miércoles, 21 de julio de 2021

La hija de Cervantes y el amor en los tiempos de la peste

Hamnet y Hamlet eran nombres equivalentes, dos formas perfectamente intercambiables en la Inglaterra del siglo XVI. Así lo aclara la escritora Maggie O’Farrell al comienzo de su libro Hamnet, una de las novelas más aclamadas por críticos y lectores en Europa en los últimos meses. En ella se fabula sobre los orígenes familiares de William Shakespeare en Stratford, así como sobre su boda con la indomable y magnética Agnes, sus inicios como autor-actor en los corrales de comedias de un sucio y caótico Londres y, ante todo, su honda herida por el fatal destino de su malogrado hijo Hamnet.


La sobrina de Alonso Quijano, asomada a una ventana, en un grabado de una edición española del Quijote de 1904 (cervantesvirtual.com)


Aunque se trata de una ficción, el hechizante relato de O’Farrell permite evocar los duros contrastes que existieron entre la fastuosa imaginación y el talento único que Shakespeare plasmó en sus universales comedias y tragedias, repletas de historias, personajes y pasiones formidables; y las miserias, amarguras y crueldades que jalonaron su vida y la de sus allegados.

Esa distancia entre vida de penalidades y obra luminosa, así como la dificultad de reconstruir una biografía nebulosa, son también comunes con el otro gran coloso del momento y de todo tiempo, nuestro Miguel de Cervantes

Como el bardo de Stratford, el de la alcalaína calle de la Imagen nunca logró erigir un edificio familiar sólido, equilibrado y protector. Más bien lo contrario. Y particularmente frustrante y dolorosa fue la convivencia con su única descendiente.


Portada de 'Hamnet', de Maggie O'Farrell (Libros del Asteroide)

Entre los muchos defectos y fracasos que acarreó a lo largo de su vida el manco de Lepanto, la relación con su hija representó una de las mayores cargas. Isabel de Saavedra, que así se llamó, fue fruto de una relación extramatrimonial y no fue reconocida hasta los 14 años, razones que pueden explicar en parte el tenso vínculo entre hija y padre. A recopilar datos que soporten esas razones y a buscar nuevas informaciones sobre la no menos desgraciada vida de la única descendiente del alcalaíno más universal dedicó uno de sus libros Emilio Maganto Pavón (Madrid, 1943), urólogo, exprofesor de la Universidad de Alcalá e investigador cervantista.

Isabel de Saavedra. Los enigmas en la vida de la hija de Cervantes (Editorial Complutense) es el título de esta obra, que vio la luz en 2013 y en cierto modo es continuación del libro que Maganto dedicó un par de años antes a su madre y amante del autor del Quijote, Ana Villafranca o Ana Franca. Once archivos y bibliotecas, además de un sinfín de libros de los siglos XVI y XVII de iglesias de la capital, rastreó el estudioso para reunir documentación inédita sobre Isabel, nacida en Madrid en 1584 y fallecida en la misma ciudad en 1652.

Los datos recabados por el investigador permitieron reconstruir distintas partes de su biografía, especialmente hasta los 14 años, habiendo localizado incluso su partida bautismal. También compiló abundante información sobre la familia de su madre, una mujer a la que Cervantes conoció después de concluir su cautiverio en Argel en 1580 y con la que mantuvo una relación fugaz y clandestina, pues ella estaba casada con Alonso Rodríguez, que regentaba una taberna frecuentada por gentes del teatro y de las letras.

Durante el breve idilio fue concebida la niña, de la que se desentendió el escritor de inmediato, así como de su madre, ya que el nacimiento vino a coincidir con el éxito de su primera novela, La Galatea, y su compromiso matrimonial con Catalina de Salazar, que acabó resultando un fiasco, pues al parecer estuvo más inspirado por las conveniencias económicas que por el enamoramiento.

En 1598 murió Ana y al año siguiente Cervantes se decidió a asumir sus responsabilidades como padre. Eso sí, reclamó a su hija a través de su hermana Magdalena, que la puso a su servicio, y le dio su segundo apellido, Saavedra. "Es difícil en la época actual sopesar cómo vería Cervantes sus obligaciones como padre y el tenerse que hacer cargo de ella al fallecer su amante", indica Maganto, aunque los hechos comprobados resultan de lo más elocuentes: "Lo que parece evidente es que Cervantes no la reclamó cuando murió el padre putativo de Isabel, Alonso Rodríguez, en 1590. Después, esperó más de un año para reclamarla y no quiso estar presente en tan honroso acontecimiento. Por otra parte, la reconoció de forma implícita, es decir, no dándole su primer apellido, sino el de Saavedra, y siempre por intermedio de su hermana Magdalena. Todo esto lo sabía su hija y nunca se lo perdonó. Para mí, son demasiadas contradicciones que no pueden explicarse solo por miedo a que su esposa Catalina se enterase".


El hidalgo, buscando la cámara donde guardaba sus libros, en una ilustración de una edición inglesa del Quijote de 1886 (cervantesvirtual.com)

Sea como fuere, lo cierto es que todos aquellos sucesos emponzoñaron los lazos de Cervantes con su hija, que ya arrastraba bastante sufrimiento a consecuencia de la mala vida en la taberna, hasta conformar una "personalidad perversa" y cargada de "resentimiento" que, según el cervantista, Isabel  no solo dirigió contra su padre, sino "contra todos los hombres que se cruzaron en su vida".

A la luz de esta investigación, no hay rastro idílico de la convivencia de Cervantes con su hija, que más bien se convirtió en otra pesadilla en su vida. "El rencor fue una de las principales señas de identidad de aquella hija que amargó la vejez de su padre y que, pese a la opinión de la mayoría de los historiadores, nunca estuvo conforme ni a gusto en el seno familiar de los Cervantes", sentencia Maganto.

Con semejante desarmonía familiar, era difícil que el linaje cervantino se perpetuara. Y así parece que sucedió. Porque, por más que en algún momento se haya alentado la idea de que la estirpe del escritor ha podido llegar hasta nuestros días, los documentos son tercos: el Príncipe de los Ingenios apenas dejó linaje. Isabel, su única descendiente conocida y reconocida –se ha especulado con la existencia de un hijo en Nápoles, fruto de una aventura similar a la de Ana Villafranca, pero no se han encontrado pruebas fiables de ello- le dio una nieta, Isabel Sanz de Saavedra, fruto de su relación adúltera con su amante, Juan de Urbina, ya que ella estaba casada en primeras nupcias con Diego Sanz del Águila. Pero la pequeña Isabel murió con dos años. Isabel tuvo un segundo marido, Luis de Molina, pero el matrimonio no dejó hijos. 

