Ciudad, Vicente Sánchez Moltó, recuerda al menos tres estancias de Alfonso de Bourbon en la ciudad complutense entre 1980 y 1983, siendo alcalde Carlos Valenzuela y concejal de Cultura, José María Bustamante. El nunca aclaró ante los munícipes el parentesco que tenía con la familia real española; simplemente afirmaba que tenía relación con ella. “Vestía de manera elegante, era una persona muy educada y hablaba perfectamente castellano, aunque con un fuerte acento extranjero. De hecho, nos corregía cada vez que le presentábamos como Alfonso de Borbón. Él aclaraba que su apellido era como el original francés, Bourbon", rememora Moltó.

El hermanamiento no se pudo consumar por razones puramente económicas: "Solo el coste de los viajes a California era inasumible para un ayuntamiento que apenas tenía dinero y que se veía acuciado por necesidades mucho más urgentes en la ciudad", explica el cronista, evocando aquel Alcalá con barrios aún en construcción, equipándose a duras penas de colegios, ambulatorios, líneas de autobuses y hasta redes de saneamiento y agua corriente. Así las cosas, al aristocrático ‘embajador’ californiano no hubo más remedio que darle largas y el vínculo entre las dos ciudades quedó ceñido a las visitas que con cierta regularidad hacían, y aún hacen, grupos de sandieguinos a Alcalá.


San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, obra de Bartolomé Esteban Murillo (1645)

Muchos vinieron recomendados por el propio Alfonso de Bourbon, que llegó a presidir la sociedad Ciudades Hermanas San Diego-Alcalá y que, en la medida de sus posibilidades, divulgó la historia y la cultura española entre sus convecinos apelando a su linaje y sus raíces familiares. Y eso que, de ser ciertos éstos, más bien deberían haberle producido rencor y amargura. Porque, según su testimonio, él fue el fruto del matrimonio entre Alfonso de Borbón y Battenberg, que renunció a todos sus derechos al trono español, y Edelmira Sampedro, heredera de una rica familia cubana. Nació en la ciudad suiza de Lausana y al poco de llegar al mundo fue entregado a una comunidad de monjas. No conoció a su padre, que murió en un accidente de tráfico en Miami cuando él tenía seis años; y su madre se desentendió de él, dejándole a cargo de las religiosas, que lo criaron. Oficialmente la pareja no tuvo hijos.

Fueron las monjas las que le contaron esta historia, aunque siempre careció de documentos que acreditaran su filiación. Lo único que esgrimía era una pequeña foto de su abuelo Alfonso XIII, que siempre llevaba en el bolsillo, para demostrar que, en efecto, era su vivo retrato.

Justo es señalar, por otra parte, que el interés de la comunidad sandieguina por conocer más de los orígenes y la toponimia de su ciudad vienen de antes de la aparición de Alfonso de Bourbon. Por ejemplo, fue en los años 60 del pasado siglo cuando James S. Copley, un magnate de la prensa de San Diego y político republicano, residente como Bourbon en La Jolla, se interesó por Alcalá. Y de aquello quedó como testimonio permanente una estatua del santo que donó a la ciudad en 1964 y que se puede admirar actualmente en el patio de Mataperros de la ermita de los Doctrinos. En su pedestal se puede leer la siguiente leyenda: "Este monumento costeado por James S. Copley ha sido erigido en memoria del santo cuyo nombre lleva la ciudad de San Diego de California". 



La estatua de San Diego, en el patio de la ermita de los Doctrinos (foto: Dream Alcalá)

Allá, tal y como se están poniendo las cosas para la memoria y la historia hispana, las tres fieras quimeras que hacen guardia en el recoleto corral alcalaíno no le vendrían mal a una efigie del humilde fraile, “siervo pequeñito y abandonado”, según la gráfica descripción que hizo el papa en su bula de canonización, y aun así santo prodigioso. Porque dar nombre a una moderna y pujante ciudad al otro lado del mundo no es poco milagro.


miércoles, 24 de febrero de 2021

La inesperada mudanza de la familia Madrazo al olvidado palacio de los Casado

Hace once años asomaron por Alcalá. Los caballeros con su rostro adusto, sonrisas leves en las mujeres, graves y estirados los niños; todos elegantes y dignos. Eran los Madrazo, 80 en total. 80 cuadros como 80 ventanas a buena parte de la mejor pintura del XIX en España y a algunos de los personajes más destacados del siglo. La fastuosa colección de la célebre saga de artistas se alojó en el hospital de Santa María la Rica, aunque su destino era otro viejo hospital alcalaíno, el de San Lucas y San Nicolás, también conocido como palacio de los Casado o del marqués de Morante. Así lo acordaron la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Alcalá. Pero tras aquella ilusionante estancia en los primeros meses de 2010, los Madrazo se marcharon. Y no han regresado.



