jueves, 28 de marzo de 2019

Qué viejo era mi parque

Hará seis años algunos de los pinos más altos, retorcidos y añosos del vetusto parque O'Donnell tuvieron que ser talados. Los técnicos del ayuntamiento recomendaron el apeo por el riesgo de que alguno de ellos se viniera abajo, vencido por el peso de las copas, la inclinación imposible de sus troncos y un terreno reblandecido en exceso para regar las praderas de césped, ese costoso capricho a la salud -se supone- de las raíces irlandesas del general que da nombre al parque. Fue una mutilación traumática.


Aspecto del macizo de piedras y arbustos que aloja el estanque del parque (foto del Ayuntamiento de Alcalá)

Durante varias generaciones estos gigantes verdes dieron la bienvenida a paisanos y visitantes en su entrada al centro de la ciudad, asomados a la riada de tráfico de la Vía Complutense. Y en cuestión de pocas horas, la alta y armoniosa masa verde desapareció, dejando un doloroso vacío sobre el que flotó durante días un penetrante y fantasmal olor a resina y madera recién cortada que hubiera enloquecido de dolor al más duro de los Ents, aquellos monstruosos pastores de árboles que inventó Tolkien para su bestiario de El señor de los anillos.

Algo hubo en aquella tala que barruntaba el advenimiento de una encrucijada, de un momento crucial para el parque, el viejo parque con exótico nombre de espadón decimonónico que ha conocido tres siglos distintos. ¿El principio del fin o el fin del principio? Aún esperamos la respuesta.

Apenas un par de años antes de esa tala, en las elecciones de 2011, el PP presentó un proyecto de reforma de la histórica zona verde que incluía, como novedades más llamativas, la creación de un pequeño lago y el cerramiento de todo el perímetro.

Nunca más se supo de aquel proyecto; el parque volvió a sus rutinas, alternando el mantenimiento de costumbre y los estragos de las vandaladas periódicas. El cenagoso estanque -qué lejos quedan los patos que también dieron sobrenombre al parque- estuvo clausurado para evitarle a algún curioso el riesgo de romperse la crisma tropezando con algunos de sus  mellados escalones. También cerraron por una temporada el cercano recinto infantil, un espacio sombrío y desangelado que los críos se han empeñado en mantener vivo.


La rosaleda en el extremo norte es una de las zonas más delicadas y expuestas del parque (foto del Ayuntamiento de Alcalá)

De allí se eliminó el puente adornado con rocas que también abrazan al estanque y que son inconfundibles en una de las fotos más entrañables que rescató Ángel Pérez López para su obra gráfica Alcalá en la II República. Fechada en febrero de 1931, en ella se ve al grupo de chavales del cuadro teatral de la Mutual Complutense escalonados por el roquedo, contentos y confiados; ajenos por completo a la tempestad bélica que pocos años después se desataría y que convertiría ese lugar en una improvisada base de tanques y vehículos blindados, aprovechando la protección de la arboleda contra los ataques aéreos de la aviación franquista.

Son solo un par de las innumerables historias que guarda el parque, construido en los últimos años del siglo XIX sobre la fresca huerta que flanqueaba el camino a la sierra y a Burgos y regalaba la vista de las monjas bernardas durante sus ratos de recreo en el mirador con celosía del vecino convento. Dejamos para otra día la costalada que acabó con la vida del rey Juan I de Castilla haciendo filigranas con su caballo; o los espectros que debieron quedar amarrados por el uso de la picota en ese paraje en tiempos de la villa medieval.

Muchas de esas historias han sido rescatadas por el colectivo Complutenses por el Parque O'Donnell, un grupo nacido hace un lustro en torno a Facebook para denunciar el deterioro que sufre, vigilar que no se produzcan más agresiones y proponer mejoras. A la presión de este grupo, y de no pocos particulares, le cabe en buena parte que se concluyera la rehabilitación del estanque y el área infantil, así como el impulso de otros arreglos e iniciativas de dinamización social y cultural.

También ha tomado parte el grupo en un reciente debate abierto a partir de una abracadabrante iniciativa impulsada por el Gobierno municipal: someter a consulta vecinal el vallado del parque. 261 paisanos decidieron que no había que cerrarlo en una encuesta en la que intervinieron 497 personas. Y por supuesto el Ejecutivo local ha decidido asumir este peculiar 'mandato vecinal', en una ciudad con más de 200.000 almas residentes, y ha descartado el vallado.


Proyecto de vallado del parque que propuso el Ayuntamiento.

Uno también alberga dudas de que cerrar el parque sea la mejor idea para asegurar su conservación y su reimpulso. Pero no tiene ninguna de que el futuro del recinto verde con más solera de la ciudad no debe ventilarse con un referéndum u otro pasatiempo de aparente participación vecinal, sino con criterios técnicos, estéticos e históricos solventes y rigurosos.

El Ayuntamiento cuenta con técnicos y jardineros experimentados, además del privilegio de tener a mano los conocimientos del personal académico e investigador de la Universidad que, además, tutela un jardín botánico en el campus externo pionero en España. Por no hablar de los cientos de parques históricos en España y el mundo de los que poder fusilar ideas y soluciones sin remilgos.

Ahora, con la campaña electoral a la vuelta de la esquina, seguro que sobrarán propuestas para el viejo O'Donnell. Pero ojalá no falte lo de siempre: consenso, ambición y mirada larga. Porque parche a parche, solo se logrará que un lustro de estos suspiremos recordando lo viejo y encantador que era nuestro parque.


viernes, 18 de enero de 2019

Un tal Colón, vecino de Alcalá

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América nunca dejan de dar sí. El nebuloso origen del navegante es motivo de constantes polémicas y divagaciones, lo mismo que las circunstancias en que se desarrollaron sus viajes, toda una epopeya. Además, de un tiempo a esta parte, por aquello de las modas revisionistas, la llegada de los europeos al nuevo continente es objeto de repulsa, por ser la encarnación “del odio y el racismo”. Sea como fuere, tanto el almirante como el descubrimiento comenzaron a entrar en la historia hace ahora justamente 533 años, con ocasión de la primera reunión que los Reyes Católicos consintieron en celebrar sobre el asunto. Y cómo es sabido, aquella primera entrevista tuvo lugar en Alcalá de Henares, siendo uno de los episodios más notables y curiosos de su presencia en el gran libro de la historia de la humanidad.