De esta última relación, Maganto tiene la sospecha de que Isabel estuvo separada totalmente del esposo y vivía sola: "Su matrimonio solo fue de tipo judicial para entablar pleitos en contra de su examante y para lucrarse, ya que era un matrimonio impuesto y por contrato notarial”. 


 Portada de la iglesia del Convento de Carmelitas Descalzas de la Concepción o de la Imagen, donde profesó como monja Luisa, hermana de Miguel de Cervantes (cvc.cervantes.es)

En relación a otros descendientes posibles del escritor, está probado que su estirpe se extinguió a su muerte en 1616. Con su esposa Catalina no tuvo hijos y al parecer tampoco los tuvo su sobrina Constanza de Ovando, hija de su hermana Andrea, la única de las hermanas de Cervantes que dejó una descendiente, bastarda para más señas. Junto a Magdalena conformaron el conocido trío de ‘Las Cervantas’, envueltas siempre en un halo de sordidez.

Mención aparte merece Luisa, cuyo mundo se redujo a unas pocas decenas de metros toda su vida: fue monja carmelita en el convento de la calle de la Imagen, llegando a ser su priora –sus huesos han de permanecer aún en su osario, mezclados con los de decenas de hermanas, de ahí que fuera imposible contar con ellos durante la fiebre por la identificación y localización de los restos de Cervantes en la cripta del madrileño convento de las Trinitarias desatada en 2014 y de las que nunca más se supo-.

Con semejante entorno familiar, no sorprende y a la vez admira que Miguel de Cervantes se evadiera habitando el mundo liberador de la creación literaria. Los amores imperfectos y las pasiones más bajas, pero amores y pasiones al cabo, quedaban para su día a día, que era bastante más duro, precario y azaroso que el del presente. Juzgarlo con valores y criterios de hoy no deja de ser un sinsentido.

Las desdichas de Isabel y las de Hamnet mortificaron de manera inimaginable a sus célebres progenitores en unas vidas que, con sus golpes de fortuna y con todos sus destellos de gloria incluidos, transcurrían entre rigores de supervivencia en los implacables tiempos de la peste.

miércoles, 30 de junio de 2021

Alcalá, San Diego, California y el hombre que pudo reinar

Hace unos días derribaban una estatua de Cristóbal Colon en la ciudad colombiana de Barranquilla. Al grito de “Colón asesino”, la turba arrancó la cabeza de la efigie y la arrastró por las calles. Se trata del penúltimo acto -vandálico en este caso- para tratar de borrar la huella hispánica en América, un movimiento que se ha acentuado en los últimos tiempos y que tiene seguidores desde la Patagonia a los ricos estados del Norte. En California, por ejemplo, la pasada primavera un concejal de la ciudad de San Diego se significó por iniciar una campaña para eliminar todas las referencias a España en el escudo de la ciudad, porque “glorifica a los que robaron” y “ocuparon la tierra”. Claro que de no ser por la presencia española la próspera ciudad que habita el concejal y casi millón y medio de almas más no existiría. Y a su vez San Diego no sería tal sin la existencia de Alcalá de Henares.


Aspecto del skyline del centro financiero de San Diego (viajarsandiego.com)

El corazón de esta ciudad es la misión que unos religiosos franciscanos fundaron en 1769 y que consagraron a la advocación de un franciscano de pro como San Diego de Alcalá, dentro de la campaña evangelizadora y militar ordenada por Carlos III, uno de los primeros reyes borbones, para la costa oeste de Norteamérica. Hoy el templo y su recinto es monumento nacional. Y la Universidad Católica de la ciudad se halla en un área conocida como Parque Alcalá.

Por eso, cada cierto tiempo visitan el patio complutense y, en particular, la Catedral Magistral donde reposa la momia del venerable franciscano grupos de californianos deseosos de conocer sus raíces. Este vínculo pudo haber sido más estrecho de haber fructificado el hermanamiento entre ambas ciudades que tuvo como mediador a un peculiarísimo personaje, Alfonso de Bourbon, que presumía de ser familiar directo del rey Juan Carlos y que falleció hace casi una década.


Entrada a la Misión de San Diego (missionsandiegohistory.org)

Aseguraba ser el hijo de Alfonso de Borbón, primogénito de Alfonso XIII, aunque no poseía más prueba de ello que el asombroso parecido físico con su abuelo. Alfonso de Bourbon Sampedro, que tal era el nombre del supuesto primo del rey emérito Juan Carlos –y descendiente, por tanto, del rey ilustrado que ordenó conquistar la fachada continental al Pacífico antes de que se le adelantara el imperio ruso-, nunca reivindicó sus derechos al trono español, pero se ganó la vida valiéndose con mucha maña de su planta y modales aristocráticos y de una cultura cosmopolita entre la alta sociedad de San Diego, donde se instaló en 1975 tras criarse en Suiza, estudiar en La Sorbona y Heidelberg y trabajar como traductor para la ONU en Nueva York. Y el mayor ejemplo de su implicación en la comunidad sandieguina fue su intento de hermanarla con Alcalá, la ciudad donde se custodian los restos del santo, hace cuarenta años.

Su mediación no tuvo fruto pero fue recordada con ocasión de su muerte en los primeros días de 2012, ocurrida en trágicas circunstancias en el exclusivo distrito de La Jolla, donde residía. Porque el elegante y educado Bourbon murió arrollado por un camión cuando se entregaba a su afición por rebuscar en los contenedores de basura de su selecta barriada. En las crónicas de los periódicos de San Diego calificaron con indulgencia de "extraña costumbre" la manía de su distinguido y entrañable vecino, al que conocían como 'El Conde' o 'El Príncipe', habitual de las bibliotecas y las librerías y también de las fiestas más exclusivas, a las que acudía sin invitación, y restaurantes de lujo, donde pedía a sus amigos que le convidaran.