Algunos de los cuadros de la colección Madrazo, antes de abandonar la caja familiar y pasar a propiedad 
de la Comunidad de Madrid (foto: Juan Manuel Castro Prieto)

Muchos aún recordarán aquella suntuosa exposición de Santa María la Rica, con los magníficos retratos luciendo sobre fondos verdes y rojos. Un escenario donde la entonces presidenta regional, Esperanza Aguirre, y el entonces alcalde, Bartolomé González, rubricaron el acuerdo para la creación del museo Madrazo en Alcalá, la culminación a varios meses de negociaciones.

Cuatro años antes de aquella firma, en 2006, el Gobierno regional se hizo con la colección, de 84 cuadros en total, representantes de todas las tendencias pictóricas decimonónicas: el Neoclasicismo del patriarca de la saga, José de Madrazo Agudo, el Romanticismo de su hijo Federico de Madrazo Kuntz, las pinturas de encargo de Luis de Madrazo Kuntz, o el impresionismo de Raimundo y Ricardo de Madrazo Garreta.

La colección fue adquirida gracias a una dación en pago de impuestos por parte de los descendientes directos de los pintores: María Teresa de Madrazo y de Madrazo y su esposo, Mario de Daza y Campos. Ambos conservaban en su casa de Madrid estas pinturas, componiendo una exposición doméstica llena de encanto, como testimonió el fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto, Premio Nacional de Fotografía, en un extraordinario reportaje gráfico.



La marquesa de Branciforte, retratada por José de Madrazo (1812). A la derecha, Luisa, Rosa y Raimundo de Madrazo, posando para su padre, Federico de Madrazo (1845).  

Tras un par de exposiciones temporales, el Gobierno regional decidió buscarle acomodo permanente a la colección. Alcalá, el "Oxford de la Comunidad de Madrid" en aquellos tiempos, apareció como destino en 2009. Se examinaron varias localizaciones posibles en el centro histórico complutense pero finalmente se escogió el viejo palacete de la plaza de Atilano Casado, comprado por el Consistorio complutense en tiempos del alcalde Manuel Peinado y recién remozado entonces.

Además de aliviar sus estructuras, aquella restauración sirvió ante todo para reivindicar la importancia histórica del edificio, heredero de una fundación cisneriana de 1513 para cuidar a los estudiantes pobres y enfermos. Dos importantes hallazgos vinieron a reafirmar esa importancia: sendas esculturas de San Lucas y San Nicolás de casi un metro de altura, realizadas a mediados del siglo XVI; y una lápida funeraria de mármol de Gabriel de Zayas, secretario del rey Felipe II.



Aspecto parcial de la fachada del hospital de San Lucas y San Nicolás, en la plaza de Atilano Casado (foto: Ayuntamiento de Alcalá).

El aspecto actual del caserón, de inspiración neoclásica -con las columnas adosadas en la entrada y a alternancia frontones curvos y triangulares en las ventanas del piso superior-, es fruto de la reforma emprendida por el marqués de Morante, propietario del mismo en la segunda mitad del siglo XIX. Un detalle histórico y estético que también adornaba la acogida de esta colección pictórica, toda vez, además, de que el edificio estaba destinado a usos culturales. El Museo de la Ciudad o el Museo de la Lengua fueron algunos de los servicios que se barajaron para el palacete.

Pero si estos museos siempre se antojaron el fruto etéreo de brindis espumosos, pues nunca se aportaron detalles precisos, en el caso del Museo Madrazo no se albergaban dudas pues se poseía le esencial: el contenido, con las obras. Solo se trataba de remozar el interior del edificio con pericia y buen gusto, pues adolece de limitaciones físicas pese a su rotundo aspecto exterior y su inmejorable ubicación. Y también se había de diseñar un cuidado proyecto museístico que permitiera, a partir de la colección pictórica, reflexionar sobre la historia y la sociedad del XIX. 

Era, asimismo, una gran ocasión para reivindicar un siglo especialmente nefasto para Alcalá, el del cierre de la universidad, pero también el de la 'ciudad cuartel', la llegada del ferrocarril, el surgimiento de una pequeña oligarquía burguesa y también los primeros movimientos sociales.



Aspecto que presenta el jardín trasero del hospital de San Lucas en la actualidad.

Pero la inversión necesaria para el remozamiento definitivo y el proyecto museístico fue tardando en llegar; la colección viajó por otros lugares de España; la crisis cayó a plomo; las prioridades políticas e institucionales marcharon por otros derroteros.... Hasta hoy.

El viejo hospital de San Lucas y San Nicolás continúa cerrado a cal y canto. Y los retratos y pinturas de los Madrazo deben estar cogiendo polvo en algún almacén desconocido.  Aunque había un acuerdo firmado, no hay quien se acuerde de él ni a quien le importe. Al fin y al cabo, su visita a Alcalá fue inesperada. Y ahora nadie les espera. 

miércoles, 7 de octubre de 2020

Todas las casas de Cervantes

En 1752 se tuvo la primera noticia fiable de que Miguel de Cervantes, el inmortal autor de El Quijote, había nacido en Alcalá de Henares con el hallazgo de su partido de bautismo. Pero tuvieron que pasar doscientos años para que se conociera la casa complutense donde vino al mundo y dio sus primeros pasos, se reconstruyera con más que dudoso gusto y se convirtiera en uno de los museos más visitados de la Comunidad de Madrid. 