Estatua dedicada a Cristóbal Colón en Nueva York.


Y no fue un producto de la casualidad que aquel misterioso mercader metido a geógrafo visionario relatara y ofreciera a los Reyes de Castilla y Aragón, en persona y por primera vez, su proyecto para llegar a las Indias siguiendo la nueva y arriesgada ruta del Poniente en una audiencia con escenario complutense. Ni tampoco fue cosa de un día ni de dos; hasta el punto de que bien podemos considerar al navegante como uno de nuestros ilustres vecinos por una temporada.

El 20 de enero de 1486, fecha de la histórica entrevista, los reyes Isabel y Fernando llevaban tres meses residiendo en el Palacio que los Arzobispos de Toledo de la villa alcalaína, título que regentaba en aquel momento el poderoso cardenal Pedro de Mendoza. El gran prelado, conocido como el ‘tercer rey’, unía la primacía eclesiástica y el linaje de una de las familias nobiliarias de más alta alcurnia. Y continuó la tradición de sus predecesores de acoger a los reyes castellanos en su gran palacio fortificado de Alcalá, ya entonces en vías de convertirse en un suntuoso complejo renacentista.

No era la primera vez, ni sería la última que los Reyes Católicos se alojarían en la fortaleza alcalaína. Aquí acudían sobre todo a descansar; y allí engendraron y vinieron al mundo algunos de sus vástagos, como sucedió en este caso.

Por su parte, Cristóbal Colón llevaba casi una década alumbrando su empresa comercial de las Indias. Miles de páginas han buceado, y aún lo hacen, en sus oscuras raíces (genovesas, catalanas, mallorquinas…); la forma en que concibió la idea de cruzar la “Mar Océana” en busca de las Indias o de una tierra nueva (marinos anónimos que, arrastrados por tormentas, habían encontrado islas al otro lado del océano y de cuyos relatos tuvo conocimiento directo en Portugal); y la incansable peregrinación en busca de apoyos para el proyecto.

Respecto a esto último, fue definitiva la ayuda de fray Antonio de Marchena, el religioso del Monasterio onubense de La Rábida. El franciscano le prestó asesoría técnica, redondeando el proyecto con testimonios de sabios y mapas antiguos; y le redactó cartas de presentación para los personajes principales de la Corte, con el objeto de llegar hasta los soberanos.

A mediados de 1485, con Isabel y Fernando en Andalucía enfrascados en la conquista del reino nazarí de Granada, Colón llevó a cabo su primer acercamiento. Su oferta fue clara y rotunda: un camino directo a las Indias atravesando el inmenso mar que podía procurar a Castilla y Aragón riquezas inagotables y un horizonte infinito de evangelización. Con esta propuesta se dirigió al Consejo Real en Córdoba. La primera respuesta fue negativa, aunque los consejeros tomaron nota de la extravagante idea.

Mientras Colón se reponía del primer revés en su intento de llegar a los monarcas, éstos se preparaban para una larga estancia de reposo obligada por el avanzado estado de gestación de la reina. Y tenían previsto aprovechar, una vez más, la hospitalidad del cardenal Mendoza.

A partir de aquí, es preciso seguir el relato del catedrático Juan Manzano Manzano, una de las autoridades en la vida y obra de Cristóbal Colón, y de los pocos investigadores que ha reunido los escasos datos existentes sobre la primera cita del almirante con los soberanos.

Según este profesor madrileño, los reyes llegaron a Alcalá el 24 de octubre de 1485, en compañía de la corte. Y aquí pasaron todo el otoño, que según los cronistas de la época fue extremadamente crudo, con lluvias torrenciales y vientos helados barriendo toda la vega del Henares. A finales de aquel otoño terrible, el 15 de diciembre, Isabel dio a luz a una niña, la infanta Catalina, que con el tiempo llegaría a ser la desdichada reina de Inglaterra, causante involuntaria del histórico cisma anglicano al negarse a conceder el divorcio a Enrique VIII.

Entretanto, Colón había seguido haciendo gestiones entre religiosos y nobles con vistas a acercarse a los monarcas. Y, al parecer, arribó a Alcalá a los pocos días del desembarco real. El profesor Manzano refiere, al respecto, una crónica de Francisco Henríquez de Jorquera en la que narra cómo Colón partió hacia la villa complutense “a donde los reyes estaban, tan maltratado y solo que perdían mucho crédito sus raçones, que casi todos lo dudaban”, pasando antes por la vecina Guadalajara “y se vido con el duque del Infantado”, en la búsqueda de recomendaciones para concertar una audiencia real.

Patio de armas del Palacio Arzobispal, escenario de la entrevista entre Colón y los Reyes.

El embarazo de la reina impidió la celebración inmediata de la recepción. Pero Colón no se dio por vencido y es muy posible que aguardara en compañía de su hermano Bartolomé el ansiado parto y la reanudación de las audiencias en la misma Alcalá, muy cerca de las "rojas murallas" del palacio, como lo describe el periodista británico Giles Tremlett en su biografía Catalina de Aragón, durante todo aquel otoño frío y lluvioso como no se conocía en la ciudad en muchos años.

Al alumbramiento de Catalina siguió el bautizo en la entonces Colegiata de San Justo, hoy Catedral, las celebraciones en la corte y la cuarentena de la reina, de modo que Colón tuvo que echarle paciencia unas cuantas semanas más. Y al fin se fijó para el 20 de enero de 1486 la primera tanda de audiencias reales y una de ellas fue, finalmente, para el navegante.

Se celebró un viernes porque era el día de la semana elegido para que los reyes atendieran las visitas. Y la audiencia tuvo lugar en el mismo palacio, no en la conocida como Casa de la Entrevista, un espacio perteneciente a la iglesia del desaparecido Convento de San Juan de la Penitencia que fue acondicionado como espacio cultural y bautizado así, en homenaje a aquel hecho histórico, hace medio siglo.