Alfonso de Bourbon, en una foto de comienzos de los años 70 (foto: 'Mujer Hoy')

De ese punto excéntrico también hizo gala en sus visitas a Alcalá a comienzos de los años 80, cuando actuó de enlace entre el Ayuntamiento de San Diego y Alcalá. El Cronista de la Ciudad, Vicente Sánchez Moltó, recuerda al menos tres estancias de Alfonso de Bourbon en la ciudad complutense entre 1980 y 1983, siendo alcalde Carlos Valenzuela y concejal de Cultura, José María Bustamante. El nunca aclaró ante los munícipes el parentesco que tenía con la familia real española; simplemente afirmaba que tenía relación con ella. “Vestía de manera elegante, era una persona muy educada y hablaba perfectamente castellano, aunque con un fuerte acento extranjero. De hecho, nos corregía cada vez que le presentábamos como Alfonso de Borbón. Él aclaraba que su apellido era como el original francés, Bourbon", rememora Moltó.

El hermanamiento no se pudo consumar por razones puramente económicas: "Solo el coste de los viajes a California era inasumible para un ayuntamiento que apenas tenía dinero y que se veía acuciado por necesidades mucho más urgentes en la ciudad", explica el cronista, evocando aquel Alcalá con barrios aún en construcción, equipándose a duras penas de colegios, ambulatorios, líneas de autobuses y hasta redes de saneamiento y agua corriente. Así las cosas, al aristocrático ‘embajador’ californiano no hubo más remedio que darle largas y el vínculo entre las dos ciudades quedó ceñido a las visitas que con cierta regularidad hacían, y aún hacen, grupos de sandieguinos a Alcalá.


San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, obra de Bartolomé Esteban Murillo (1645)

Muchos vinieron recomendados por el propio Alfonso de Bourbon, que llegó a presidir la sociedad Ciudades Hermanas San Diego-Alcalá y que, en la medida de sus posibilidades, divulgó la historia y la cultura española entre sus convecinos apelando a su linaje y sus raíces familiares. Y eso que, de ser ciertos éstos, más bien deberían haberle producido rencor y amargura. Porque, según su testimonio, él fue el fruto del matrimonio entre Alfonso de Borbón y Battenberg, que renunció a todos sus derechos al trono español, y Edelmira Sampedro, heredera de una rica familia cubana. Nació en la ciudad suiza de Lausana y al poco de llegar al mundo fue entregado a una comunidad de monjas. No conoció a su padre, que murió en un accidente de tráfico en Miami cuando él tenía seis años; y su madre se desentendió de él, dejándole a cargo de las religiosas, que lo criaron. Oficialmente la pareja no tuvo hijos.

Fueron las monjas las que le contaron esta historia, aunque siempre careció de documentos que acreditaran su filiación. Lo único que esgrimía era una pequeña foto de su abuelo Alfonso XIII, que siempre llevaba en el bolsillo, para demostrar que, en efecto, era su vivo retrato.

Justo es señalar, por otra parte, que el interés de la comunidad sandieguina por conocer más de los orígenes y la toponimia de su ciudad vienen de antes de la aparición de Alfonso de Bourbon. Por ejemplo, fue en los años 60 del pasado siglo cuando James S. Copley, un magnate de la prensa de San Diego y político republicano, residente como Bourbon en La Jolla, se interesó por Alcalá. Y de aquello quedó como testimonio permanente una estatua del santo que donó a la ciudad en 1964 y que se puede admirar actualmente en el patio de Mataperros de la ermita de los Doctrinos. En su pedestal se puede leer la siguiente leyenda: "Este monumento costeado por James S. Copley ha sido erigido en memoria del santo cuyo nombre lleva la ciudad de San Diego de California". 



La estatua de San Diego, en el patio de la ermita de los Doctrinos (foto: Dream Alcalá)

Allá, tal y como se están poniendo las cosas para la memoria y la historia hispana, las tres fieras quimeras que hacen guardia en el recoleto corral alcalaíno no le vendrían mal a una efigie del humilde fraile, “siervo pequeñito y abandonado”, según la gráfica descripción que hizo el papa en su bula de canonización, y aun así santo prodigioso. Porque dar nombre a una moderna y pujante ciudad al otro lado del mundo no es poco milagro.


miércoles, 24 de febrero de 2021

La inesperada mudanza de la familia Madrazo al olvidado palacio de los Casado

Hace once años asomaron por Alcalá. Los caballeros con su rostro adusto, sonrisas leves en las mujeres, graves y estirados los niños; todos elegantes y dignos. Eran los Madrazo, 80 en total. 80 cuadros como 80 ventanas a buena parte de la mejor pintura del XIX en España y a algunos de los personajes más destacados del siglo. La fastuosa colección de la célebre saga de artistas se alojó en el hospital de Santa María la Rica, aunque su destino era otro viejo hospital alcalaíno, el de San Lucas y San Nicolás, también conocido como palacio de los Casado o del marqués de Morante. Así lo acordaron la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Alcalá. Pero tras aquella ilusionante estancia en los primeros meses de 2010, los Madrazo se marcharon. Y no han regresado.



Algunos de los cuadros de la colección Madrazo, antes de abandonar la caja familiar y pasar a propiedad 
de la Comunidad de Madrid (foto: Juan Manuel Castro Prieto)

Muchos aún recordarán aquella suntuosa exposición de Santa María la Rica, con los magníficos retratos luciendo sobre fondos verdes y rojos. Un escenario donde la entonces presidenta regional, Esperanza Aguirre, y el entonces alcalde, Bartolomé González, rubricaron el acuerdo para la creación del museo Madrazo en Alcalá, la culminación a varios meses de negociaciones.

Cuatro años antes de aquella firma, en 2006, el Gobierno regional se hizo con la colección, de 84 cuadros en total, representantes de todas las tendencias pictóricas decimonónicas: el Neoclasicismo del patriarca de la saga, José de Madrazo Agudo, el Romanticismo de su hijo Federico de Madrazo Kuntz, las pinturas de encargo de Luis de Madrazo Kuntz, o el impresionismo de Raimundo y Ricardo de Madrazo Garreta.

La colección fue adquirida gracias a una dación en pago de impuestos por parte de los descendientes directos de los pintores: María Teresa de Madrazo y de Madrazo y su esposo, Mario de Daza y Campos. Ambos conservaban en su casa de Madrid estas pinturas, componiendo una exposición doméstica llena de encanto, como testimonió el fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto, Premio Nacional de Fotografía, en un extraordinario reportaje gráfico.