Fachada de la Casa Natal (Foto: www.museocasanataldecervantes.org)

El investigador local, José María San Luciano (Alcalá de Henares, 1950), rastreó, reunió y documentó todas las vicisitudes de esos dos siglos en el libro La Casa de Cervantes en Alcalá de Henares y el Día de la Provincia (Domiduca Libreros, 2012); el relato de un largo y fatigoso empeño colectivo que se vio culminado el 9 de octubre de 1956.

Ese día se inauguró como "museo y biblioteca" la actual casa de la calle Mayor, siendo el acto central de los actos del Día de la Provincia, evento que tenía por objeto en aquellos años previos al Desarrollismo la revitalización del deprimido entorno rural de la capital. Y el celebérrimo escritor, cómo no, fue el personaje al que se abrazó Alcalá para este menester, poniéndose broche así a las dos centurias de búsqueda del lugar donde honrar y aprovechar el tirón, o viceversa, del alcalaíno más universal.

Esa búsqueda comenzó primero por la localización del hogar de la familia Cervantes, un largo proceso que San Luciano detalla con precisión en su libro. Porque fue en el primer tercio del siglo XIX cuando se dieron las primeras intentonas de hallar la finca en cuestión, con el propósito de restaurarla y erigir en ella un museo-biblioteca en honor al autor de La Galatea.


Placa colocada en la casa que durante un siglo se consideró, equivocadamente, que fue el hogar de la familia Cervantes, en la actual calle Cervantes Foto: Fototeca de IPCE)

Así, la 'primera casa' se ubicó en la calle Cervantes, en la huerta del antiguo Convento de los Capuchinos, un solar que ocupa en el presente el Teatro Salón Cervantes. Una creencia popular sin ningún fundamento histórico sólido señalaba que ahí estuvo el primer hogar de los Cervantes. Un prohombre local y cervantista entusiasta, Mariano Gallo, se aferró a esa tradición local y promovió que en 1846 se colocara una placa conmemorativa en la tapia de ese solar, así como que se cambiara el nombre de la vía, conocida hasta entonces calle de la Tahona.

Apareció más tarde el abogado Ramírez de Villaurrutia, que en 1872 se ofreció a sufragar una biblioteca cervantina en un caserón de la calle Escritorios. Y metidos ya en el siglo XX se alentaron más proyectos, como el de instalar un museo cervantino en alguna de las salas de la vieja Universidad Cisneriana. La búsqueda concluyó cuando el biógrafo Luis Astrana Marín encontró en 1941 las primeras pruebas documentales que emplazaban la casa de los Cervantes en el número 2 de la calle de la Imagen.

Tuvieron que pasar, no obstante, quince años más para que el museo biblioteca viera la luz tras una compleja y onerosa compra del edificio por parte del Ayuntamiento, en especial de la crujía que daba a la calle Mayor, dado el empeño de los restauradores de 'darle entrada' a la casa por la emblemática vía, convirtiéndose en su número 48.

Y no fue éste el único capricho de los encargados del proyecto de reedificación de la finca, bajo el amparo ya del Ministerio de Educación Nacional. Se barajaron ideas tan disparatadas como la de desmontar y trasladar la majestuosa fachada de la Casa de los Lizana, con sus leones rampantes, con la idea de dar el mayor empaque a la casa. Sí se reutilizaron algunas columnas de los patios renacentistas del devastado palacio Arzobispal para adornar la casa, y se le adosó, casi como un postizo, un pequeño jardín.


El número 2 de la calle de la Imagen, la entrada auténtica a la casa de los Cervantes, en una imagen de la posguerra (Foto: Fototeca IPCE)


El resultado fue un pastiche que todavía hoy sigue provocando controversia, así como el rechazo de muchos alcalaínos y visitantes, que consideran la casa una estafa.

En cambio, otros muchos miran con indulgencia el 'chalé' de Cervantes, gestionado desde hace más de treinta años por la Comunidad de Madrid. Estos defensores, como San Luciano, argumentan con criterio que la estructura de la casa original donde vieron las primeras luces Miguel y algunos de sus hermanos continúa existiendo, a pesar de todas las imposturas arquitectónicas.

Y éstas, al fin y al cabo, no dejan de ser el producto de los afanes y de los sueños de los alcalaínos de aquella gris y empobrecida Alcalá de la posguerra por darle brillo y encanto a la casa de su paisano más ilustre. Y qué menos que un palacete reinventado sobre una humilde y añeja casa de vecindad.