Se ignora el lugar exacto del palacio donde tuvo lugar el encuentro. Pudo ser en la espaciosa Sala de Concilios, construida en el siglo XV, próxima al Torreón del Tenorio y aún en pie. Pero los investigadores se inclinan más por el Salón de San Diego, una estancia más pequeña y acogedora, y ya desaparecido, pues se hallaba en una de las crujías derribadas tras el incendio del palacio de 1939.

De acuerdo con el protocolo, Colón se encontró a los reyes sentados en altos sillones; les besó las manos; se arrodilló delante de ellos en un cojín, y tras obtener su venia se dispuso a contarles el negocio que se traía entre manos.


Estela dedicada a Colón en el monumento al Descubrimiento de la plaza de los Santos Niños (foto de Juan Carlos Canalda).
Entre citas de sabios antiguos y modernos, cifras marineras y el despliegue de un mapamundi que recogía geografías lejanas y exóticas, Colón ofreció a los reyes la isla de Cipango, el Cathay y el Nuevo Mundo, en una ruta marítima siguiendo el trayecto del sol hacia Occidente y presuponiendo la redondez de la Tierra. Eso, al menos, se desprende del único testimonio que nos ha llegado de esta primera entrevista, el del bachiller Andrés Bernáldez, cronista del reinado de los Reyes Católicos, del que se sabe que fue confesor de la reina y amigo personal de Colón, a quien tuvo como huésped en su casa durante días al regreso de su segundo viaje al Nuevo Mundo.

El breve relato del encuentro es el siguiente: “Les fizo relación de su imaginación; al cual tampoco no daban mucho crédito, e él les platicó muy de cierto lo que les dicía e les mostró el mapamundi, de manera que les puso en deseo de saber de aquellas tierras… e dexando a él llamaron a hombres sabios, astrólogos e astrónomos e hombres de la arte de la cosmografía, de quien se informaron”.

Esto último fue lo que resolvieron los reyes tras escuchar la extraña y atractiva propuesta de aquel extranjero, planteada con aplomo y persuasión: trasladar el asunto a los sabios. Y fue así como despacharon a Colón, remitiéndole a la junta de expertos formada por fray Hernando de Talavera.


El ladrillo barroco y las palmeras del trópico, un guiño colombino en el jardín del viejo Colegio de Caracciolos.

A finales de 1486, el mercader metido a geógrafo visionario se enfrentó en Salamanca a un tribunal de astrónomos, cosmógrafos, astrólogos y navegantes, que habían examinado a fondo su proyecto. Y vinieron luego más exámenes, más entrevistas y, al fin, la anhelada singladura. Pero esas historias son más conocidas.

Fue aquí en Alcalá, y entre sus propìos paisanos como uno más, donde "soñó" con el Nuevo Mundo, según reza en la estela con relieve dedicado a Colón en el monumento al Descubrimiento en la plaza de los Santos Niños, bautizado hace años por el irreverente gracejo popular como 'la Piruleta'.

viernes, 26 de octubre de 2018

Aquellos camaradas de Ulises que acabaron su odisea a la vera del Henares

En lo más hondo del Mar Negro, a kilómetro y medio de profundidad y frente a las costas de Bulgaria, se ha descubierto una nave de la antigua Grecia prácticamente intacta. Acostada sobre un lecho de arena lleva durmiendo desde su naufragio hace más de 2.400 años esta verdadera maravilla del mundo clásico, cuyo insólito estado de conservación permitirá a los arqueólogos conocer mucho mejor la construcción naval, el arte de navegación y los conocimientos científicos de aquellos aventureros griegos.

Ulises atado a un mástil para no dejarse llevar por los cantos de las sirenas, en un precioso jarrón que se conserva en el Museo Británico.

Porque hasta ahora este tipo de naves solo eran conocidas por los hallazgos de algunos fragmentos y sobre todo por sus representaciones en murales, mosaicos, cerámicas o relatos como los de la Iliada de Homero, con sus constantes alusiones a las negras naves de los aqueos frente a la costa de Troya. Precisamente la nave que aparece en un hermoso jarrón que muestra a Ulises, uno de los héroes más ilustres de aquella historia, atado al mástil para no dejarse arrastrar por las terribles sirenas, y que se conserva en el British Museum, es muy similar a la encontrada ahora en el fondo del Mar Negro.

Aspecto del barco hallado en el fondo del mar Negro, el más antiguo conservado en el mundo, según los arqueólogos.

Y hablando de naves, de la guerra de Troya y del retorno de Ulises a Ítaca tras la destrucción de la mítica ciudad, como hicieron otros muchos guerreros de vuelta a sus reinos o en busca de nuevos territorios; viene a la memoria otra odisea que acabó a orillas del Henares.

Porque, de las muchas historias que circulan sobre los orígenes de Alcalá de Henares, la más bizarra y legendaria es, sin duda, aquella que atribuye su primera fundación a un grupo de combatientes de la guerra de Troya que, en su largo retorno, acabaron en este rincón de la meseta ibérica.

La leyenda en cuestión guarda muchos parecidos, que no parecen casuales, con la Eneida de Virgilio y su mítica versión de la fundación de Roma. En nuestro caso, Eneas es Tehuero, un caudillo que también decidió huir de la destrucción de Troya y buscar fortuna con sus huestes por mar. Sus naves deberían ser parecidas a la hallada ahora en el Mar Negro, aunque algunos siglos más antiguas.

Aquellas naves llegaron hasta las costas del actual Levante español, en el otro confín del Mediterráneo, y Tehuero y sus hoplitas optaron por explorar tierra adentro en busca de un lugar donde asentarse. La expedición fue larga y esforzada hasta llegar a los parajes de la actual Alcalá, donde la tierra fértil y el agua abundante animaron a los expedicionarios a quedarse.

Construyeron así una pequeña ciudad en el Cerro del Viso que llamaron Combouto o también Kompos-Pluto y que se ha solido identificar como la mítica Iplacea que, según parece, mencionaron algunos historiadores de la antigüedad.

De esta ciudad legendaria no se han encontrado huellas y es otro de los mágicos misterios que encierra ese paraje al sur de Alcalá, junto a la escondida mesa del rey Salomón, el errante muro Muzaraque o los gigantones ocultos en las arcillosas cuevas. Sí se sabe de Ikesancom Kombouto, nombre de un castro celtíbero de las faldas del Zulema, que es la Alcalá más primitiva que se conoce; antecedente de la primera Complutum romana fundada hace 2.000 años en El Viso, que comenzó a excavarse al fin en el verano de 2017.