La marquesa de Branciforte, retratada por José de Madrazo (1812). A la derecha, Luisa, Rosa y Raimundo de Madrazo, posando para su padre, Federico de Madrazo (1845).  

Tras un par de exposiciones temporales, el Gobierno regional decidió buscarle acomodo permanente a la colección. Alcalá, el "Oxford de la Comunidad de Madrid" en aquellos tiempos, apareció como destino en 2009. Se examinaron varias localizaciones posibles en el centro histórico complutense pero finalmente se escogió el viejo palacete de la plaza de Atilano Casado, comprado por el Consistorio complutense en tiempos del alcalde Manuel Peinado y recién remozado entonces.

Además de aliviar sus estructuras, aquella restauración sirvió ante todo para reivindicar la importancia histórica del edificio, heredero de una fundación cisneriana de 1513 para cuidar a los estudiantes pobres y enfermos. Dos importantes hallazgos vinieron a reafirmar esa importancia: sendas esculturas de San Lucas y San Nicolás de casi un metro de altura, realizadas a mediados del siglo XVI; y una lápida funeraria de mármol de Gabriel de Zayas, secretario del rey Felipe II.



Aspecto parcial de la fachada del hospital de San Lucas y San Nicolás, en la plaza de Atilano Casado (foto: Ayuntamiento de Alcalá).

El aspecto actual del caserón, de inspiración neoclásica -con las columnas adosadas en la entrada y a alternancia frontones curvos y triangulares en las ventanas del piso superior-, es fruto de la reforma emprendida por el marqués de Morante, propietario del mismo en la segunda mitad del siglo XIX. Un detalle histórico y estético que también adornaba la acogida de esta colección pictórica, toda vez, además, de que el edificio estaba destinado a usos culturales. El Museo de la Ciudad o el Museo de la Lengua fueron algunos de los servicios que se barajaron para el palacete.

Pero si estos museos siempre se antojaron el fruto etéreo de brindis espumosos, pues nunca se aportaron detalles precisos, en el caso del Museo Madrazo no se albergaban dudas pues se poseía le esencial: el contenido, con las obras. Solo se trataba de remozar el interior del edificio con pericia y buen gusto, pues adolece de limitaciones físicas pese a su rotundo aspecto exterior y su inmejorable ubicación. Y también se había de diseñar un cuidado proyecto museístico que permitiera, a partir de la colección pictórica, reflexionar sobre la historia y la sociedad del XIX. 

Era, asimismo, una gran ocasión para reivindicar un siglo especialmente nefasto para Alcalá, el del cierre de la universidad, pero también el de la 'ciudad cuartel', la llegada del ferrocarril, el surgimiento de una pequeña oligarquía burguesa y también los primeros movimientos sociales.



Aspecto que presenta el jardín trasero del hospital de San Lucas en la actualidad.

Pero la inversión necesaria para el remozamiento definitivo y el proyecto museístico fue tardando en llegar; la colección viajó por otros lugares de España; la crisis cayó a plomo; las prioridades políticas e institucionales marcharon por otros derroteros.... Hasta hoy.

El viejo hospital de San Lucas y San Nicolás continúa cerrado a cal y canto. Y los retratos y pinturas de los Madrazo deben estar cogiendo polvo en algún almacén desconocido.  Aunque había un acuerdo firmado, no hay quien se acuerde de él ni a quien le importe. Al fin y al cabo, su visita a Alcalá fue inesperada. Y ahora nadie les espera. 

miércoles, 7 de octubre de 2020

Todas las casas de Cervantes

En 1752 se tuvo la primera noticia fiable de que Miguel de Cervantes, el inmortal autor de El Quijote, había nacido en Alcalá de Henares con el hallazgo de su partido de bautismo. Pero tuvieron que pasar doscientos años para que se conociera la casa complutense donde vino al mundo y dio sus primeros pasos, se reconstruyera con más que dudoso gusto y se convirtiera en uno de los museos más visitados de la Comunidad de Madrid. 

Fachada de la Casa Natal (Foto: www.museocasanataldecervantes.org)

El investigador local, José María San Luciano (Alcalá de Henares, 1950), rastreó, reunió y documentó todas las vicisitudes de esos dos siglos en el libro La Casa de Cervantes en Alcalá de Henares y el Día de la Provincia (Domiduca Libreros, 2012); el relato de un largo y fatigoso empeño colectivo que se vio culminado el 9 de octubre de 1956.

Ese día se inauguró como "museo y biblioteca" la actual casa de la calle Mayor, siendo el acto central de los actos del Día de la Provincia, evento que tenía por objeto en aquellos años previos al Desarrollismo la revitalización del deprimido entorno rural de la capital. Y el celebérrimo escritor, cómo no, fue el personaje al que se abrazó Alcalá para este menester, poniéndose broche así a las dos centurias de búsqueda del lugar donde honrar y aprovechar el tirón, o viceversa, del alcalaíno más universal.

Esa búsqueda comenzó primero por la localización del hogar de la familia Cervantes, un largo proceso que San Luciano detalla con precisión en su libro. Porque fue en el primer tercio del siglo XIX cuando se dieron las primeras intentonas de hallar la finca en cuestión, con el propósito de restaurarla y erigir en ella un museo-biblioteca en honor al autor de La Galatea.


Placa colocada en la casa que durante un siglo se consideró, equivocadamente, que fue el hogar de la familia Cervantes, en la actual calle Cervantes Foto: Fototeca de IPCE)

Así, la 'primera casa' se ubicó en la calle Cervantes, en la huerta del antiguo Convento de los Capuchinos, un solar que ocupa en el presente el Teatro Salón Cervantes. Una creencia popular sin ningún fundamento histórico sólido señalaba que ahí estuvo el primer hogar de los Cervantes. Un prohombre local y cervantista entusiasta, Mariano Gallo, se aferró a esa tradición local y promovió que en 1846 se colocara una placa conmemorativa en la tapia de ese solar, así como que se cambiara el nombre de la vía, conocida hasta entonces calle de la Tahona.

Apareció más tarde el abogado Ramírez de Villaurrutia, que en 1872 se ofreció a sufragar una biblioteca cervantina en un caserón de la calle Escritorios. Y metidos ya en el siglo XX se alentaron más proyectos, como el de instalar un museo cervantino en alguna de las salas de la vieja Universidad Cisneriana. La búsqueda concluyó cuando el biógrafo Luis Astrana Marín encontró en 1941 las primeras pruebas documentales que emplazaban la casa de los Cervantes en el número 2 de la calle de la Imagen.