El famoso mosaico de los peces que preside la Casa de Hippolytus.

Y hasta aquí la leyenda. Pero la verdad histórica no es menos sugerente. ¿O acaso no resulta fascinante que en el corazón de la península una casa romana luciera en una de sus estancias principales un estampa marina como la del mosaico de los peces de la Casa de Hippolytus de la Complutum de la vega del río? Aquellos complutenses de hace 1.700 años debieron sentir un estremecimiento al asomarse a aquella ventana al fondo marino repleta de pulpos, langostas, delfines, anguilas o erizos; animales fabulosos que jamás llegarían a conocer. Lo mismo que el mar.

Por no hablar del embrujo lujurioso que les turbaría al contemplar los mosaicos que recreaban los mitos de una voluptuosa Leda seducida por Zeus convertido en cisne, del que engendró a los gemelos Cástor y Pólux; o con los excesos de Baco, abandonado a todos los placeres, empezando por los que proporciona el vino. Y lo que aún queda por descubrir bajo la tierra en El Juncal, o en la meseta del Viso.

Este refinamiento social fue una consecuencia más de la Civitas y del inmenso patrimonio de la cultura grecolatina que los romanos trasladaron hasta este lado del Henares, señalándolo en el camino de la historia, para fortuna de sus vecinos y sus descendientes, que aún disfrutamos.

Lástima que este hilo invisible y fantástico que une la orilla de nuestro río con el majestuoso navío que duerme en las aguas más oscuras del Mar Negro también corra el riesgo de romperse con el progresivo arrinconamiento del latín, el griego y la cultura clásica en la enseñanza obligatoria. Ni el ingenioso y sufrido Ulises ni sus camaradas de la legendaria Iplacea se merecen tanto olvido y tanta ignorancia.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Patrimonio de la inanidad

El 2 de diciembre de 1998 fue el día más importante de la historia milenaria de Alcalá. Pero en Alcalá se vivió como un día cualquiera: un jueves de diciembre frío y neblinoso alterado únicamente por un repentino repicar de campanas y el fragor de algunos petardos a media mañana. Solo los que por ocio o por casualidad deambulaban por las puertas del Ayuntamiento tuvieron ocasión de pillar una copa de cava y la noticia -por ese riguroso orden- de que Alcalá acababa de ser incluida en la lista mundial de rincones honrados como Patrimonio de la Humanidad, en una asamblea de la Unesco que se estaba celebrado en la remota ciudad japonesa de Kioto.




Y si tan extraños y desangelados resultaron el nombramiento y la acogida, con más indiferencia aún se está celebrando este año su veinte aniversario. Dos décadas en las que la conquista del título más codiciado por cualquier lugar del mundo, la divisa que nos emparenta con la Roma eterna, las pirámides de Egito, las ruinas de Machu Picchu, la Gran Muralla, Jerusalén, Estambul o la Isla de Pascua, entre las poblaciones, monumentos y paisajes más valiosos para la historia de la gran familia humana; no ha logrado traducirse en más identificación y compromiso cívico por parte del paisanaje; ni tampoco en más altura de miras, ambición y voluntad de consenso por parte de la clase política y gobernante local, acompasados por la displicencia y las bochornosas promesas incumplidas en los gobiernos regionales y nacionales, de todos los colores, de todas las tendencias y en todos los estamentos.

Veinte años es mucho, por más que Gardel machaque con el tópico contrario para la posteridad. Es una barbaridad de tiempo. No hay más que abrir los ojos y la memoria y recordar cómo era el Alcalá de 1998: la población rozaba los 170.000 habitantes; el centro histórico rebosada de coches y las barriadas tradicionales de vecinos; Espartales Sur comenzaba a poblarse, entre grúas y excavadoras, y con un tortuoso camino hasta el centro sin puente sobre la autovía; escombreras y algún pastor de cabras –el último, sin duda- ocupaban las explanadas donde hoy se levantan La Garena y Espartales Norte; y cientos de alcalaínos y alcalaínas trabajaban en Roca, Electrolux, Bosch, La Seda…

La ciudad todavía se estaba recuperando de una secuencia de golpes brutales. El más doloroso fue la epidemia de legionella que en el otoño de 1996 se llevó por delante la vida de 11 personas, provocó la hospitalización de más de 220 y obligó a poner literalmente en cuarenta a casi un tercio del casco urbano. Y muy decepcionante, por lo que tenía de pérdida de confianza en los políticos locales, fueron  a lo largo de 1997 el ‘caso Ferrer’, una trama de comisiones ilegales que puso en el punto de mira durante meses al exalcalde Florencio Campos, hasta que fue sobreseído; y un demoledor informe del Tribunal de Cuentas que dejaba al descubierto la caótica administración del Ayuntamiento a comienzos de la década.


Imagen aérea de la manzana Cisneriana, el núcleo de la villa universitaria reconocido por la Unesco (Imagen: UAH)


Y en mitad de esa atmósfera tan desfavorable y deprimente, con un empuje admirable -más aún lo parececon la perspectiva que da el paso del tiempo-, un grupo de personas halló energía e ilusión suficientes para sacar adelante dos propuestas culturales tan descabelladas como el 450 aniversario del nacimiento de Miguel de Cervantes y la solicitud a la Unesco del título de Patrimonio de la Humanidad a Alcalá. El primero resultó un fiasco, no tanto por lo forzado de la efeméride como por el apoyo prometido y luego negado desde el Ministerio de Educación y Cultura, cuya titular era casualmente Esperanza Aguirre; y desde la Comunidad de Madrid, con Ruiz Gallardón y el consejero Villapalos a la cabeza.

Mucho mejor fue con la aventura ante la Unesco, en cuyo buen final concurrieron los méritos -nunca ponderados lo bastante- de la Universidad, precursora de la idea con al rector Gala al frente; y a las decenas de instituciones y pequeñas entidades sociales, culturales y deportivas, así como comercios y empresas de la ciudad, que convocadas por el extinto Diario de Alcalá suscribieron un manifiesto absolutamente enardecedor. Tras su lectura, los asamblearios reunidos en Kioto poco menos que imaginaron al pueblo complutense abrazado como un solo ser a la Ciudad del Saber, de Dios, de la Lengua y de Cervantes acrisolada, como en ningún otro lugar del planeta, en este recoleto rincón de la meseta, a orillas del rumoroso río Henares.