Tuvieron que pasar, no obstante, quince años más para que el museo biblioteca viera la luz tras una compleja y onerosa compra del edificio por parte del Ayuntamiento, en especial de la crujía que daba a la calle Mayor, dado el empeño de los restauradores de 'darle entrada' a la casa por la emblemática vía, convirtiéndose en su número 48.

Y no fue éste el único capricho de los encargados del proyecto de reedificación de la finca, bajo el amparo ya del Ministerio de Educación Nacional. Se barajaron ideas tan disparatadas como la de desmontar y trasladar la majestuosa fachada de la Casa de los Lizana, con sus leones rampantes, con la idea de dar el mayor empaque a la casa. Sí se reutilizaron algunas columnas de los patios renacentistas del devastado palacio Arzobispal para adornar la casa, y se le adosó, casi como un postizo, un pequeño jardín.


El número 2 de la calle de la Imagen, la entrada auténtica a la casa de los Cervantes, en una imagen de la posguerra (Foto: Fototeca IPCE)


El resultado fue un pastiche que todavía hoy sigue provocando controversia, así como el rechazo de muchos alcalaínos y visitantes, que consideran la casa una estafa.

En cambio, otros muchos miran con indulgencia el 'chalé' de Cervantes, gestionado desde hace más de treinta años por la Comunidad de Madrid. Estos defensores, como San Luciano, argumentan con criterio que la estructura de la casa original donde vieron las primeras luces Miguel y algunos de sus hermanos continúa existiendo, a pesar de todas las imposturas arquitectónicas.

Y éstas, al fin y al cabo, no dejan de ser el producto de los afanes y de los sueños de los alcalaínos de aquella gris y empobrecida Alcalá de la posguerra por darle brillo y encanto a la casa de su paisano más ilustre. Y qué menos que un palacete reinventado sobre una humilde y añeja casa de vecindad.


martes, 15 de septiembre de 2020

El año de la otra plaga

"¡Cuán espantoso el aumento en agosto! Ora la nube es muy negra, y la tormenta se abate sobre nosotros con gran furia. Ora la muerte cabalga triunfante en su claro caballo por nuestras calles, e irrumpe casi en cada casa donde puede hallar a un habitante. Ora las personas caen tan abundantes como las hojas en otoño, cuando las agita un poderoso viento!". Estas palabras campanudas y agoreras bien podrían servir para retratar la amenaza que se cierne sobre nosotros por la segunda ola de la pandemia de coronavirus. Pero tienen casi trescientos años. Con párrafos tan truculentos como éste Daniel Defoe, el célebre padre de Robinson Crusoe, describió el terror devastador que sufrió Londres en 1664 por culpa de una epidemia. Su Diario del año de la peste ha sido una de las lecturas clásicas más citadas en este año de plaga, otro bisiesto maldito que con la peor saña se ha vuelto a cebar con Alcalá de Henares. 



Aspecto del paseo de la Estación el 9 de enero de 2009, día de la última gran nevada de Alcalá. El vecindario de esta vía principal fue uno de los más afectados por el brote de legionela en el comienzo del otoño de 1996. (Foto: M. Peinado)


De pocas enfermedades, catástrofes y desgracias colectivas se ha librado la ciudad a lo largo de la historia. Y el azote del Covid 19 no iba a ser una excepción. Ni siquiera resulta nueva esa sensación de peligro invisible y letal de inesperada aparición, recorriendo las calles y las plazas y cazando víctimas en una funesta lotería. Hace exactamente 24 años ese mismo pánico se apoderó del paisanaje por culpa de otra epidemia, con la crueldad añadida que solo afectó al término municipal alcalaíno: 1996 fue el año de la otra plaga, la de la bacteria legionela.

Aparte de los especialistas en medicina y en microbiología, pocos estaban al corriente entonces –y aún hoy- de las andanzas de este microorganismo y de la grave enfermedad que produce, conocida como legionelosis o también enfermedad del legionario. En aquel Alcalá del 96, como sucedió quince años antes con la vileza de la intoxicación por el aceite de colza, los vecinos pronto se familiarizarían con este mal durante los dos meses terribles que transcurrieron desde que, a finales de agosto, en plenas Ferias, empezaron a recibirse y tratarse en el Hospital Príncipe de Asturias y los ambulatorios de barrio un número anormal de enfermos de neumonía; hasta que el contador de víctimas se paró a finales de octubre con 260 enfermos y 16 muertos, en un balance inicial luego corregido.

Fue en la primera quincena de septiembre cuando la inquietud se esparció por toda la ciudad, al propagarse el rumor de que una enfermedad desconocida estaba haciendo estragos en todos los barrios. La vuelta al colegio y a los institutos acrecentó aún más los temores, alentados en parte por especulaciones tan sobrecogedoras como infundadas.

Por suerte, los técnicos no tardaron demasiado en encontrar la causa de aquella misteriosa plaga que estaba postrando a decenas de vecinos con graves neumonías. También empezó a segar la vida de algunos de ellos; los más débiles y mayores, eso sí, pero víctimas injustas al fin y al cabo.

La legionella pneumophila, nombre científico de la legionela, es una bacteria que provoca una compleja infección pulmonar y fiebre muy alta. Como el virus que provocó la mal llamada gripe española, dio su cara más letal por primera vez en Estados Unidos. Una convención de la Legión Americana en Filadelfia en 1976 fue el primer escenario descrito y catalogado donde actuó esta bacteria, cobrándose 34 vidas entre dos centenares de enfermos, y de ahí se bautizó como la enfermedad del legionario. A partir de entonces se comenzaron a conocer decenas de brotes epidémicos en ciudades de todo el mundo desarrollado. Y Alcalá, por desgracia, fue el primer municipio donde golpeó en masa con más virulencia.

La generalización en aquellos años del uso de equipos de refrigeración y de aire acondicionado en edificios públicos y en comunidades residenciales supuso la aparición de contagios a gran escala por este microbio, que suele generarse y anidar en la tierra húmeda y en depósitos y circuitos de agua con poca limpieza. Y es a través de los aerosoles y el agua vaporizada cómo sale al aire y, si se da el desventurado caso, es inhalada por los seres humanos, con sus perniciosas consecuencias cuando acaba encontrando alojamiento en los pulmones.



Imagen de la bacteria legionela.


Esta peculiaridad en el contagio fue lo que terminó de desconcertar del todo a la población local. Sobre todo cuando en la rueda de prensa más multitudinaria que se recuerda en la ciudad, con presencia incluso de periodistas de medios internacionales, la consejera de Sanidad de entonces, Rosa Posada, no solo confirmó la existencia de una epidemia de legionelosis. También anunció recomendaciones de prevención con carácter de cuarentena para los vecindarios del barrio de San Isidro, el paseo de la Estación y el eje formado por las calles Cánovas del Castillo y Daoíz y Velarde, consistentes básicamente en limitar todo lo posible el contacto con el vapor generado por el agua caliente en lavabos y baños, en las planchas para ropa o en agua hirviendo para cocinar. También se hipercloró el agua potable en la red general de abastecimiento por si el gran foco de la bacteria estuviera en algún tramo de las tuberías, y se fijaron controles más estrictos para edificios y servicios públicos.

Fue en ese sector de la ciudad, paralelo a las vías del tren, donde más enfermos se habían detectado. Y coincidió con la zona donde más cultivos de legionela se habían encontrado, una vez realizada una inspección a fondo de todas las instalaciones de aire acondicionado del casco urbano. Con todo, muchos aún desconfiaban de esa versión, y achacaban la plaga a las razones más peregrinas. Y otros estaban convencidos de que la bacteria se contraía con el contacto humano, y tomaron sus precauciones practicando una distancia social pionera.

Lo cierto es que estas cautelas y la limpieza de los depósitos de agua y de las torres infectadas surtieron efecto, y la curva de contagios fue poco a poco descendiendo hasta caer en picado a mediados de octubre. Fue en vísperas del puente de Todos los Santos cuando se dio por erradicado el brote y se divulgó el mapa de los focos principales del contagio, ubicados en las torres de refrigeración de la fábrica Roca y en un mercado de la calle Cánovas del Castillo, sobre todo. No faltaron, eso sí, las disputas políticas, técnicas y vecinales, porque no llegó a señalarse con exactitud el origen concreto de aquel 'coronavirus' complutense ni se aclararon por completo las responsabilidades por este malhadado suceso. 

Hasta muchos meses después no se difundió un informe definitivo sobre los daños exactos causados por la epidemia, que sirvió para marcar un antes y un después a la hora de tomarse más en serio este tipo de brotes en nuestro país, pues nunca se había conocido en España uno de esta envergadura. Incluso dio lugar a la promulgación de una normativa mucho más rigurosa para la limpieza de torres de refrigeración y los correspondientes protocolos de prevención.

Pero el nombre de Alcalá quedó señalado en negro por mucho tiempo, con un daño moral imposible de cuantificar. Y para colmo, la epidemia fue solo la guinda a una secuencia fatal de sucesos a cuál más terrible que arrancó en junio de 1995 con la espantosa muerte de dos vecinos en plena calle Mayor aplastados por un contenedor de obra arrastrado accidentalmente por un camión de bomberos que se dirigía a toda velocidad a sofocar un incendio.



El Hospital Príncipe de Asturias atendió la avalancha de enfermos por legionelosis
(foto: madrid.org)


A finales de agosto de ese mismo año se produjo el tristemente célebre crimen del Gurugú, con tres hombres tiroteados y posteriormente quemados dentro de un coche en un barranco por un macabro ajuste de cuentas. Justo un año después, las Ferias de Alcalá dieron la vuelta a toda España por el frustrado récord del sogatira, que terminó siendo plusmarca mundial pero por el medio centenar de personas que acabaron con las manos abrasadas. Y tras la legionela, el sórdido 1996 se cerró en los primeros días de diciembre con el incendio del oleoducto junto a la antigua nacional: una excavadora pinchó por error la conducción subterránea que atraviesa Alcalá de extremo a extremo y la explosión provocó primero la muerte del conductor y después una colosal columna de fuego y humo que duró horas.

Ese siniestro marcó el pico más alto del cortejo de desgracias en aquella turbulenta recta final de siglo y milenio para Alcalá, acrecentada además por la inestabilidad política del gobierno municipal bisoño y en minoría de Bartolomé González y el quebranto social y económico por la sangría imparable del cierre de empresas que puso la puntilla a la ciudad industrial. 

Por suerte, los largos brazos de la historia y la cultura acudieron una vez más al rescate y solaparon aquella amargura crepuscular y milenarista con la modesta pero ilusionante celebración a lo largo de 1997 del 450 aniversario del nacimiento de Cervantes, del que se borró el Ministerio de Educación y Cultura en manos, casualmente, de la ínclita Esperanza Aguirre; y, sobre todo, con la puesta en marcha del proyecto de la declaración de Patrimonio de la Humanidad, culminada con éxito el 2 de diciembre de 1998, el mejor regalo imaginable para iluminar la entrada en el siglo XXI y alentar las mejores esperanzas de futuro.

En aquellos días felices logró esfumarse el oscuro recuerdo de la tragedia que había tenido postrada a la ciudad dos años antes. Y si Defoe se lamentaba en su Diario de que, en su tiempo, se careciera de “periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana”; en el año de la legionela podría decirse lo mismo de la falta de la telefonía móvil, los chats y redes sociales. Pero visto lo que se ve ahora, más bien hay que felicitarse por ello, pues ese ruido infernal hubiera hecho aún más insoportable el condenado año de la otra plaga.


jueves, 30 de julio de 2020

La Cisneriana que no pudo ser

Además de las muchas reinvenciones y cambios que ha experimentado Alcalá de Henares a lo largo de la historia, casi siempre a la fuerza y por las bravas, en el camino quedaron un buen puñado de reformas ambiciosas y radicales. Una de ellas fue la que propuso el célebre arquitecto Ventura Rodríguez para renovar y revitalizar la decadente Cisneriana de la segunda mitad del XVIII y que nunca llegó a materializarse. Se perdió así un monumental edificio neoclásico en la plaza de Cervantes que, eso sí, habría acabado con la actual Capilla de San Ildefonso y el Casino, entre otros edificios señeros.