Entonces se confiaba ingenuamente que aquel amor incondicional de los vecinos por su ciudad vendido y comprado por la Unesco sería una realidad en cuestión de tiempo; de paciente cultivo y de lento aprendizaje. Porque Alcalá no es de esas viejas ciudades cuya historia entra de un trallazo en los cinco sentidos del que la recorre y contempla, como lo hacen el Obradoiro en Santiago, la plaza Mayor en Salamanca, la Mezquita en Córdoba o el Acueducto en Segovia. Alcalá necesita ser contada y explicada para, a continuación, descubrir y asombrarse con las huellas de la carcasa armoniosa, mestiza e inspiradora que han ido dejando casi dos mil años de afanes y desvelos de muchas generaciones; encerrada ahora entre impersonales capas de colmenas de pisos, modernas urbanizaciones de simétricos adosados, cinturones interminables de asfalto y destartalados polígonos de empresas y grandes comercios.

A la vista está que, en cuestión de conocimiento y orgullo locales, estamos casi como hace 20 años. O más atrás. Y eso que no han faltado los esfuerzos divulgativos por parte de las autoridades locales, en los sucesivos gobiernos que han desfilado por el Consistorio en este tiempo. La agenda cultural ha aumentado considerablemente, incorporando celebraciones como el Mercado Cervantino que, aunque desbordado en algunos extremos, es todo un referente popular; y con la ayuda de la Comunidad de Madrid se han consolidado tres equipamientos culturales de primer nivel: el Museo Casa Natal de Cervantes, el Corral de Comedias y el Museo Arqueológico Regional.

Pero para conocer y querer hace falta poner voluntad. Y ya.

Cabe la posibilidad de que otro gallo nos hubiera cantado si a lo largo de estas dos décadas se hubiera avanzado en la agenda material que obligatoriamente ha de acompañar a una posesión tan inmaterial como el título de Patrimonio de la Humanidad. Y ahí por desgracia ha existido un estancamiento de lo más desolador.


En apenas veinte años, el Mercado Cervantino de octubre se ha convertido en la fiesta popular más multitudinaria de Alcalá (foto: Ayuntamiento de Alcalá)

Uno de los temas de ciudad más recurrentes en la agenda municipal de los años posteriores a la consecución de la declaración de la Unesco era constituir un Consorcio con representantes de todas las Administraciones, amparados a su vez por un Patronato Real -imitando a Santiago, Toledo y Cuenca-, que velaran institucional y económicamente por la Ciudad Patrimonio de Alcalá. Con ello se lograría un presupuesto millonario para consumar, a través de una periodicidad perfectamente trazada, materializar un ambicioso plan de mejoras, conservación y promoción que se dio en llamar la ‘Biblia del Patrimonio’.

Y en esa biblia se metía desde la finalización -ya con criterios rigurosos y sin descuidos o excesos- de los proyectos de recuperación de edificios y espacios históricos, hasta la creación del parque arqueológico de Complutum; desde el enterramiento de las vías del tren y la creación de un bulevar kilométrico, a la integración del río Henares en la ciudad, como su gran espacio natural; desde la adecuación de los Cuarteles del Príncipe y Lepanto y Sementales a usos sociales y culturales, a la creación del mejor auditorio al aire libre en la Huerta del Obispo; o desde el relanzamiento del parque de los Cerros -clausura inmediata del vertedero incluida- y del mirador de Alcalá la Vieja, al rescate de todo lo rescatable del suntuoso Palacio Arzobispal destruido en 1939. Y todo eso, y más, conformaba la manera de plasmar lo que suponía el compromiso impuesto por la Unesco: cuidar la historia y el patrimonio para, por encima de todo, proyectarlos con la modernidad y las comodidades del presente hacia el futuro.

Hace mucho, sin embargo, que estos asuntos no aparecen en los discursos municipales. Y mucho menos en los regionales y nacionales. Gobiernos y corporaciones se esforzaron por sacar adelante un sucedáneo de Consorcio, que apenas llegó a funcionar. La petición del Patronato contó con las bendiciones del rey y, las más decisivas, de la Asamblea de Madrid y de las Cortes, instando al Gobierno de la nación a constituir esta institución. Pero se toparon con el poder absoluto de las vicepresidentas. La socialista Fernández de la Vega dijo en 2009 que no tocaba… ni tocaría; y la ‘popular’ Sáenz de Santamaría lo anunció y casi lo olvidó al mismo tiempo en un paripé electoralista en mayo de 2015.





Y desde entonces, el silencio. Hasta llegar al aniversario de ahora, donde lo más relevante ha sido un corto promocional primoroso, un álbum de postales de gran formato en la tenebrosa Capilla del Oidor  y, de parte de la iniciativa cívica, el oportuno y pertinente ciclo de conferencias de la Institución de Estudios Complutenses (IEECC).

Ninguna acción política ni reflexión de lo hecho y de lo muchísimo por hacer (¿por qué no una declaración municipal de conjura para pedirle cuentas al Estado? ¿O un simposio nacional e internacional para abastecerse de ideas? ¿O una simple campaña en colegios e institutos para que los alcalaínos del mañana nos presten sus sueños?). Solo un brindis al vacío, una oda sordomuda a este patrimonio de la inanidad. Nada comparado al entusiasmo arrollador con el que, aquel 2 de diciembre gris y cualquiera, muchos imaginaron el Alcalá de 2018 con el regalo increíble pero cierto que nos llegaba desde Japón: nada menos que unas alas del paraíso que no nos harían crecer sino volar.

miércoles, 13 de junio de 2018

29 días y 130 años del Teatro Salón Cervantes

Tempus fugit es el lema de nueva edición del Festival Clásicos en Alcalá, que ha alcanzado una esplendorosa mayoría de edad casi sin darnos cuenta. Huye, escapa, vuela el tiempo, claro que sí. Y seguirá volando, como ha volado hasta hacer posible la feliz casualidad de que el Teatro Salón Cervantes, sede central del festival, cobije la función inaugural de la muestra, Mestiza de Yayo Cáceres, y celebre casi a la vez su 130 aniversario.