Aspecto de la fachada que Ventura Rodríguez diseñó en 1762 para el ala oeste de la Manzana Cisneriana. (Archivo y Biblioteca de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid) 


En la Biblioteca de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid se conservan los planos que dibujó el arquitecto de Ciempozuelos hace 250 años, cuando la vieja Academia de Cisneros languidecía con unos pocos centenares de alumnos y un plan de estudios que los ilustrados de la época rechazaban por anticuado.

No obstante, las autoridades de la época, guiadas por el espíritu de las luces que recorría la Europa de la Ilustración, trataron de modernizar la institución complutense, que, aunque vetusta, acartonada y cada vez más inhóspita y desolada, seguía siendo un referente de la cultura española. Y de aquel intento frustrado por renovar el Colegio Mayor de San Ildefonso, alma mater de la Universidad, han quedado estos curiosos bocetos que eran prácticamente inéditos hasta que fueron expuestos en la ya histórica muestra 'Alcalá, una ciudad en la historia', organizado por la Comunidad de Madrid en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Otros estudios recientes, como uno muy completo de Ana Asensio Rodríguez, han ahondado en el trabajo que en 1762 llevó a cabo por encargo Ventura Rodríguez (1717-1785), toda una gloria de la arquitectura española, autor de la capilla del Palacio Real de Madrid, del Transparente de la Catedral de Cuenca o de la reforma de la Basílica del Pilar de Zaragoza.

El arquitecto decidió centrar su trabajo en la esquina noroeste de la Manzana Cisneriana, es decir, la enmarcada por la calle Pedro Gumiel, con el desaparecido arco universitario, y la plaza de Cervantes, entonces plaza del Mercado.  Esa zona estaba compuesta por distintos pequeños edificios que daban servicio al colegio, como la la cárcel de estudiantes, la enfermería, la sacristía o la histórica Capilla de San Ildefonso.



Dibujo del Arco Universitario de la calle Pedro Gumiel hoy desaparecido, obra de Valentín Carderera y Solano en 1846. (Colección de la Fundación Lázaro Galdiano)


Para reemplazar ese conjunto, Rodríguez diseñó un gran edificio que rompía todos los esquemas arquitectónicos imperantes hasta entonces Alcalá. Así, los planos muestran una construcción presidida por una iglesia con un espectacular pórtico tetrástilo [con cuatro enormes columnas] de estilo corintio, con frontón y ático, y el remate de una vistosa cúpula rebajada. La planta de esta iglesia era centralizada y en ella destacaba un alargado presbiterio que conectaba con la crujía oriental del Colegio de San Ildefonso.

Dos grandes patios flanqueaban esta iglesia y en torno a ella se disponían nuevas dependencias de servicio, así como alojamientos de estudiantes más amplios y funcionales, que aumentaban asimismo la capacidad del colegio.

Con este rompedor diseño, la iglesia ofrecía su espectacular fachada a la plaza del Mercado, como complemento a la histórica fachada de Gil de Hontañón en la Plaza de San Diego y dando visibilidad a la Universidad desde el espacio más amplio y concurrido de la ciudad. 

Esta 'otra' Cisneriana, a costa, eso sí, de la centenaria capilla de San Ildefonso, hubiera prestado una renovada al corazón de Alcalá. Pero la falta de dinero y, sobre todo, de la voluntad entre los gobernantes del momento, la convirtió en una arquitectura imposible.

Los malos tiempos, en fin, no son exclusivos del presente. Y para nuestra Universidad, aquellos fueron la víspera de los peores; los de su expolio y su cerrojazo durante cerca de 150 años.

martes, 30 de junio de 2020

El bourbon de Azaña, la borrachera cervantina del alcalde de Madrid y el chispazo del alcalde de Alcalá

Para las viejas ciudades casi todo es viejo bajo el sol. No así para sus habitantes, que suelen volverse desmemoriados. Sobre todo con aquello que resulta funesto y desagradable. Se tratará, lo más seguro, de un mecanismo de autodefensa superviviente, aunque resulte doblemente doloroso para los que se llevaron la peor parte y cargan con el sufrimiento que provocaron el azar o la negligencia ante la indiferencia del resto. La vida sigue, claro, pero nunca sigue igual. Alcalá de Henares saca ahora la cabeza de un episodio oscuro que se ha llevado por delante la vida de varios centenares de paisanos y ha tenido a otros miles postrados por la enfermedad. Algún día deberá saberse con certeza por qué aquí ha arrasado esta peste con mayor letalidad que en otros lugares. Pero hasta entonces, y por un sentido elemental de fraternidad, convendría no olvidar lo pasado y padecido. A la tercera debería ir la vencida en este cívico aprendizaje, porque de la devastadora epidemia de legionella de hace 25 años ya casi nadie se acuerda y el zarpazo terrorista del 11-M de 2004 empieza a desvanecerse entre vapores de olvido.


Don Quijote alancea los odres de vino, en un grabado de una edición francesa del Quijote de 1850 
(Banco de Imágenes del Quijote. www.qbi2005.com)


Centrados en el fragor y los traspiés de la desescalada por esta terrible pandemia, y mezclada con el latigazo más irracional de la ola antirracista que ha sacudido el mundo tras el asesinato de George Floyd, afloró fugazmente una curiosa noticia fechada y emplazada en Estados Unidos que, de una manera un tanto disparatada, demostró cómo este rincón del Henares forma parte de los caminos de la historia.

Y es que durante el traslado de la estatua del presidente confederado Jefferson Davis del capitolio de Kentucky a un parque púbico, en el interior de la peana aparecieron una botella de bourbon de una famosa destilería local, una nota manuscrita cuyo contenido no ha trascendido y un ejemplar del periódico The State Journal del 20 de octubre de 1936 con el siguiente titular a cinco columnas: “Azaña moves to Barcelona”; o sea, “Azaña se va a Barcelona”. Se alude en la noticia a la salida del escritor y estadista complutense de Madrid para evacuar de urgencia la presidencia y el gobierno de la República a la Ciudad Condal en los primeros compases de la Guerra Civil.

Qué se le podía haber perdido a Azaña en Kentucky para que un periódico local le diera tanta importancia es uno de los muchos misterios de esta alocada historia, aunque lo primero en desentrañarse debería ser la razón de ser de esa botella que se supone vacía. ¿Se la bebieron a la salud del presidente confederado, un icono del sur esclavista, metido ahora en el mismo saco de odio donde ya están Escarlata O’Hara, Reth Butler y el espíritu de los Doce Robles? ¿O acaso brindaron con ella por la suerte del presidente alcalaíno algunos simpatizantes norteamericanos de la causa republicana que formaron parte de las Brigadas Internacionales?

Se da la circunstancia curiosa, o caprichosa, de que en Estados Unidos se organizó un batallón que tomó el nombre de otro presidente, Abraham Lincoln, natural también de Kentucky. Ganó la Guerra Civil a diferencia de Azaña, pero tuvo un final tan trágico como el de la calle de la Imagen. Puede que alguno de los miembros del Batallón Lincoln alcanzaran a ponderar sus vidas paralelas cuando acamparon en Alcalá y desfilaron por nuestra calle Mayor en 1937, con el andar animoso y la ancha sonrisa del exótico “camarada negro” Doug Roach en la vanguardia, probablemente el primero de su raza que vieron en su vida muchos asombrados alcalaínos de entonces. Y puestos a imaginar, es posible que algunos de aquellos briosos brigadistas fuera el que descorchara la botella.


Integrantes del Batallón Lincoln (DMAX)

Cosas más extrañas y crípticas han dejado estas cápsulas del tiempo improvisadas. Porque las que se organizan de manera oficial, con toda su pompa y circunstancia, suelen estar más pensadas. Aunque también dejan sus sorpresas, como las que quedaron encerradas en 1834 en la caja alojada bajo la estatua de Cervantes de la madrileña plaza de las Cortes, frente al Congreso de los Diputados.

En diciembre de 2009, durante unas obras de remodelación de este espacio urbano, se levantó la estatua y bajo su pedestal se halló un bloque de piedra que, tras ser examinado, se descubrió que contenía en su interior un cajón de madera. Éste a su vez, y en plan Matrioska, guardaba una caja de plomo del tamaño de una caja de zapatos, que abierta en una delicada operación con soplete dejó a la luz una urna de vidrio repleta de documentos cuidadosamente colocados. No había memoria de aquella cápsula del tiempo y fue trasladada al Museo Arqueológico Regional de Alcalá para ser custodiada e investigada. Su apertura, en las vísperas de la Navidad, fue todo un acontecimiento, con presencia de numerosa prensa nacional e internacional, como nunca se ha visto en el museo de la plaza de las Bernardas.

La caja contenía, entre otros elementos, dos valiosos Quijotes de principios del XIX pero, sobre todo, una cuidada selección de documentos que la convirtieron en el auténtico cofre del tesoro de los liberales que en aquel entonces luchaban por una España “despertada” una vez desaparecido el absolutista Fernando VII. Así, además de monedas que ensalzaban el espíritu de la Constitución de 1812 y retratos de la regente María Cristina y de la reina niña Isabel, se alojaron textos legales tan significativos como el de la derogación de la Ley Sálica, que permitió reinar a mujeres, y el de la exclusión de Carlos María Isidro y toda su estirpe en la línea sucesoria, lo que dio lugar a las Guerras Carlistas, un enfrentamiento fratricida que desangró a España durante el resto del siglo.

Lo que no es tan conocido es que esta cápsula del tiempo tuvo una segunda apertura mucha más discreta en el laboratorio del museo algo más de un mes después de su tumultuosa presentación. El motivo para demorar esta segunda operación secreta fue neutralizar el último recurso que emplearon sus promotores allá por 1834 para asegurarse de que su contenido llegara intacto al futuro, cualquiera que fuera su lejanía.


Aspecto de la urna de vidrio y su contenido en la cápsula del tiempo de la estatua de Cervantes
(Mario Torquemada. Museo Arqueológico Regional)

Así, al abrirla la primera vez los técnicos comprobaron que todos los documentos y libros estaban embadurnados con una sustancia de fortísimo olor, parecido al benzeno, con la idea de protegerlos de la acción de los insectos. Sus efluvios eran insoportables, de modo que esperaron unas semanas a que se ventilaran y se secaran. Y una tarde de finales de enero de 2010, ante un reducidísimo grupo de representantes políticos, periodistas e historiadores invitados por el jefe de la casa, el director Enrique Baquedano, se procedió a desempaquetar, desenrollar y hojear todos los documentos. Fue ahí donde se empezó a apreciar de verdad el valor histórico de lo cobijado en aquella caja, una auténtica ‘hoja de ruta’ del XIX que posteriormente fue objeto de una sesuda investigación histórica y una breve exposición en la sede del Gobierno regional.

Aquella tarde, sin embargo, mientras los presentes examinaban embelesados los libros, los papeles y las monedas, conservados como si aquella misma mañana hubieran sido depositados en la caja y no 175 años antes, nadie se percató de que los vapores de aquel desconocido ungüento insecticida aún seguían actuando. Y todos acabaron con un importante mareo. Hasta el punto de que se recomendó aligerar la reunión y salir al bello claustro del museo a tomar el aire.

Uno de los que sufrieron aquella borrachera a la salud de Cervantes fue el director general de Patrimonio Histórico entonces y hoy alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Seguro que no olvidará aquella tarde. Ni el dolor de cabeza con el que se fue a la cama, como le sucedió al resto de testigos de aquella segunda apertura del tesoro.

Son los riesgos de querer conocer los secretos que se confían a los grandes nombres de nuestra historia. Aunque también es cierto que no siempre están a la altura de la curiosidad despertada.


El sepulcro de Cisneros en la Capilla de San Ildefonso (foto: patrimonioactual.com)

Que se lo digan si no a aquel alcalde complutense que, según se cuenta, quiso saber qué escondía  el interior del suntuoso sepulcro del Cardenal Cisneros que preside la cabecera de la Capilla Universitaria de San Ildefonso, toda vez que sus restos mortales están en la Catedral Magistral, y circulaban los rumores más peregrinos al respecto. Las obras de remozamiento de la capilla ofrecieron la ocasión de satisfacer su interés: levantado el suntuoso mausoleo de mármol de Carrara, en el cajón interior se halló un vulgar equipo eléctrico instalado allí en su momento para suministrar, al parecer, luz al altar.

Una cutrez, visto todo lo visto. Pero objetivamente nadie podrá discutirle a los prebostes alcalaínos su empeño en usar el rico pasado para tratar de iluminar las muchas oscuridades que nos atormentan en el presente.