Fachada del Teatro Salón Cervantes, construida en los años 20 del pasado siglo. La original era de ladrillo, sin adornos (foto CVC Cervantes)

Y si seguimos hablando de un tiempo que vuela más que corre, aun podemos recordar que los relojes y las hojas de calendario quedaron pulverizados en la construcción del coqueto teatro de la calle Cervantes, en el presente propiedad del Ayuntamiento y uno de los principales centros culturales de Alcalá de Henares.

El 6 de mayo de 1888 se presentaron los planos del coliseo. Y cuatro semanas después estaba terminado, pues la obra concluyó en tan solo 29 días, según rezan las crónicas; unas prisas y un récord que mucho después le pasarían factura.

El Cervantes, eso sí, no es el teatro más antiguo de Alcalá; como es sabido, el decano, y uno de los teatros más antiguos de Europa, es el Corral de Comedias, que el carpintero Francisco Sánchez construyó en 1601. Precisamente el Corral, que en el siglo XIX ya no tenía aspecto de patio de comedias sino de teatro romántico a la moda, con palcos y planta elíptica, sirvió de inspiración para el diseño del nuevo teatro de la ciudad que promovió una “sociedad de condueños”, que no hay que confundir con la célebre Sociedad de Condueños que compró la manzana cisneriana en 1850. Estos condueños del teatro formaron una sociedad mercantil y adoptaron el mnismo nombre de los condueños universitarios por componer una cuadrilla que agrupaba a diversos promotores y potentados locales.

Félix Huerta y Huerta encabezó aquella sociedad que ya en 1885 hizo un primer intento por levantar el teatro en el solar conocido entonces como la Huerta de Capuchinos, por el convento cercano. La creencia popular, sin fundamento claro, de que en ese terreno estuvo la casa natal de Miguel Cervantes, de la que no quedaba más vestigio que una tapia, donde lucía desde 1846 una placa conmemorativa pagada por entusiasta cervantista local Mariano Gallo, frustó la iniciativa [hasta un siglo después no se descubrió que el escritor nació en una casa de la calle de la Imagen], con intervención incluso del Ayuntamiento, que soñaba con la idea de erigir en el lugar un museo o una biblioteca cervantina.

Placa que lució en la fachada del TSC hasta mediados del siglo XX, cuando se comprobó que la casa donde nació Cervantes estaba en la calle de la Imagen (foto MEC/IPHE).

Tres años más tarde, no obstante, sí se dio luz verde al proyecto y el teatro se levantó a toda prisa, con el compromiso de recolocar la lápida en su fachada. De hecho, tanto el teatro como la calle, conocida hasta entonces como calle de la Tahona, se terminaron llamando Cervantes por ese motivo.

Como es fácil de imaginar, a la velocidad con la que se ejecutaron las obras, el edificio resultante fue bastante pobre en factura y adornos. El interior era muy sencillo, con platea y palcos al estilo del patio de comedias. Del exterior no se preocuparon tanto: la portada quedó en bruto, de ladrillo y enfoscado, al igual que el resto de paramentos. Apenas se conservan ilustraciones y fotografías de aquel primitivo TSC; tan solo algunas instantáneas de principios de siglo en las que se puede apreciar la bastedad de la fachada y el extravagante interior, con una decoración que recordaba, según algunos cronistas complutenses, a un "chalé tirolés".

El teatro marchó bien en sus primeras temporadas, acogiendo obras de teatro y funcionando también como salón de baile. Pero con la entrada del siglo XX comenzó a arrastrar problemas de rentabilidad. En 1924 se emprendió una larga restauración, que incluyó la construcción de la característica fachada-telón que aún luce en la actualidad y una profunda renovación de la decoración interior con aires modernistas. Fue en ese remozamiento cuando el coliseo adoptó definitivamente la traza cuadrada e incorporó los dos niveles de palcos y el escenario a la italiana.

Por entonces, más que para representaciones de teatro, el Cervantes se empleaba para acoger bailes y actos sociales de todo pelaje. Y así siguió siendo a lo largo de las décadas que continuaron, añadiéndose las proyecciones de cine, uso que todavía mantiene el teatro. De hecho, es la única sala de cine que queda en el centro histórico. Y a esa tristeza se une la paradoja -o parajoda en toda regla- de que es la sede principal de ALCINE, que también usa el Corral de Comedias para los mismos menesteres. O sea, un festival de cine sin cines donde exhibirse y viejos teatros teniendo que venir al rescate del moderno cinematógrafo... Extravagancias veredes.

En los años 70 el TSC se transformó en un bingo y a finales de los 80 el Ayuntamiento se hizo cargo del edificio, que sufría un avanzado estado de deterioro. Tras una rehabilitación a fondo, el 14 de abril de 1989 el entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, reinauguró el teatro como lo que fue en sus orígenes, un teatro.

La última reforma realizada en el TSC tuvo lugar entre 2003 y 2004, cuando la estructura de madera original empezó a ceder peligrosamente, carcomida por las termitas (culturalcala.es).

Hasta que en el verano de 2003 se manifestó la herencia envenenada de aquellos 29 días de lejana construcción récord: unas grietas pavorosas aparecieron en algunos parcos cercanos al proscenio. Al parecer, la cimentación del patio de butacas aún era la original, con pilares de madera, que había alimentado a cientos de generaciones de termitas hasta que se quedaron sin pitanza. Y el edificio, en consecuencia, sin sustentación.

Un año tardó en reabrir el teatro, ocasionando un gran trastorno a la programación cultural del Ayuntamiento, que se preparaba para conmemorar el ‘Año Quijote’ de 2005. La vieja iglesia del antiguo Colegio Convento de San José Caracciolos, en la calle Trinidad, fue utilizada como la sala alternativa, bautizándose como Teatro Universitario Lope de Vega. Pero las estrecheces, las entradas de luz y la mala acústica de la alta nave del antiguo templo, forradas sus paredes con maderas y telones negros, se convirtieron en un suplicio para el público y un baldón para los actos y espectáculos que allí se albergaron.

Por suerte, la reforma del viejo TSC fue aprovechada no solo para renovar los pilares del coliseo, sino también para sanear y modernizar sus instalaciones, dejando su aforo en las 458 localidades actuales. Todo lo necesario, en fin, para llegar puntual y volandero a esta edición de Clásicos, 29 días y 130 años después.

viernes, 27 de abril de 2018

La silla eléctrica, la hoguera y medio milenio de libros

Entre la tropa de sabios, maestros y artesanos  que el cardenal Cisneros invitó a vivir en Alcalá de Henares para construir su barrio universitario, llegó de Sevilla en 1502 un impresor polaco llamado Estanislao Polono. Y ese año, hace pues más de medio milenio, salió del taller de este industrial el primer libro de imprenta de la historia de Alcalá. Un hecho que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque en aquellos días, en aquella época y en aquel Alcalá un libro era, además de un objeto de vanguardia, tal y como hoy lo puede ser un teléfono móvil de ultimísima generación; un tesoro de conocimiento, y una obra de arte; uno de los productos más sofisticados de un tiempo, el del Renacimiento, en el que se registró una de las revoluciones del conocimiento más grandes de la historia de la humanidad. Vita Christi, del cartujo Ludolfo de Sajonia, era el título de aquel primer tomo que unía a la Ciudad de Dios y del Saber que empezaba a ser Alcalá, la condición de universal Ciudad de los Libros, la Civitas Librorum.

La falla, con Cisneros como protagonista central, antes de comenzar arder (foto: Ayuntamiento de Alcalá)

Con ese título se inauguró en el otoño de 2002 una formidable muestra conmemorativa con ochenta libros fabricados en Alcalá en aquellos años de albores de la Universidad y de despegue del arte de la imprenta, con la Capilla del Oidor como marco (aún le quedaban unos años para brillar como una de las salas de exposiciones más hermosas de la Comunidad de Madrid, antes de convertirse en el lúgubre y deslavazado centro de interpretación que es hoy en día). Y aquella efeméride vino a señalar uno de los hitos más importantes en la historia de la ciudad. Porque con la incorporación de la imprenta al estudio y a la divulgación, se accedía de lleno a la escogida geografía de los lugares donde se apreciaba y se producía alta cultura en el mundo. Y tanto los eruditos como los creadores, tuvieron aquí aseguradas puertas abiertas y refugio seguro para fijar sus saberes, ideas y fabulaciones, y multiplicar su alcance entre el prójimo sin número ni medida, gracias a la nueva máquina.

Cuesta comprender y hacerse una idea cabal de lo que representó ese colosal salto en la mentalidad de 2018, cuando la práctica totalidad del saber humano cabe y está al alcance en una pantalla de móvil o de ordenador. Pero entonces supuso una ruptura revolucionaria.

Los homenajes y recuerdos de ese pasado esplendoroso continuaron unos meses más tarde, en mitad de la primavera, en vísperas de elecciones municipales de mayo de 2003, con la inauguración de un monumento conmemorativo en la fuente que preside la glorieta de entrada al barrio de Espartales. El monumento en cuestión trataba de recrear una prensa. Sin embargo, el vecindario nunca ha dejado de conocerlo y reconocerlo como la ‘silla eléctrica’, un mote de guasa que da idea de lo poco afortunada que resultó la recreación.

Por desgracia tampoco está ya el panel de azulejos que en la acera explicaba al paseante que aquella instalación estaba dedicada a reconocer la labor centenaria del ilustre gremio de los impresores alcalaínos. Allí aparecía una larga lista de nombres que arrancaban en el siglo XVI con Polono y los célebres Brocar y concluía en el siglo XX con Ventura Corral y los Talleres Penitenciarios, al cuidado estos últimos de maestros de la imprenta y la escritura como el venerable Francisco Antón.

Monumento a los impresores en Espartales (foto: Raimundo Pastor)

Pero el panel en cuestión fue arrancado azulejo a azulejo por bárbaros de distinto turno. Y nadie se ha preocupado por reponerlo. Que este despojo se haya producido en Espartales, esa barriada siempre a trasmano, ha rebajado aún más la preocupación hasta la nada.

De remate a aquellos recordatorios del estrecho lazo de Alcalá con la letra impresa, un año después vio la luz el libro Tres siglos de prensa en Alcalá, 1706-2004, una concienzuda recopilación de los periódicos, revistas y hojas volanderas que han existido en Alcalá, obra de dos de sus estudiosos más preclaros, Vicente Sánchez Moltó y José Félix Huerta. El pretexto para lanzar aquel monumental trabajo, que ya es un referente en la historiografía local y que estuvo acompañado de su correspondiente exposición, fue el tricentenario del primer periódico conocido en la ciudad, La Gaceta de Alcalá, surgida en mitad de la Guerra de Sucesión, con los partidarios de los Austrias y de los Borbones en liza.

En honor a la verdad, ya existía de antes en el paisaje de la ciudad un recuerdo a aquel periódico pionero, aunque resulta tan deprimente como la silla eléctrica. Se trata de la calle Gaceta, que es más bien un callejón o pasadizo, tétrico y oscuro, estrangulado por las vías del tren y el paredón de la rampa del puente de Meco. Al dar acceso al paso elevado que conduce hasta el barrio de los Nogales, el tránsito está asegurado. Y solo ese trasiego de paisanos, más el colorido de los grafitis, distraen un poco la fealdad de ese rincón.

Parte de ese mundo prácticamente perdido que es la prensa de papel se guarda en el depósito que la Biblioteca Nacional posee a orillas de la carretera de Meco. Millones de documentos de todo formato reposan en esos silos que cierran el horizonte del Campus por el norte. Y otros tantos o más se conservan en el otro gran almacén de memoria impresa que tiene el privilegio de cobijar Alcalá: el Archivo General de la Administración, heredero del mítico Archivo General Central que fue alojado en el Palacio Arzobispal a mediados del siglo XIX y que sucumbió junto a sus mejores estancias en el devastador incendio de agosto de 1939.

Y precisamente casi a la sombra de la imponente mole de Aguadores, en la vecina plaza de la Paloma, tuvo lugar hace unos días el último y más disparatado de los homenajes al libro en Alcalá, consistente en una falla valenciana con todos sus avíos: pirotecnia, ninots indultats y, cómo no, fuego. El Ayuntamiento ya encargó una el año pasado con motivo del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes y para dar realce al Día Internacional del Libro, fijado en el 23 de abril precisamente por ser esa la fecha en la que recibió sepultura el alcalaíno más universal.

Detalle de la portada del libro Vita Christi.

Y a la vista está que nadie en el Consistorio consideró un contrasentido simbólico el hecho de reducir a pavesas unos iconos culturales con alma de papel, porque este año se ha vuelto a celebrar la fiesta del libro pegándole fuego a una falla. Y esta vez le ha tocado arder a Cisneros, por aquello del reciente cuarto centenario de su muerte.

Si al cardenal le hubieran augurado allá por 1502, con su Vita Christi entre las manos, que medio milenio después los alcalaínos celebrarían sus desvelos quemándole públicamente en efigie en una plaza, entre el jolgorio general (siendo él, para colmo, un inquisidor), seguro que habría mandado parar.

Pero así es se las gastan en su Civitas Librorum en los comienzos del siglo XXI. Y lo que queda aún por ser pasto del fuego: calculen desde el Arcipreste de Hita a Azaña.

jueves, 12 de abril de 2018

Un pívot llamado Cervantes

Entre las pocas cosas que, a pie de calle, ha agitado el intrascendente aniversario cisneriano en Alcalá ha estado la estatuaria pública,  asunto siempre controvertido en esta ciudad.

En 2029 se conmemorará el 150 aniversario de la estatua de Cervantes de la plaza.
Así, se ha rescatado del olvido la estatua en piedra del cardenal que esculpió José Vilches en 1864, escondida a lo largo de más de una década primero en un taller de la comarca y después en el patio de las Juanas para rehabilitarla y preservarla del azote de los los vándalos. Al parecer, la escultura fue sometida a una primera restauración que resultó fallida (cuentan que la prominente nariz del de Torrelaguna se llevó la peor parte) y tras una reforma mucho más cuidadosa, ahora se puede admirar en el patio de Filósofos de la Cisneriana.

Y el Obispado, por su parte, ha aprovechado el aniversario para dedicarle otra estatua al cardenal en la lonja de la Magistral, formando un inopinado conjunto con los Santos Niños. El autor de la pieza es Pedro Requejo, el mismo de la pareja de don Quijote y Sancho a la entrada de la Casa Natal de Cervantes, la más solicitada por los turistas a la hora de llevarse una foto de recuerdo de su paso por la vieja Compluto. Puede que a la Diócesis también le haya animado el mismo interés terrenal por explotar el tirón turístico y fervoroso colocando a este trío de celebridades locales en la entrada principal de la Catedral. Quién sabe.

Pero a la hora de hablar de estatuas históricas, es imprescindible poner siempre por delante la de Miguel de Cervantes, presidiendo la plaza mayor de la ciudad. Y no solo porque está dedicada al alcalaíno más universal, sino porque seguramente sea la mejor de cuantas adornan el paisaje urbano alcalaíno. Además, en pocos años se celebrará su 150 aniversario, siglo y medio de vicisitudes que no han hecho mella milagrosamente en su estampa románticamente becqueriana.

Hay que contar, eso sí, que la estatua de Cervantes renació a finales de 2007 tras una delicada restauración que eliminó las huellas de lustros de polvo, lluvia, excrementos de aves e insectos y también de la barbarie vandálica, cebada especialmente con su pluma, que desde entonces guarda un recuerdo secreto.

Cuando las restauradoras encargadas de remozar la efigie, Pilar Sendra y Laura Riesco, subieron a los andamios y se encontraron cara a cara con Cervantes, sintieron un estremecimiento. La estatua del autor del Quijote, un pivot de 2,09 metros, 750 kilos y casi 130 años, era mucho más hermosa que vista desde el suelo, con un modelado y un detallismo sobrecogedores.

Y lo más conmovedor era que la belleza de la obra del maestro iltaliano Carlo Nicoli resultaba patente a pesar de las costras, manchas, escorrentías y óxidos que habían otorgado a la escultura una pátina verdosa y un aspecto de grosero descuido. Y como broche a ese maltrato y a esa pinta deforme estaba la pluma de su mano derecha, una reposición burda -el chiste entonces era que don Miguel agarraba un frigopié más que sujetaba una pluma-, casi un insulto para la estatua y para el personaje.

Corresponsales de prensa extranjera, fotografiados a los pies de la estatua de Cervantes en plena Guerra Civil.
Un gran cubo con telones ocultó la peana y la figura de Cervantes durante casi seis meses, tiempo en el que se desarrollaron las labores de restauración que financió la Consejería de Cultura. El objetivo era quitar la suciedad y recuperar las pátinas naturales. Pero durante la intervención se realizaron varios hallazgos. Como los tres orificios localizados en distintas partes de la estatua; a saber, la cabeza, la gola y el muslo izquierdo, que quizá fueron practicados y usados para transportar y elevar la pieza.

También se dejaron a la vista en la base circular de bronce que la sujeta dos leyendas: Carlo Nicoli Florencia MDCCCLXXIX y Fratelli Galli fusero in Firence, que corresponden respectivamente al nombre del escultor, su procedencia y el año de la colocación de la estatua, 1879 -en concreto, fue inaugurada el 9 de octubre de ese año, después de que el Ayuntamiento descartara otro modelo en el que don Miguel aparecía recostado en un sillón-, y los artesanos florentinos que recibieron el encargo de de fundirla.

Además, se toparon con la torpe colocación de la pluma falsa en la mano, una desafortunada copia de la original, repuesta una y otra vez a consecuencia de los continuos robos, pero ésta además atornillada al pulgar con pernos de hierro, lo que había provocado que literalmente chorreara el óxido. A tal fin se moldeó una nueva pluma con una resina especial, más acorde a la estética y el estilo de la escultura, y se adhirió a la mano a través de una espiga de la misma resina con fibra de vidrio en el cálamo de la pluma original, que aún se conservaba entre los dedos del escritor.

Y para que no hubiera duda del respeto reverencial de los restauradores a un atributo tan simbólico, en el reverso de la pieza se añadió una pequeña inscripción para conocimiento de las generaciones futuras: “Reintegración subjetiva 2007”.